La actualidad parece una crónica sólo para iniciados, dadas sus trampas y engaños, sus tenebrosos pactos, sus míseras oscuridades y turbiedades. Son estos unos tiempos carentes de distinción moral, aptos para votantes del PP, cómplices de las izquierdas resentidas y responsables de los males que denuncian o tratan de disimular, y que llegan incluso a decir que criticar ciertas cosas es hacer el juego a los intolerantes.

Tiempos para los agremiados frentepopulistas, especialistas en pedir calma a bofetadas, es decir, diálogo y concordia mientras asesinan a nasciturus y promulgan el totalitarismo más feroz a través de sus acciones y sus leyes. Tiempos en los que se lucen los tontos útiles, esos sicarios encargados por sus amos de defender lo que nadie, entre la indiferente muchedumbre, ataca: los privilegios plutocráticos.

Tiempos de insolencia en los «funcionarios autorizados» por el poder despótico, en los que nadie puede presumir de reprochar al gobernante por ser un delincuente, pues ello va sobreentendido. Tiempos en que los pervertidos, encontrándose envueltos en todas las voluptuosidades, parecen prometer premios a quienes les descubran otras nuevas.

Tiempos en los que, ante el agitprop buenista y la corrección político-cultural, la masa crítica, noqueada por sus enemigos, es incapaz de unificar la batalla cultural e incluso la batalla civil. Tiempos de imitación servil, en los que se premia la culpa y los engaños, y se escarnece el mérito; en los que el ofendido ha de agradecer las ofensas, y en los que se han transformado la mentira y la insania en fuerza de ley.

Tiempos en que algunos ciudadanos, ante la defección de las instituciones y el consiguiente naufragio del Estado, se defienden con la indiferencia; otros con la subvención, y otros más con «un saludable cinismo», argumentando que esta es su última defensa y que, sin fuerzas para alcanzar el lenguaje de la contestación, de la crítica, del contrapoder o de la contracultura, es bueno acogerse al lenguaje de la calle para que al final todo el mundo se ría de todo el mundo.

Pero en la vida pública, sobre todo en graves momentos como los que padecemos, sólo hay dos lenguajes: el de la libertad y el de la esclavitud. Y resulta penoso comprobar cómo muchos intelectuales, acogiéndose a la excusa del humor y a la sintaxis de la ironía, se hacen esclavos, no sólo del poder, sino, peor aún, de su propia flaqueza.

El Estado producto de las izquierdas resentidas y de sus cómplices no es irónico, sino soberbio y jactancioso, audaz en su objetivo totalitario, y a los peatones que sufragan sus abusos no les puede ni debe complacer ese lenguaje o comportamiento de insolencia oligárquica, porque acompañándose en la escena con ellos, actuando conjuntamente y consintiendo, sólo puede salir un drama grotesco, y a menudo también sangriento.

La gran crisis moral y religiosa que padecemos, engendrada en parte por el materialismo ateo que sacudió a Europa a finales del XIX, ha probado que los antiguos ideales y las antiguas concepciones existenciales no corresponden ya a la realidad occidental. Y si en estos tiempos no hay pensamiento ni obra excelentes que no sean una excepción, se necesitan una concepción de la vida y un ideal artístico que contengan los suficientes y renovados valores absolutos para durar indefinidamente.

Duración indefinida que, en la práctica, dado el fluir cada vez más rápido de los acontecimientos, dado también que nuestras acciones y pasiones son, por su misma esencia, pasajeras, englobará tan sólo cuatro, cinco o seis generaciones. Pero ello no es óbice para que procuremos el reencuentro con el ideal clásico, el ensueño de la cordial existencia, de una aspiración duradera elevada por encima de los azares de la realidad transitoria.

Porque esta cualidad de permanencia, presente siempre en las mejores obras de la Antigüedad, es la esencia misma de lo «clásico», de lo «humano», y representativa del libre albedrío que nos dignifica y significa. Estos son tiempos en los que se precisa rehacer la imagen del mundo, aproximarse, hasta aprehenderlo, al modelo individual. Interiorizarnos, retornar al ideal platónico que planea por encima de nuestras mejores aspiraciones y prestigios.

Tiempos idóneos para incitar a la posesión de una extensa cultura individual y colectiva, trabajar en favor del modelo que ofrecen las cualidades de conciudadanos laboriosos, deseosos de saber, y en espera de los grandes innovadores, los conquistadores en el dominio del espíritu, que hacen su aparición cuando los valores en vigor no responden ya a las necesidades de la época, cuando las fórmulas establecidas no pueden ya expresar lo que hay necesidad de decir.

¿Utopía? Sigamos luchando por lo imposible para conseguir lo suficiente.