Nuestra sociedad no es de ángeles, es de hombres. Y en dicha sociedad se integran dos ciudades: la de quienes tratan de proteger a la justicia, que son los menos, y la de quienes procuran reírse de ella, que está superpoblada. Que los apetitos contrarios entre sí de unos y otros no proceden de su naturaleza, puesto que unos y otros pertenecen al género humano, sino de la diversidad de sus voluntades, no puede ponerse en duda.

 

La razón es que mientras los unos se mantienen en el bien común, los otros, halagados por su propia ambición o su propio poder, declinan de ese bien común y se inclinan al suyo particular, y teniendo la pompa de su altivez por algo sublime, y la astucia de su vanidad por indudable certeza, y sus afanes sectarios por objetivo individual, se hacen soberbios, falaces y envidiosos.

 

Pero todo vicio perjudica a la armonía universal y por eso es contrario a la misma, porque al privar a la naturaleza de parte de su bien la daña. Lo mismo que la ceguera es vicio de la vista, así el no adherirse al bien es vicio de la persona. El vicio de las naturalezas corruptibles se opone a la creación como el mal al bien. Ser vicioso y no dañar es contradictorio. La razón de ser del malvado radica en dañar. Las personas corrompidas por la mala voluntad son viciosas. Y cuando topamos con un ser humano que se aparta del bien común y se aprovecha o sojuzga a sus semejantes es bueno que no quede impune de sus actos.

 

La razón es que su castigo es justo, y todo lo justo es bueno. Porque nadie debe sufrir penas por los defectos naturales, pero sí por los voluntarios, ya que el vicio mismo, que se ha robustecido por la costumbre y por la injusticia, tuvo su origen y tiene su pervivencia en la voluntad.

 

El caso es que en la gobernanza y en las instituciones los españoles tenemos unos dirigentes viciosos. Y el caso es que sus vicios, realizados en la ilegalidad y fortalecidos por la impunidad no encuentran el debido castigo, lo cual multiplica tanto los efectos destructivos como las turbas de destructores. El fuego es bueno cuando calienta y purifica, pero el fuego que traen en sus hachones estos dañinos personajes que la mayoría del pueblo español se ha dado, se está aplicando para incendiar a la patria y dejarla en cenizas.

 

Es cierto que lo que estamos viviendo no es lo que debería vivirse en una España 

y con futuro, pero la sociedad española actual está recogiendo los frutos que ha venido sembrando durante décadas. Y es justo que lo pague sufriendo a estos diabólicos cabecillas que se han enseñoreado de la nación.

 

No puede decirse si se ha llegado ya al último grado posible de corrupción y de desvarío o si aún hemos de sufrir los delirios de estas hordas de delincuentes y dementes a los que hemos permitido asentarse en nuestras vidas, mas esto es lo que la mayoría del pueblo se ha buscado con su actitud social y moral, y con su actuación ante las urnas.

 

Por tanto, este punto en el que nos hallamos es el resultado lógico de nuestros actos. Sobre todo por haber consentido a tanto minador que desde una falsa mesura no ha dejado de descafeinar la irritación de los perspicaces y avisados y, llamando insistentemente al diálogo, ha ido socavando nuestras raíces, nuestros cimientos. A estas alturas, con España por los suelos, todavía seguimos escuchando de boca de los felones que el Rey no puede hacer nada, que las FF.AA. no pueden hacer nada, que los jueces no pueden hacer nada. Llevan décadas tomado por tonto al pueblo, o considerándole un lactante, lo cual puede ser cierto considerando a la gran mayoría.

 

Legalistas interesados en la demolición de nuestra patria, tal y como la hemos conocido hasta aquí, que con toda la desvergüenza de que son capaces enarbolan el trapo sucio de la legalidad y del diálogo en un país en el que la ley y la palabra están absolutamente prostituidas por ellos mismos. Y lo venimos escuchando desde hace muchos años, cuando a los que advertían de las derivas separatistas y de los viles objetivos de las izquierdas resentidas se les tapaba la boca aludiendo a la hipócrita moderación, y tiznándoles de fachas y de totalitarios.

 

La sociedad española se ha dejado aherrojar por resentidos, delincuentes, dementes y traidores. Que están pisoteando las leyes en la más absoluta impunidad. Y que nos dicen que permanezcamos quietos, porque no se puede hacer nada. Al parecer, para ellos, para estos infiltrados, sólo pueden obrar los criminales. Estos sí que pueden cometer constantes abusos, perversiones, crímenes… Y no se puede hacer nada, repiten hasta la saciedad.

 

Pero claro que se puede y se debe hacer. Y no sería necesaria ninguna heroicidad, porque con la moribunda Constitución -tan enviciada y mejorable- en la mano, sin ir más lejos, podría llevarse a cabo con un mínimo de buena voluntad. La cuestión radica en si se quiere o no se quiere poner pie en pared frente a tanto rencor y tanta barbarie, ante tanta basura intelectual y moral, alentada y fomentada. En si se quiere o no se quiere aislar socialmente a los crapulosos gobernantes y a sus despreciables votantes, poniendo grilletes a quien se lo merezca.

 

La realidad es que estamos cruzando la travesía del desierto debido a nuestra flaccidez social y a nuestras desleales instituciones, y que en una sociedad civil fragmentada y desconcertada como la actual, aún no ha emergido un movimiento cívico poderoso ni una o varias personalidades cuya hidalguía, lucidez y magnanimidad se halle al nivel del reto que tienen los españoles planteado, y que sean capaces de aglutinar los sentimientos de los espíritus libres ni de despertar a las masas y ponerles frente a su responsabilidad, haciéndoles ver que quien sacrifica la libertad por la seguridad no merece tener ninguna de las dos.

 

Por lo tanto, si lo que no se puede remediar, se tiene que soportar, toca sufrir hasta que la providencia decida, con la seguridad de que la ley del péndulo, por propia inercia, acabará dotando a las generaciones venideras del vigor conceptual y moral y del sentido patrio de que han carecido las precedentes.

 

En su Ciudad de Dios, censura San Agustín la corrupción de las costumbres de Roma y escribe las siguientes palabras que parecen escritas para la España de nuestros días: «A lo vergonzoso se da publicidad, y a lo laudable clandestinidad. El decoro es latente, y el desdoro patente. El mal que se practica reúne a todo el mundo como espectador; el bien que se predica apenas encuentra algún auditor. ¡Como si la honradez nos diera vergüenza, y el deshonor gloria! Así ocurre que los honrados, que son una minoría, caen en la trampa, y la gran mayoría, los corrompidos, quedan sin enmienda».

 

Y sin cárcel y sin manicomio, añadiría yo.

 

Pero unos cuantos seguiremos luchando desde la opacidad, con el precario alcance de nuestras escasas fuerzas, porque España es mucha España y no será demolida por una plutocracia proterva y enloquecida ni por unas generaciones hedonistas e insolidarias, de adoradores del vientre y de pervertidos, que han elegido al vicio y a la deslealtad -al Mal- para caminar con él hacia el abismo cogidos de la mano.