Dentro de cincuenta días -el 4 de mayo- Madrid tiene en las manos de sus electores la posibilidad de, si no salvar a España, que sería enfatizar el asunto, sí de frenar en seco la deriva totalitaria del frentepopulismo gobernante. Ante esta oportunidad, sobran discursos, pues los discursos sólo son necesarios cuando los asuntos que se discuten no son completamente claros. Pero sí son precisas ciertas matizaciones por si el elector de espíritu libre desea considerarlas a la hora de solventar la única duda posible: Ayuso o VOX.

Pocas veces, como en esta coyuntura, resulta más apropiada la imagen del dedo y la luna. Máxime en una política partidocrática como la que padecemos, en la que los políticos se deben a sus siglas. Ayuso pertenece al PP y, que yo sepa, aún no ha renegado de él, un partido que ha demostrado hasta la saciedad ser correa de transmisión del Sistema, y que se ha mostrado traidor con sus votantes y desleal a España en innumerables ocasiones. Por eso, Ayuso representa al dedo, y no podemos distraernos con ella para dejar de fijarnos en VOX, el único partido del arco parlamentario que ha sufrido implacable y sañuda persecución por el resto de sus colegas, incluido el PP. Por algo será.

La actitud de Isabel Ayuso convocando elecciones, si oportuna, es de cajón en un político normal, pero pierde todo su mérito al haber sido tomada in extremis y en medio de la incertidumbre, algo que un político de veras bragado y con personalidad hubiese evitado, decidiéndolo en otras circunstancias anteriores, que las hubo. Ayuso, a la fuerza ahorcan, se ha convertido sin quererlo en un verso suelto dentro de su partido, lo cual no dice nada a favor, ni de ella -que no abjura del PP- ni de sus partidarios, cuya ineptitud o complicidad con el Sistema la están demostrando en otras autonomías.

Si el PSOE y C,s, cómplices de su partido en el desastre actual que sufre España, no hubieran dado un paso adelante para acabar de ningunear al PP, Ayuso hubiese seguido tal cual, a la sombra de Aguado, su aceptada espada de Damocles. Es necesario recordar esto, así como que la jugada política de convocar elecciones le ha salido bien por los pelos. Y ese es un riesgo al que España y los españoles nos hemos visto abocados por falta de previsión.

En realidad, en la actualidad española, los dos partidos de veras en liza son el formado por los que votan a los frentepopulistas y a sus cómplices, y el integrado por los que votan a VOX más los que no votan, como se vio recientemente en Cataluña. La creciente abstención electoral nos revela el espectáculo de una casta política corrupta que en nombre de sus intereses partidistas y personales opone diversos mecanismos al intento de racionalizar y regenerar la sociedad. Y dentro de esa casta se halla el PP muy cómodamente instalado.

Es cierto que, en este sentido, Madrid, con Ayuso y su grupo de fieles, puede verse como una relativa excepción, lo cual no puede hacernos olvidar que si gobierna es gracias al apoyo altruista de VOX. Y que si en algo ha variado para bien la política heredada de Carmena, ha sido por la presión de VOX.

El reciente envite de Pablo Iglesias, abandonando la vicepresidencia segunda del Gobierno para encabezar la oposición en Madrid, dado que Gabilondo es sólo un liampapotes enchufado, puede parecer un farol o una manera de salvar la cara ante el cuestionamiento de su figura dentro del Gobierno. Pero conociendo la naturaleza de esta gente, y sin dejar de ser tal vez una huída, creo que supone más bien el aviso típico de aquellos saqueadores y bandidos, ignorantes de todo escrúpulo, que no están dispuestos a cojear delante de los cojos ni a ceder todo lo que hasta ahora tenían ganado, que era muchísimo.

Y es evidente que, más que el PP, lo que preocupa a Iglesias y a su horda de maesesucios, es la posible irrupción de VOX como fuerza triunfadora. Es VOX quien los descoloca, porque es la única formación que se enfrenta al Sistema y, con su -hasta ahora- firmeza programática, constituye la alternativa política de la España libre. No les preocupa, en absoluto, la blandura ignominiosa de esa falsa derecha con apego a la poltrona que es el acomodaticio y bardaje PP.

Muchos, durante los próximos días, van a tratar de que dirijamos la atención hacia el dedo para que nos olvidemos de la luna. Unos, con buena intención, quizás; otros para sembrar la división y la duda. Pero no debemos caer en el juego. Podría ser aceptable dicha duda si se votaran nombres, pero no se votan nombres, sino partidos 

Votar a la señora Ayuso es, para su desgracia o para su penitencia, votar al PP, un partido corrupto que forma parte de la mafia partidocrática, colaborador del frentepopulismo y culpable de que España esté bajo las botas socialcomunistas y soportando sus leyes totalitarias.

Madrid -España- necesita un Gobierno fuerte y preparado, ajeno a la mafia que nos ha traído hasta aquí, limpio de culpabilidades, centrado en los problemas reales de la gente, consciente del abuso totalitario y del despilfarro que suponen los lóbis de la casta y, sobre todo, centrado en los principios cívicos y morales que sustentan la convivencia. Nos queda por saber cuántos millones de españoles pertenecen a la España del futuro, a la España libre.

Espero y deseo que los espíritus libres estén ya convencidos de que el tiempo del PP ha pasado con pena y sin gloria. Tuvo una ocasión redonda -la mayoría absoluta- y la desaprovechó. No sólo eso, utilizó aquella riqueza electoral para dilapidarla a favor de los hispanicidas. Parafraseando a Covarrubias, puede decirse que teniendo tiempo, lugar y ventura, no supo o no quiso gozar de la coyuntura.

Como su incompetencia, su negligencia o su traición las han pagado España y los españoles, el PP debiera desaparecer -o refundarse- por el bien de la patria. Hasta que eso ocurra, llevará el estigma de ser el albacea testamentario de la nefasta política de Zapatero.

Votarlo ahora en Madrid, aunque lleve a Ayuso a la cabeza de sus listas, sería una grave injusticia. La de marginar a VOX, el único partido que, de momento, está dando la cara en pos de la obligada regeneración social, económica, cultural y política. Pero más grave aún que una injusticia, sería un error. Un tremendo error, dada la ocasión.