En líneas generales, durante esta malhadada época que hemos dado en llamar transición, los españoles, en su mayoría, han sido incapaces de enaltecer el sentido de su voto en cada una de las elecciones celebradas, para erradicar la miseria representada por sus políticos, pues al día de hoy tales excrementos son sus propias secreciones. Cada cual, sobre todo entre nuestros políticos y sus valedores, es como Dios quiere y aún peor. 

Todas las revoluciones socialistas, sustentadas en un activismo mistificador, se dirigen a encadenar al individuo y a envilecer su dignidad como persona. Pero la plebe, aquí como en cualquier parte, es estúpida y pancista, y de esos vicios se aprovechan los frentepopulistas. Es el nuestro un pueblo adoctrinado, además de voluntariamente desinformado, cuya bajeza no sufre porque le adocenen y humillen.

Después de haber destripado las ideas de esta mafia política que padecemos durante más de cuarenta años y de haber sabido que no contienen más que viento huracanado, que todo lo destruye, una mayoría de españoles les ha seguido votando. ¿Qué puede reclamar esa parte del pueblo en este negro presente si se ha mostrado complaciente con la infamia y el desastre?

Dijo Yeats, el memorable escritor irlandés cuyo sueño personal había sido una patria libre, que «no puede mantenerse viva la idea de una nación allá donde no existen instituciones nacionales que reverenciar, éxitos nacionales que admirar, y donde no existe en la mente del pueblo una imagen que ha de servir de modelo a esa nación».

Los políticos en general desprecian al pueblo y el pueblo los desprecia a ellos, pero este mismo pueblo usa ese desprecio hacia los demagogos de una forma ociosa y estéril, porque permite que se burlen de él, que no es más que su esclavo, a pesar de que le ilusione creer que manda y mueve los hilos con su voto.

España hiede. Pero no más que como ha venido hediendo tras cada convocatoria electoral y tras cada atentado terrorista, porque los partidos más corruptos han sido los más votados, lo mismo que los separatistas desafiantes o los filoterroristas. Con ello, la masa embrutecida e ignorante reivindica la dudosa gloria de su miseria moral y cultural, satisfecha de su descomposición.

La plebe sólo despertó cuando España estuvo en quiebra, tras la devastación dejada a su paso por Zapatero. Y fue su estómago, no su afán de libertad, quien le hizo despertar, finalmente en vano, gracias al nefasto PP. Y sólo volverá a despertar cuando la economía sometida e inestable, lastrada con una deuda pública amenazadora por insostenible, anuncie un día que hasta aquí hemos llegado, y dé la bienvenida al corralito de rigor. Lo malo es que ese día no sólo rechinarán los dientes de la chusma, pues arrastrarán con ellos al abismo a quienes han venido denunciando la degradación.

España es mucha España, pero los españoles de esta época parecen empeñados en derrumbarla. Ni los cielos -como dijo Maquiavelo- pueden sostener algo que quiere derribarse. Cosa ésta que, a la vista de nuestra realidad social, resulta imposible de dudar, salvo que los supuestos ciudadanos libres decidan, de la noche a la mañana y por milagro, tener en sus manos la propia libertad, con lo cual ellos mismos volverían a ganarse el respeto que siempre ha tenido aquel que ha nacido libre y quiere vivir libre.

Pero no soñemos, porque voluntariamente se han convertido en esclavos e ignoran su indignidad. No obstante, resulta imperativo cambiar el orden, pero ¿Cómo empezar a construir, en vez de destruir, con una plebe abducida por la perversión frentepopulista? Hay que cambiar la opinión pública, pero ¿Cómo romper el adoctrinamiento de las masas con todos los medios en manos de los manipuladores?

Hay que cambiar las consignas por los principios, alzar un código de valores permanente, pero ¿Cómo hacerlo con la educación en manos de los pervertidos y los bárbaros? Hay que lograr una justicia independiente, pero ¿Cómo entronizar de nuevo a Montesquieu, si la venalidad es la pauta que mueve a la mayor parte de la judicatura? Etc. Y sin embargo, se puede. Más aún, se debe. A pesar de esta realidad, el hombre libre sabe que ha de seguir defendiendo lo noble y excelente, porque su espíritu tiene un compromiso con la verdad y la razón.

De momento necesitamos que los políticos de VOX, y de su mano toda la gente de buena fe preparada para ello, hablen más de España y menos de política. No sólo mediante su buena intención, que no dudo, sino mediante su inteligencia, es decir, mediante su habilidad y su ciencia. Un grupo selecto que se mantenga activo para contraatacar a la catarata de abusos a que nos vienen sometiendo los frentepopulistas y sus cómplices.

Un grupo que no descanse en la reivindicación de las tradiciones cristianas, de la excelencia, de la dignidad… Que mientras enfrenta a los totalitarios a sus incoherencias, sinrazones y abyección, les vaya abriendo las puertas de las cárceles y de los manicomios.

Se puede. Se debe.