El telediario empieza mostrando las imágenes de una terraza con varias personas sentadas a la mesa con sus correspondientes mascarillas brindando con unas copas de cerveza. La voz en off de la presentadora, con un claro tono eufórico, afirma de manera contundente “¡Vuelve el ocio, vuelve la alegría! Los madrileños inundan las terrazas con cañas y tapas. Madrid disfruta otra vez.

Según el mensaje de la línea editorial, hoy ya somos felices nuevamente de la noche a la mañana y aquí no pasó nada. Recogen el testimonio de algún afortunado que encuentra un sitio en ese 10% de los bares que disponen de sus mesas al aire libre con un aforo limitado a lo sumo con la mitad de sus mesas. Este agraciado afirma visiblemente conmovido “He llorado de emoción. Esto es inolvidable”. El 90% de establecimientos restantes permanece cerrado.

Sigue el telediario mostrando a cívicos ciudadanos hablando acerca de lo maravilloso que es charlar con los colegas detrás de una mascarilla de quita y pon mal colocada, mientras le sirven un café con leche para el desayuno cronometrado. El sufrido hostelero explica las dificultades para que los eventuales parroquianos respeten la distancia de seguridad y no se produzca ninguna trifulca cuando se libere una de las tres mesas que posee. El interior del establecimiento, y mucho más la barra del mismo, están vetados.

Pasamos ahora a ver la situación en las playas. Absolutamente atestadas de bañistas. Todo es felicidad. Eso sí, las autoridades nos dicen que podemos ya ir reservando los sitios para las vacaciones en ciernes y que La Liga esta a días de regresar.

Seguimos con las afortunados que disponen de segunda residencia en la provincia y de su traslado para regar las plantas y revisar las cañerías. Luego el anuncio de la renta mínima que ya está a punto para todo mayor de 23 años y que no posea propiedad. El tono alegre y el rostro sonriente del periodista que anuncia la buena nueva me golpea como una bofetada. Sé que lo que vi hasta ese momento no ha sido lo peor ni más grave. Apago el televisor.

Hablo con mi amigo Roberto, un hombre honrado, trabajador, padre y esposo que no tiene trabajo a pesar de su formación y experiencia, y me dijo “Cómo me gustaría a mí también aportar a la economía tomándome algo por ahí. Ni ganas me quedan.” A su edad y con lo que se viene por delante, mal lo veo, ni siquiera tiene derecho a esa prometida renta mínima, ya que está pagando una hipoteca de un piso de protección oficial y eso lo deja fuera del rimbombante “escudo social” que “no dejará a nadie atrás”. Su mujer autónoma, sin poder trabajar desde marzo, pero pagando la cuota, está en la misma situación. Los ni-nis y demás colectivos similares o afines, tendrán dinero mensualmente sin trabajar, ellos no. Ya no me queda animo ni para animarle.

La cotidianidad se vuelve insoportable. Pasamos del llanto a la risa como de la noche al día. De la oscuridad más aterradora a la luz cegadora sin escalas. Se sabe que la renta mínima prometida, instrumento más que probado y eficaz en Argentina y Venezuela, será utilizada para comprar voluntades políticas y fuerzas de choque contra la disidencia y la oposición.

La Nueva Normalidad que ya tenemos encima cuenta con esas voluntades subsidiadas, serán el ejercito de la opinión encuestada por el CIS que sería sin duda la envidia del antiguo partido comunista búlgaro.

El virus prácticamente ya pasó según la línea editorial única impuesta. Eso hoy, mañana quién sabe. Todas las portadas de los periódicos en papel de España, sí todas, llevaron este lunes en primera página “#SALIMOS MÁS FUERTES” y el logo del Gobierno de España y Ministerio de Sanidad. Ahora se viene el calor, el veranito, la playita, pescaito y las gambitas. Es lo que toca.

Mientras tanto, muchos como mi amigo Roberto le dan vueltas a la cabeza para saber de qué lado del escudo social del marquesado de la tortuga ha quedado. Hablaré con él para recordarle que los galápagos no dejan de ser reptiles. Y de lo insoportablemente leve, absurdo e inmoral que es nuestra realidad.