Aunque en la actualidad VOX es la única opción políticamente recomendable en la práctica, no seré yo quien ponga las manos en el fuego por dicho partido. Porque nunca las he puesto por ningún partido. Pero me siento obligado a promover dicha opción y a denunciar esa campaña más o menos sutil o expresa, extensa, calculada, a izquierda y derecha contra lo que representa. Y que no es sólo ideológica y política. Y obligado a decir que -a la vista de los esfuerzos y realizaciones de detractores y rechazado- me recela y repugna la casi unanimidad con que todo el espectro político restante lo anatematiza. Considero inaudito absolver a los culpables con nuestro voto o juicio y condenar al hasta ahora inocente, dos cosas odiosas a la razón.

Cuando el Gobierno, los plutócratas y sus innumerables secuaces están llegando a ultrajantes y fructuosos -para ellos- acuerdos, la única alternativa parlamentaria se levanta diciendo las verdades y una palabra más alta que otra, algo que no se había escuchado en el congreso durante la malhadada Transición. Pero eso no es suficiente para una gran parte de la derecha y, por supuesto, es intolerable para las izquierdas resentidas y sus cómplices. 

El pensamiento débil -sus mentores y sus abducidos- nada quiere saber de la verdad ni de la virtud ni de la patria libre y unida, que son antigüedades destinadas al vagón de los sobejos, sino de buenismos, diversidades, deconstrucciones, fragmentarismos y ambigüedades, que es lo que mola; ha cambiado definitivamente la inspiración, la prudencia y la espiritualidad por la cocaína, el hedonismo y el dinero fácil, es decir, delictivo.

A nuestro alrededor, grupal e individualmente, hay mucho oportunista -o mucho sectario y vendido- que lleva lustros ganándose el pan -y las gambas- fomentando a través de su agitprop, y en los debates mediáticos, la demagogia que tiende, además de a favorecer sus intereses, a realizar y confortar su índole luciferina, mediante la excusa de las ecologías, perversiones, oenegés y minorías (inmigrantes, menas, elegetebeis, negros, razas tercermundistas, etc.), porque es lo que se impulsa y protege al hilo de una estrategia diseñada desde instancias supra gubernamentales; mundialistas, para entendernos.

Pero, curiosamente, con la misma obstinación decide ignorar, olvidarse o minimizar el sacrificio silencioso de la gente común, que se esfuerza, trabaja y paga sus impuestos sin reconocimiento ni gloria alguna. Peor aún, tratando de adocenarlos y dividirlos. Hay que ser muy canalla, una absoluta bazofia moral, para, desde cualquier rango de poder, dedicarse por sistema a hacer de tu prójimo unos educandos tarados, unos ciudadanos pervertidos e inertes, y espiritualmente degradados.

Y hete aquí que aparecen unos nuevos parlamentarios que, saltándose el statu quo establecido tras décadas de comedias, corrupciones y estulticias congresistas, señalan con dedo acusador el confortable apoltronamiento en que se hallan los instalados ansiosos de rapiñas, denunciándolos ante los tribunales, detallando su doble juego, su miseria moral, sus atropellos y su corrompida fatuidad y, cuando lo normal entre la ciudadanía razonable debiera de ser el aplauso y la solidaridad con los denunciantes del hedor, nos encontramos con que una parte significativa de ella les descalifica con hipotéticos, arbitrarios o menores -hasta ahora- argumentos. 

Llevamos décadas topándonos con corruptos, locos y malvados que han ido ampliando cada vez más sus delirios demenciales y delictivos, aprovechándose del silencio de los corderos. Una época de desorientación moral, religiosa, educativa, cultural y existencial que ha dividido dramáticamente a la ciudadanía o está a punto de hacerlo; una época de transición fallida y de futuro incierto, por no decir tenebroso. Una época de gobernantes ávidos, de lengua mentirosa, cuyas falsas palabras y baja ambición han resultado una trampa sangrienta para España y los españoles.

Y como cuando no hay dirigentes edificantes cae un pueblo, este espectáculo debe acabar. Por eso no es prudente desaprovechar la alternativa que ofrece VOX, conscientes, eso sí, de que entre todos los que desean regenerar la patria deben mejorarle, exigiéndole eficacia y decoro, y mostrándose siempre atentos para cuestionarlo o apartarlo si no cumple con su programa y sus promesas, desde una postura realista y razonable. Y conscientes de que, o los electores le proporcionan una mayoría absoluta o todo seguirá igual, porque el PP y C’s, sicarios del Sistema, son parte del problema, nunca la solución. 

VOX, aun con sus silencios en temas capitales y con sus deficiencias programáticas y tácticas, sigue siendo la única opción práctica al día de hoy. De ahí que la disyuntiva de otra elección distinta, o bien no cuenta con posibilidades parlamentarias o supone el refrendo de los apoltronados, el espaldarazo al NOM esclavista. No es razonable despreciar esta oportunidad si lo que se desea es una regeneración del tejido social. 

La inteligencia, libre de adherencias desorientadoras, sigue derecha su camino. En la actualidad, no concentrar el voto en VOX es dañarnos a nosotros mismos. Ciertos inoportunos o malintencionados rechazos suelen llevar en sí el pecado en la penitencia, máxime en casos graves como el que nos ocupa: la postración de España. Si es que de verdad dicha humillación nos duele y queremos ponerla fin.