Vivimos en un tiempo de recesión sin parangón en las libertades. Se puede morir a consecuencia de una vacuna, si uno así lo precisa, pero morir a consecuencia del Coronavirus es un desvarío intolerable. Si no hay capacidad de elección para morir, dentro de unos límites posibles, es porque tampoco hay libertad alguna para vivir. Otros han elegido por nosotros y como, aún, no tienen la capacidad de obligar directamente a todos los mortales a cumplir sus designios, han optado por el muy eficaz método de la coacción: sin el pinchazo de una vacuna experimental no puedes encontrar trabajo, viajar a otros países ni entrar a un bar. Un pasaporte semejante a la estrella amarilla de tiempos menos felices. En Francia hemos tenido y tenemos heroicos ejemplos de resistencia que los medios de manipulación masivos españoles ocultan con denuedo para evitar una reacción semejante en territorio patrio. Pero en otros países cuyo espectro comprende desde Alemania a Israel, pasando por Japón o China, las medidas han sido mucho más severas a pesar de la mesurada disidencia popular. El poder omnívoro de un Estado supeditado a poderes superiores primando sobre la libre voluntad de los individuos: en ese tiempo vivimos.

Vivimos un tiempo de prostitución de ideales. Messi, que ha sido y es el mejor símbolo de lo que el fútbol representa para millones de niños a lo ancho del mundo gracias a su idilio con el Barcelona ha dejado su equipo por no querer aceptar una mera rebaja salarial en el conjunto de su abrumadora fortuna. El club que le acogió, que le alimentó, que le mejoró clínicamente para que se desarrollara como un adulto normal y que le formó con paciencia aguardando etapa tras etapa, le ha visto partir hacia otro destino con la impotencia de un amante despechado. En su lugar, Messi se ha marchado al equipo parisino de un jeque árabe cuyo imperio nada en tanto petróleo que no hay jugador en el orbe que se le resista. Al tiempo, los Juegos Olímpicos que llevaban décadas inmortalizados en los encendidos aplausos del público se han celebrado a puerta cerrada, sin más asistentes que los justos, augurando en qué consiste eso tan cacareado de la Nueva Normalidad: todo lo de antes pero sin parecerse en nada a lo de antes. La quintaesencia del deporte, penúltimo falso ídolo de la heroicidad pueril, se ha visto pervertido tanto en sus grandes figuras mundiales como en sus mayores acontecimientos históricos. A los niños de nuestro tiempo, faltos de ideales y faltos de una referencia heroica mínima (aunque sea a través del deporte), ya no les queda nada de lo que trasciende a los hombres (la patria, la espiritualidad, la tradición, la libertad) en lo que creer y están condenados a un cinismo tan desencantado como precoz. El poder del dinero primando sobre la capacidad de amar de los hombres: en ese tiempo vivimos.

Vivimos en un tiempo donde los millonarios viajan a la luna a costa de explotar a sus conductores. Con los aplausos unánimes de toda la adocenada platea global. Donde grupos de inversión gigantescos controlan más dinero que la mayoría de países del mundo sin que nadie se inquiete por el cambio de paradigma político (de lo nacional común a lo internacional privado) que dicho dato supone. Personajes oscuros que se hacen llamar filántropos compran y controlan emporios mediáticos y políticos que manejan la opinión pública hacia unos fines determinados de antemano. Grandes capas de la población lobotomizadas con eficacia por una educación paupérrima y un nivel cultural miserable se creen lo que les venden sin necesidad de grandes esfuerzos. Mientras, la auténtica política se juega en las sombras sin que la verdadera información acabe de infiltrarse al público. Ante el éxito de la operación coronavirus, se han puesto en marcha otros muchos proyectos tan ambiciosos e igualmente eficaces para el control poblacional: guerras insólitas, nuevas pandemias, un apagón generalizado, crisis económicas semejantes a las que desembocan en hambrunas y escasez de recursos, crisis ambientales de dimensiones titánicas, etcétera. La tiranía demente de unos pocos sobre el bienestar histórico de muchos: en ese tiempo vivimos.

Vivimos en un tiempo donde la sociedad ha quedado atomizada en un conjunto de individuos disgregados y carentes de espiritualidad. Una tragedia de nuestro tiempo es la reducción de los hombres a simples productos industriales manufacturados en cadena; y de las relaciones humanas a meros intercambios comerciales tasables en un precio de compra y otro de venta. Eso se debe en buena medida a la anulación de la dimensión metafísica del mundo, a la sacralidad ínsita a la condición humana defendida durante siglos por múltiples culturas, que ha llevado a todas sus formas de vida irremisiblemente a un estadio común: la animalidad sin trascendencia. Nadie es capaz de compadecer a nadie; y nadie es capaz de sacrificarse un ápice por nadie. No hay amor porque nadie se conoce ni aspira a conocer al prójimo y abunda el egoísmo onanista típico de los adolescentes que se niegan a crecer. De esta forma, la pobreza material, moral y espiritual del vecino no escandaliza a un solo testigo de igual manera que la depauperación de uno mismo tampoco escandaliza al vecino. En buena medida, esa aniquilación de las relaciones humanas ha certificado la aniquilación del propio ser humano. No hace falta inocular ninguna inyección a las personas para transformarlas en un híbrido genético transhumano cuando estas ya se han convertido, a consecuencia de sus propios actos, en despreciable material de reciclaje. Sin alma: un cuerpo que es mero recipiente condenado a la descomposición de la muerte. La dificultad de ser humano en una era posthumana: en ese tiempo vivimos.

¿De verdad vivimos? Quizás solo sobrevivimos. A la espera de que vengan las máquinas y nos sustituyan, volviendo estéril nuestra presencia sobre la tierra una vez hemos dejado de ser mano de obra útil y servil para nuestros emperadores. A la espera de que vengan nuevas guerras, desastres, epidemias o crisis económicas que terminen de erradicarnos de la faz de una naturaleza que hace mucho que dejamos de entender y respetar más allá de los delirios ecologistas por todos conocidos. A la espera de que nuestra realidad se funda sin apenas percatarnos de ello con lo virtual y entonces la muerte llegue con la facilidad de quien pulsa un botón y sencillamente vacía la papelera de reciclaje. Y a la espera de que ese ritual final en el que seremos entregados como holocausto sacrificial sea a la gloria del mayor y más despreciable enemigo de la humanidad: ese que todos conocemos y al que nadie se atreve a nombrar en público. Lo más lacerante es el rictus impasible con el que el común de los humanos camina hacia su destrucción. Desde la ignorancia o con perfecto conocimiento de causa, hace tiempo que a la mayoría dejó de interesarle agradecer con una aspiración vital de luz cada instante de existencia. Ya no importa nada: en ese tiempo vivimos.