A pesar del afán de las llamadas “democracias parlamentarias” por conservar una apariencia de pluralidad invocando el viejo bipartidismo, hace tiempo que a esta gran farsa se le ven las costuras. Socialismo y liberalismo sirven a un amo común llamado Globalismo y la “alternancia” es mito, palabra hueca y sin sentido.

Un entramado mediático cada vez más uniforme sostiene la estafa bipartidista alimentando antagonismos que se remontan, como mínimo, a la generación anterior; dividiendo y enfrentando. De modo que, inducidos y ofuscados por odios ancestrales, continuamos adscribiéndonos a una u otra de las mencionadas doctrinas –las únicas permitidas–, sin ver que ambas conducen a un mismo destino, el pensamiento único, en plazo conocido, 2030.

Por supuesto, la convergencia de socialismo y liberalismo no debería sorprendernos. Bajo el signo del internacionalismo o del imperialismo, ambas ideologías siempre han perseguido expandirse más allá de unas fronteras; tanto el liberalismo como el socialismo son materialistas; y, como tales, alientan la envidia y desdeñan a Dios. En el fondo, comparten la misma premisa: codiciar lo que otro posee; anhelar lo que no se tiene, hacer lo que sea por conseguirlo y sortear o transgredir la ley si los medios para alcanzar lo deseado no han sido del todo lícitos.

Para algunos liberales la importancia de la clave económica en el juego político es algo puramente racional. Sin embargo, para los socialistas de todos los partidos, el factor económico es útil como herramienta de adhesión popular por la vía irracional, emotiva o sentimental. O, dicho de otro modo, por la pulsión de los bajos instintos. Lo expuso bien el ilustre filósofo y parlamentario Donoso Cortés: “El germen de las revoluciones está en los deseos sobreexcitados de la muchedumbre por los tribunos que la explotan y benefician. Y seréis como los ricos […] Y seréis como los nobles […] Y seréis como los reyes […] y seréis a manera de dioses […] ésta es la fórmula de todas las revoluciones”[1].

Ahora bien, como demuestran los hechos, la detección de un problema no implica su resolución. Y la fórmula populista de explotar el resentimiento o la envidia no ha perdido vigencia.

Más de un siglo después, en 1984, el filósofo y jurista Gonzalo Fernández de la Mora analizó más específicamente la cuestión en un magnífico libro titulado La envidia igualitaria. Con certeras palabras, el autor constató que la envidia se fomenta “en la predicación tenaz, laboriosa y sistemática de una minoría que con ese recurso pretende conquistar el poder o, simplemente, satisfacer su personal resentimiento contra los triunfadores”[2]. Ahora bien, la “igualdad es la idea fuerza de los movimientos sociales más extensos e impetuosos de nuestro tiempo: el democratismo y el socialismo”[3].

Por supuesto, más allá de la igualdad ante la ley, que dependerá de la fortaleza de las instituciones y, en última instancia, de la integridad de las personas que conforman la sociedad de la que emanan, la igualdad no existe. Ni siquiera ante la muerte, aunque la muerte nos iguale a todos. Dos obstáculos objetivos y obvios se oponen a ella: En primer lugar, la dispar fortuna en el reparto de los dones naturales y, por otra parte, el libre albedrío.

Quienes pregonan la igualdad alimentan la esperanza y la envidia, haciendo creer a sus oyentes que merecen lo que se les hace desear. Por un lado, la tentación; por otro, la coartada perfecta, pues lo que se reclama, a fin de cuentas, es “lo justo”. Sin embargo, la envidia, es un sentimiento puramente negativo –“pesar del bien ajeno”, en su primera acepción en el diccionario–, que no promueve la mejora del que la padece, sino que envilece. De hecho, nadie presume de tener envidia y es falso que el igualitarismo propicie una sociedad más justa. Al contrario. En palabras de Fernández de la Mora: “El objetivo no es igualarse copiando, sino rebajando al prójimo. […] la envidia es subrepticia, hipócrita y simuladora”[4]. Como negativa es la cizaña con que los políticos azuzan a los individuos o grupos menos dotados. Porque, como decíamos: “la clase política se ocupa esforzadamente en dividirlos”[5].

 

[1] “Discurso sobre la dictadura”, Congreso de los Diputados, 4 de enero de 1849. En Donoso Cortés. Política y Filosofía de la Historia, Editorial Doncel, Madrid, 1976, p. 183.

[2] Op. Cit., Editorial Planeta, Barcelona, 1984, p. 112.

[3] Ibíd., p. 166.

[4] Ibíd., p. 231.

[5] Ibíd., p. 126.