Por fin, ya quitaron la última estatua de Franco. ¡Ya era hora! ¡Qué importante! ¡Qué felicidad para toda la progresía «española»! En esta última, ni siquiera se representaba al Generalísimo Caudillo de la España verdadera y victoriosa de la guerra civil, sino al heroico comandante que salvó, tras una marcha extenuante con sus legionarios, que puede recordar a la de los extraordinarios e irrepetibles Tercios Españoles, los otros, los antiguos, los primeros, los de Empel, Castelnuovo, Lepanto, los de D. Juan del Águila, del Duque de Alba, y tantísimos otros, conocidos y desconocidos, salvó digo, la ciudad de Melilla de ser pasada a cuchillo (y otras cosas que tanto ¿gustaban? a los moros.

Es una lástima que no se entienda, ni se estudie, claro, el gran legado de nuestros verdaderos españoles pensantes. Con treinta años de vida aproximadamente (¡qué admirables mentes!), ya con una intensa vida intelectual y profesional, D. Ángel Ganivet escribió: «…somos un pueblo experimentado y escarmentado que, por falta de memoria, aprovecha poco y mal sus escarmientos y su experiencia.»

Estamos repitiéndolo otra vez. Por falta de una conciencia de la idea aglutinante, España, nos van edificando una espuria y deletérea, ya anteriormente inventada, ya periclitada (aunque al parecer no advertido el ardid), destructiva, disolvente, materialista; y, para cimentarla, quieren eliminar los homenajes físicos erigidos en honor de quien una vez acaudilló la lucha contra la destrucción; así intentan, sobre la abulia previamente inoculada, inventar la historia para intentar repetirla esta vez con éxito, sobre la desmemoria, la cobardía y la indiferencia más chabacana.

Y no lo han hecho mal, aunque no es nueva la traza, ¿Quién va a defender una patria en la que no creen ni sus propios hijos? ¿Ya no le quedan camaradas de su querida legión al difunto soldado? ¿Ya no se respeta el credo legionario?

Con la más profunda tristeza, impotencia y rabia, un español.