Salgan de sus escondrijos y madrigueras durante unos minutos, que ha llegado la hora de recibir una inyección virtual de un poderoso antiviral conocido como “poesía” que, si bien no nos pone a salvo de la capacidad altamente infecciosa de este agente patógeno que nos acosa y confina en nuestros respectivos agujeros, al menos tiene el efecto comprobado de reducir sus síntomas durante algunos minutos defendiendo a nuestras células de la mordeduras maléficas de ese otro virus llamado “tedio” que nos puede llevar a la depresión o a la ansiedad en estos momentos de inactividad laboral forzosa. Y todo ello gracias a la naturaleza meramente ondulatoria y no corpuscular de la energía irradiada por las cuerdas vocales al recitar cada uno de los versos de que se compone esta particular medicina. No voy a desarrollar la fórmula matemática que lo demuestra pero sí les voy a mostrar que la pongo en práctica conmigo mismo:

Me pongo a escuchar la radio

para evadirme del tedio

que me llena de fastidio

por el trágico episodio

que vivimos, pues repudio

estar metido en mi estudio

todo el día ya que odio

este enclaustramiento y lidio,

por encontrar un remedio,

con esta angustia que irradio.

Pronunciados estos versos, mi ansiedad se ha atenuado notablemente, se ha mejorado también mi ventilación pulmonar y puedo decir que ya me encuentro en condiciones de entrar de lleno en el tema de hoy. Les prometí que no hablaría de política mientras durase el estado de alarma y lo voy a cumplir porque soy hombre de palabra. Pero nada les dije de la moral. Y es que la moral no podemos dejarla nunca arrinconada, y menos en una situación tan alarmante como la que atravesamos, de la que no sabemos si saldremos vivos y coleando o conservados como anchoas dentro de una lata de zinc tamaño familiar. Es preciso meditar bien sobre lo que está ocurriendo en nuestra sociedad con esa supuesta liberación de la mujer que el feminismo radical propugna a base de subvertir las buenas costumbres y las leyes naturales del cosmos, adoctrinando a las niñas para que, lejos de aspirar a formar algún día un hogar como Dios manda, cumpliendo sus deberes de madres y esposas con solícita predisposición, crezcan con el insano deseo de transformarse en mujeres impías y seductoras hasta el desenfreno, cuya única pretensión sea exprimir al máximo el fruto pernicioso de la vida con la licuadora insaciable de su desinhibición para libar de ella el jugo tóxico de la voluptuosidad, que es el germen de la futura aniquilación de la humanidad, el Armagedón del que nos previene la Biblia por nuestra condición pecadora. ¿Pero qué es eso que vociferan cientos de mujeres en las manifestaciones feministas -que confiesan en sus pancartas que son malas y que pueden ser peores- que parece conminarlas a llegar al hogar paterno a altas horas de la noche, solas y borrachas?, ¿dónde se ha visto tamaño despropósito?... Estamos todos de acuerdo en que no hay motivo alguno que justifique abusar de una mujer por desvalida que se encuentre, pero detrás de esa proclama feminista late toda una filosofía de la transgresión de la moral que puede resumirse en la siguiente proposición: “Las mujeres deben entregarse a todos los vicios que les apetezcan en cada momento pues no hay nada malo en ellos, y los hombres deben ir acostumbrándose a asumir que, puesto que la injusta naturaleza impide a ambos sexos interrelacionarse en un plano de verdadera igualdad, es preciso subvertirla asumiendo las mujeres los roles de comportamiento tradicionalmente masculinos y relegando en consecuencia a los varones a un papel meramente secundario, como sirvientes sumisos de aquellas, todo ello al amparo de una justicia feminista que, con látigo inexorable, vaya ablandando las espaldas del pensamiento masculino hasta hacer de los hombres seres insulsos, fofos, mentecatos y poco viriles”. Bien: ya sé que es muy larga esta proposición y difícil de asimilar para exponerla en un examen de moral, pero también la puedo sintetizar en esta sencilla relación de equivalencia: “feminismo = caca”. Yo, desde luego, tengo claras cuáles son mis preferencias en el terreno amoroso y se las voy a exponer empleando la medicina que les comentaba al principio. Lean esta poesía, medítenla, saboreen sus enseñanzas y luego vuelvan a sus escondrijos, que el virus está al acecho, esperando el menor descuido, para convertirlos en anchoas.

La mujer ideal

Yo a la mujer la comparo

con un estuche o joyero,

pues en ella lo que miro

es el cofre de un tesoro

que guarda, tras férreo muro,

su virtud cual oro puro.

Y repito como un loro

que solo miro y remiro

en la mujer que yo quiero

-y en cuyos brazos me amparo

bebiendo con sed de avaro

sus besos con desespero

como el aire que respiro-

su modestia y su decoro,

pues yo rechazo lo impuro;

y juro por Dios, lo juro

-porque solo a Él le adoro-

que nunca echaré un suspiro

por una mujer florero

aunque les parezca raro.

No he sido nunca tan claro,

pero hoy voy a ser sincero:

hasta el saludo retiro

a la mujer que deploro,

esa que, de andar seguro

y con un fin más que oscuro,

va embistiendo como un toro

a aquel que se pone a tiro

y lo embauca por entero

en el colmo del descaro.

A esas yo no me declaro:

ni sus caricias espero

ni a sus lisonjas aspiro;

de ellas jamás me enamoro,

porque sé o me lo figuro

que nunca tienen un duro

y que un fracaso sonoro

me espera si me las tiro,

pues me sacan el dinero

y eso me sale muy caro.