A finales de 2020 se publicó un artículo titulado Whiskas, satysfier y lexatin; la intención de la autora, replicar una ilustración de The New Yorker ensalzando lo que consideraban ejemplo de mujer moderna. Esperanza Ruiz retrató, con sencillez y sin pecar de grandilocuencia, las miserias de un estilo de vida presuntamente liberador y que ofrece tanto hedonismo como insatisfacción vital. Algo de pupa tuvo que hacer entre los ofendiditos progres de turno, a juzgar por lo que he leído posteriormente, pero en aquella época algunos de los críticos con el posmo style ya practicábamos lo de aislarnos voluntariamente de las miserias del mundo exterior todo lo que resultaba posible. En cualquier caso, es archiconocido a estas alturas lo mal que les sienta a algunos que sean mujeres quienes critiquen las deficiencias y trampantojos de la sociedad posmoderna, pero ya sabemos que todo ese rollo del empoderamiento femenino sólo sirve cuando se va haciendo bulto tras una pancarta el 8 de marzo respaldada, a pesar de sus poses antisistema, por las diversas instituciones del Estado y las grandes empresas del Ibex-35.

Siendo sinceros, el nombre de la autora no permaneció en mi memoria después de ese artículo. Uno es hijo de su tiempo, aunque despotrique sin descanso contra él, y padece el mismo déficit de atención que el resto de su quinta (si es que todavía podemos seguir utilizando esa palabra). Lo que sí recordé, cuando los algoritmos de Google lo trajeron de nuevo a mi memoria en otro anodino repaso a la actualidad por el smartphone, era el nombre del artículo al ver la noticia sobre que daría título a una recopilación de la autora bajo el nuevo sello de Ediciones Monóculo en 2021. Entonces descubrí otro de sus artículos, que posiblemente también habría leído en su día sin reparar en quién lo firmaba, bajo el título de Obreros que votan mal. Y debo decir que, aunque sólo fuera por preservar del olvido digital esos dos artículos citados, merece la pena leer el libro entero y tenerlo siempre a mano en nuestra estantería. Obviamente hay temáticas, como lo referente a la forma de vestir y la visión positiva de algún político del Partido Popular, que a uno le han resultado menos digeribles; pero es justo reconocer que Esperanza Ruiz no tiene la culpa de que servidor le haya dado muy poca importancia al vestuario y demasiada a jugar a las revoluciones. No obstante, las diferentes temáticas del libro resultan amenas y muy útiles para comprender por qué no debemos juzgar la actual España coronavírica sin la degradación previa de la década de los 90 (en un sentido inmediato) y la resaca de mayo del 68 francés (en un plano superior). Y tampoco hay que dejar pasar el mérito de conservar la fe en Dios y en la salvación del alma en alguien que ha conocido de primera mano las miserias de la generación retratada en Historias del Kronen, si bien esos sujetos descerebrados y nihilistas, en comparación con la nueva hornada de blanditos resilientes e inclusivos a los que ensalzan desde las instituciones por su compromiso-adoctrinamiento con las agendas globalistas, ahora casi se nos antojan modelos de disidencia.

Si alguien necesita más motivos para animarse a leer Whiskas, satysfier y lexatin, cabe decir en defensa de Esperanza Ruiz que se reconoce lectora de Juan Manuel de Prada y Adriano Erriguel. El primero es un habitual de las recomendaciones a todos aquellos que deseen obtener cartuchos contra la trinchera progre, pero el segundo, menos conocido para el gran público, de momento nos ha dejado una obra maestra de la metapolítica como Pensar lo que más les duele (Homo Legens, 2020) y un ensayo histórico como ¿Rusia o América? (Ediciones Insólitas, 2017). Y la experiencia, al menos hasta ahora, me ha demostrado que quienes enarbolan los escritos de Adriano Erriguel no están en el bando de los mediocres precisamente.