Tenemos el mayor índice de desempleo de Europa, junto con Grecia; unas nóminas miserables y un dinero negro circulando por innumerables subterráneos; unos impuestos estratosféricos; una competitividad económica de risa; una extensiva pobreza; una inmigración inasumible; una imagen exterior humillante; una deuda pública estremecedora; unos combustibles con precios desmadrados; un IPC disparado... Pero no importa. Aquí nadie se entera de nada. O no quiere enterarse. España, la España alegre confiada del carpe diem, se ha ido de puente. No a vivir debajo de él, arruinada como está, sino a cruzarlo de fiesta en fiesta, haciéndose la foto y gastándose lo que no tiene. 

Es la misma España carente de unidad y de destino que se halla en pleno hervor de corrupción, tras décadas de gobernanza liberal y socialcomunista. 

La celosa autarquía y endogamia sociocultural y política de sus autonomías, junto con la triunfante ambición de las extensas familias partidocráticas y de sus lóbis clientelares, si no han servido para estimular un movimiento intelectual y artístico, siquiera regional, sí han atraído en cambio sobre nuestra patria la codicia de sus históricos enemigos a la hora en que en Occidente se van afirmando, tal vez con carácter irreversible, las ambiciones de los amos globalistas. Ante los intereses y los viejos odios de Anglosajonia, de Francia, de Bélgica, de los Países Bajos, de Marruecos... la decadencia del ingobernable y ruinoso Estado autonómico que hoy es España se ha manifestado como algo irremediable.

Que un payaso como el ucraniano Volodímir Zelenski, que a la plutocracia globalista no le importa si es zafio e inculto, con tal que como buen palanganero cumpla los mandatos del NOM, se permita desde los foros europeos y desde el propio parlamento español ofender a nuestra patria, a los españoles de bien y a la verdad histórica, lo demuestra. Como lo demuestra que un tirano y unos criminales de guerra burocráticos foráneos dirijan nuestra política interior y exterior. Y resulta asombroso que pocos, hoy, en nuestro país comprendan todo ello, y que se intente en vano llamar la atención al respecto.

Nadie, con buena fe y normal inteligencia, puede preguntarse a estas alturas el porqué de esta impotencia para defendernos y organizar una nación firme frente a los codiciosos invasores extranjeros, porque los principales culpables los tenemos dentro. Hay que acusar a nuestra casta política, a nuestra justicia, a nuestra educación, a nuestro ejército, a nuestra iglesia, a nuestra información... a todos aquellos que, con poder y con suficiente prestigio o autoridad social, si no moral, han carecido de la suficiente voluntad, el suficiente ingenio, y el mínimo espíritu de sacrificio para ocupar las instituciones, someter a los corruptos y desterrar la perversión.

Los depravados han convertido a España en la escuela de la infamia del maestro Monipodio y, frente a ellos, sólo ha habido debilidades, complicidades, venalidades... y reyes, jueces, militares, eclesiásticos, intelectuales, informadores, ciudadanos ociosos, que han mostrado la indiferencia más absoluta, la pasiva virtud de sufrir la corrupción antes que la de obrar con energía y convicción. Nadie ha entendido lo que traían los vientos de la época, ni ha sido capaz de decidir en tan grave hora una política regeneradora desprovista de escrúpulos, calculadora, hábil para utilizar en la buena dirección a los ciudadanos y sus sentimientos.

Nadie ha sabido crear o despertar el ideal patriótico que inspirara una obra perdurable para un nuevo período de nuestra historia, que dejara liberado el camino para las futuras cinco o seis generaciones, sin dejar de apoyarse en el humanismo cristiano y sin olvidar la síntesis del más firme de los realismos políticos. Es posible hacer lo que se debe sin contradicciones, sin disociar la libertad, la moral y la religiosidad del pensamiento político, de la experiencia positiva, de las directrices económicas y de la razón. Todo lo contrario del aventurerismo abusivo, fatalista y tanático de las oligarquías capitalistas y socialcomunistas, símbolos ambas del Mal y protagonistas del drama que vive nuestra patria.

El caso es que dicha elite y sus mercenarios llevan varias décadas entregados al pillaje, convencidos de que con la catástrofe española finaliza una época y comienza el «mundo feliz» diseñado en sus demenciales agendas. Amos y mercenarios han penetrado a saco, espoleados por sus oscuras creencias y sus sórdidas ideologías, para las cuales la «imperial España» es el enemigo a batir, y su «leyenda negra» y su «experiencia franquista», las excusas a esgrimir para el despojo.

De ahí que su furor destructivo sobrepase incluso el apetito del botín, y que los invasores profanen la tumba del Caudillo y traten de convertir la Basílica del Valle de los Caídos en cuadra para sus asnos o en burdeles de género mixto para sus sindicalistas, sus clientes, sus cofrades y sus pervertidos. Cuando por fin se sacien los nuevos lansquenetes, los nuevos luteranos y los nuevos borbones, el hambre y las sucesivas pandemias o pestes se habrán adueñado de una nación que cincuenta años atrás estaba entre las diez más florecientes y promisorias del mundo. 

Puede que algún contemporáneo entre nosotros esté convencido de que la venganza divina se habrá abatido entonces sobre la sociedad española alegre y confiada, pero es seguro que no habrá ningún Miguel Ángel que pinte un nuevo Juicio Final en la bóveda de la capilla del Valle, ni la Iglesia rezará para que Cristo intervenga y, como ya hizo con los mercaderes del templo, fulmine a los malditos sin escuchar los ruegos de intercesión de su Madre. 

Puede también que en el momento en que el saqueo de España marque el final de una época -y el correspondiente cumplimiento de una agenda globalista-, empiece a encenderse en el horizonte del Occidente del siglo XXI la llama que ilumine el próximo porvenir. Que los hombres ávidos de nuevas enseñanzas encuentren los maestros de un humanismo nutrido en las fuentes de la antigüedad grecolatina, dispuestos a afirmar, con semillas renovadas y puras, un poderoso afán regenerador.

Mientras tanto, los españoles están de puente.