Las poesías en rima ondulante son armas cargadas de futuro como diría Gabriel Celaya;  pero cuando además son satíricas quien las carga de ese futuro es el mismo diablo y siempre con sus peores intenciones,  pues una vez que el autor elige el primer verso de su poema  queda sometido a unas reglas de rimado tan extremadamente rígidas que le pueden obligar  a dejar truncado su poema y guardarlo en un cajón donde el polvo le dará definitiva  sepultura o a incurrir en un defecto formal que lo privará totalmente de valor y que dejará al escritor frente a  sus lectores como un poeta chapucero, no merecedor de que la historia de la literatura lo recuerde en sus anales. A mí no me gustaría recibir ese calificativo: obras he escrito las suficientes con esta técnica de mi invención como para demostrar este propósito mío, y a veces asumo el riesgo moral que conlleva someterse a tan estricta disciplina con tal de no cometer ninguna tacha formal que desmerezca la calidad de un texto. 

 

Y así, duramente encorsetado por la finitud de todos los diccionarios del idioma castellano y de sus jergas, mis andanzas por el mundo de la poesía satírica ondulatoria -que no corpuscular- me llevan en ocasiones a desviarme de los caminos transitables para  adentrarme en terrenos fangosos de los que no puedo  regresar  sin haberme llenado los zapatos de lodo.

 

Esto me ocurrió hace unos días. Llevaba yo un tiempo rabioso perdido contemplando impotente lo que estaba pasando en España desde que la coalición socialcomunista se hiciera con las riendas de su gobierno, cuando escuché por televisión las palabras  de Echenique  aconsejándome a mí y a los míos (que cada vez son más) que dosificáramos esa rabia a lo largo de al menos tres años más para no agotar nuestras fuerzas en el primero. Y esta bravuconada, lejos de amansar mi furia, me sentó como a un toro bravo una banderilla en el lomo y me decidí a embestir a toda velocidad contra el enemigo. Escribí el  artículo El aperitivo de Echenique, y tras la introducción de rigor en prosa,  en la que explicaba las nefastas consecuencias para la sociedad de la legislación con la que este político bolivariano nos amenazaba, lo rematé con un poema dedicado a su persona que empezaba con el verso “Por que mi ira se aplaque”…

 

Las cosas marchaban bien, dentro de la contención que exige el decoro y la prudencia, hasta que llegué a un punto de no retorno: o seguía o me estrellaba, pero no podía aterrizar cómodamente sin dejar truncado el poema. ¿Volver a  empezar con una nueva  rima más sencilla?. No…eso era rendirse. Pero…¿cómo darle un final lustroso si el primer verso de la estrofa de cierre simétrico del poema debía terminar imperativamente en “-uque”, acabando los cuatro versos restantes,  sucesivamente, en  “-oque”, “-ique”, “-eque” y “-aque”?... 

El diccionario no daba para más: ya había agotado en mis versos anteriores casi todas las palabras utilizables con esas terminaciones, y una regla inviolable de la rima ondulante es que no se pueden repetir las palabras que forman la rima en un mismo poema salvo en  caso de polisemia (“piso” del verbo pisar y “piso” en su acepción de vivienda).  Así que debía escoger entre las muy escasas opciones que me brindaba el idioma castellano para dar un sentido lógico a esta poesía o darme por vencido y tirar la toalla de la frustración literaria. Porque posibilidades ilógicas hay alguna que otra, pero todas ellas deben ser descartadas por decencia profesional. Veamos un ejemplo para demostrar que el sinsentido no es una opción válida para un poeta que se precie:  

 

¡Ojalá le despeluque

haciendo birlibirloque,

y dándole yo un penique

él a mí me firme un cheque

que de la ruina me saque!

¿Pero qué pinto yo hipnotizando a Echenique para que, fuera de sus cabales, me entregue todos sus fondos a cambio de una bagatela?... ¡Absurdo!

Así que opté por un final consecuente con el tono execratorio del poema pero en clara vulneración del buen gusto con el que intento caracterizar a todas mis creaciones, sean o no satíricas. Me resisto a  repetir aquí estos versos, pero es preciso hacerlo para que el lector que no tenga a mano el artículo de referencia se haga una idea cabal del rubor que me embarga: 

 

¡Ojalá que se desnuque

su cabeza de alcornoque 

y que el Congreso la ubique

donde se orine y defeque

y así callada destaque!

Mas como yo no le deseo final tan bochornoso a este político, fuera de que sea democráticamente desalojado de su puesto de diputado en el Congreso, o al menos relegado a su gallinero, para que no pueda seguir haciéndonos rabiar a los españoles de bien, decido en un acto de honestidad sustituir el final de mi referido poema por otro mucho más delicado y afectuoso, con el siguiente contenido:

¡Ojalá que se acurruque

como un tierno albaricoque

en su silla,  modifique

su actitud y no se obceque 

en entrar al contraataque!

Al fin y al cabo los cristianos debemos amar a nuestros enemigos, se apelliden Sánchez, Celaá, Ábalos, Iglesias, Otegui,  Rufián,  Puigdemont o Echenique. 

Y eso que siempre  he sospechado acerca de la autenticidad de este mandamiento, que podría implicar que el infierno esté lleno a rebosar y el cielo totalmente vacío.