Por regla general cuando en el curso de un debate uno tiene como interlocutor a un individuo situado en el espectro ideológico del marxismo y se atreve a criticar las políticas implementadas por el Gobierno de Pedro Sánchez no suelen pasar más de 60 segundos en ser tildado de “franquista”. Obviamente, con este tipo de argumentum ad hominem lo único que se intenta, a falta de otro tipo de razones más sólidas, es descalificar personalmente a aquel que muestra su disconformidad con el ideario, relato y praxis propios de todo gobierno de carácter socialcomunista. Lejos de sentirme ofuscado o indignado, tal insistencia en el presunto agravio ha logrado despertar en mi la curiosidad y el deseo de comparar, desde la objetividad, los logros y los fracasos acaecidos en ambos periodos históricos, ya que entiendo que las comparaciones no solo distan de ser odiosas, sino que, las más de las veces, suelen resultar esclarecedoras.

Por lo que al Régimen franquista se refiere, los comienzos fueron particularmente duros, ya que la insuperable distancia ideológica entre el franquismo y el comunismo impedía cualquier tipo de acuerdo con la Unión Soviética y sus países satélites, mientras que, a su vez, dada la falta de alineación bélica de España durante la Segunda Guerra Mundial, el bloque aliado en su conjunto se negó en rotundo a ayudar a España a salir de la penosa situación socioeconómica en la que se encontraba después de la Guerra Civil.

Sin embargo, debido fundamentalmente a un indudable fortalecimiento intramuros y a un férreo posicionamiento anticomunista, tras más de una década de aislamiento internacional, la situación comenzó a cambiar de forma radical cuando el 23 de septiembre de 1953 se firmaron los llamados “Pactos de Madrid” entre España y los Estados Unidos. Estos pactos incluían tres acuerdos, según los cuales el Gobierno estadounidense, presidido por Dwight D. Eisenhower, se comprometía a proporcionar a España ayuda económica y militar a cambio de que el Gobierno español permitiera la instalación en su propio territorio de 4 bases militares norteamericanas, tres de ellas aéreas y una naval. En síntesis, estos pactos supusieron para el Régimen franquista no solo superar el bloqueo político y económico al que había estado sometido desde el final de la Segunda Guerra Mundial, sino que también trajo consigo el acercamiento de España al “bloque Occidental”, de tal forma que, como señala Stanley G. Payne, “No hay duda de que esta relación fortaleció la imagen del Régimen en el interior del país y en el exterior”. Buena prueba de la progresiva relevancia de España a nivel internacional fue su ingreso en la ONU el 14 de diciembre de 1955.

No obstante, la definitiva consolidación del Régimen franquista en el panorama internacional se produjo 4 años más tarde, concretamente el 21 de diciembre de 1959, con motivo de la histórica visita a Madrid de Ike Eisenhower. Es necesario resaltar que en ese momento el presidente estadounidense era considerado como el “líder del mundo libre”, por lo que su viaje a la capital supuso un punto de inflexión para la España del siglo XX. Así, el diario The Washington Post no dudó en señalar que “Franco y la muchedumbre madrileña dan la bienvenida a Ike, quien recuerda el papel de España en la fundación del Nuevo Mundo”, mientras que la cadena CBS afirmó que el encuentro entre ambos jefes de Estado constituía “una de las entrevistas más importantes de las celebradas por Eisenhower en Europa”.

Como consecuencia de este encuentro España inició un camino caracterizado fundamentalmente por la liberalización de la economía, la industrialización del país y la creación de una numerosa clase media, propiciando todo ello lo que se ha dado en llamar el “milagro español”. Así, después de años siendo uno de los países más pobres de Europa, con una renta per capita inferior incluso a la de algunos países latinoamericanos, en la década de los 60 España comenzó a crecer económicamente a un ritmo medio anual del 7%, algo solo superado en el mundo por Japón. De esta forma, España pasó del aislamiento y la pobreza más absoluta al término de la Guerra Civil a ser la 7ª potencia económica del mundo al final del Régimen franquista, inscribiendo así su nombre dentro del grupo de los países desarrollados.

Por su parte, el Régimen sanchista ha llevado a cabo una política exterior absolutamente errática, marcada fundamentalmente por dos cuestiones de extrema relevancia y negativa repercusión en el panorama internacional: así, por un lado, nos hemos encontramos con la formación de un Gobierno socialcomunista fruto de la asociación entre dos formaciones políticas, la una de extrema indefinición, como es el Partido Sanchista, y la otra de extrema izquierda como es, Unidas Podemos (UP); a su vez, por otra parte, se ha comprobado de manera fehaciente la deriva bolivariana emprendida por un Ejecutivo incapaz de enfrentarse políticamente de manera clara, rotunda y sin circunloquios a las dictaduras y líderes comunistas latinoamericanos.

Así, en primer lugar, cabe destacar que UP es un partido comunista, razón por la cual la formación de un Gobierno de coalición del PSOE con UP choca frontalmente con la Resolución 1481/2006 de la Asamblea Parlamentaria del Consejo de Europa, posteriormente ratificada en 2019 por el Parlamento Europeo mediante la denominada “Resolución sobre la importancia de la memoria histórica europea para el futuro de Europa”, ya que ambas recogen la condena explícita a los crímenes cometidos por los regímenes comunistas, así como la importancia de hacer frente a toda organización de carácter filocomunista, debido a que su discurso contribuye a la propagación del odio y la violencia.

A su vez, en segundo lugar, resulta imprescindible señalar que desde su nacimiento Podemos mantiene una estrecha vinculación con la narcodictadura bolivariana, como demuestra la financiación ilegal recibida por la formación morada por parte de las autoridades venezolanas o los numerosos trabajos de asesoramiento realizados para el chavismo por parte de destacados líderes podemitas. En cualquier caso, disipando toda duda relativa a los lazos que unen ambos proyectos totalitarios, resultan concluyentes las declaraciones de Pablo Iglesias, machito alfa podemita devenido en mercachifle radiofónico, en las que llega al desvarío de elogiar los logros chavistas, señalando que “Lo que ha ocurrido en Venezuela es una referencia fundamental para los ciudadanos del sur de Europa (por lo que) es fundamental que América Latina invada Europa”. Señala el acervo popular que “de aquellos polvos estos lodos”, por lo que no cabe sorprenderse del lamentable y clandestino encuentro en el Aeropuerto de Barajas entre el entonces ministro de Transportes, José Luis Ábalos, y la vicepresidenta del Gobierno de Nicolás Maduro, Delcy Rodríguez, una delincuente internacional cuya entrada en el espacio Schengen está vetada por la normativa europea debido a su continua violación de los derechos humanos. En definitiva, todas estas actuaciones no hacen sino refrendar la íntima conexión entre el Gobierno sanchista y el Gobierno bolivariano, algo que, teniendo en cuenta las penalidades por las que está pasando el pueblo venezolano desde la llegada al poder de Hugo Chávez, causa no solo estupor sino también y sobre todo repulsa.

Este tipo de actuaciones, que sitúan al Ejecutivo socialcomunista en la esfera de los países adscritos al Foro de Sao Paulo, junto con la implementación de unas políticas que atacan la base misma del sistema democrático liberal por atentar contra la separación de poderes, socavar las libertades y derechos individuales y poner en tela de juicio la propiedad privada, han sembrado la desconfianza y provocado el recelo hacia España por parte de los países de la Alianza Atlántica, los cuales obviamente constituyen nuestros socios geoestratégicos naturales.

No resulta por ello nada extraño el reiterado fracaso de P. Sánchez a la hora de intentar reestablecer las deterioradas relaciones de España con Estados Unidos después del mandato de José Luis Rodríguez Zapatero, ese insufrible personaje que actualmente desempeña la miserable función de tonto útil plenipotenciario de la extrema izquierda latinoamericana. Así, desde su llegada a la Casa Blanca, recibida con alborozo por la izquierda española, Joe Biden se ha negado sistemáticamente a reunirse con P. Sánchez, a pesar de los denodados intentos de la diplomacia española por fijar una reunión entre ambos presidentes.

Igualmente, desde la llegada al poder de P. Sánchez, España ha sido apartada de todas los encuentros celebrados entre los mandatarios de los países de la OTAN, de tal forma que, con motivo de la invasión de Ucrania por las tropas rusas, P. Sánchez no ha sido invitado a ninguno de los cónclaves mantenidos entre los presidentes de EEUU y las principales potencias europeas.

En definitiva, cabe señalar que desde la constitución del Gobierno socialcomunista España no ha sido llamada a participar en ninguna de las cumbres de alto nivel celebradas por el “bloque Occidental” al que pertenece, siendo, por tanto, despreciada y marginada, viéndose, en consecuencia, relegada a desempeñar un papel irrelevante en el concierto político internacional.

Después de ayudar a Enrique de Trastámara a asesinar a su hermano el rey Pedro I de Castilla, allá por el siglo XIV, cuenta la leyenda que el noble de origen francés Beltrán de Duguesclín dijo aquello de “Ni quito ni pongo rey, solo ayudo a mi señor”. En este artículo no hemos querido quitar ni poner rey, pero tampoco ayudar a señor alguno, siendo nuestra única pretensión exponer los acontecimientos que han caracterizado a la política exterior española en dos periodos de nuestra historia.

En función de todo lo expuesto, si bien cada uno debe de extraer sus propias conclusiones, entiendo que cuando alguien en el curso de una conversación recurre al tópico de llamarte “franquista” implícitamente está reconociendo una absoluta incapacidad argumental, por lo tan solo cabe el desprecio como respuesta; cosa bien distinta es que te llamen “sanchista”, ya que la magnitud de tal agravio requiere una contundente refutación.