En marcado contraste con Napoleón, Hitler o Stalin los americanos no aumentaron su territorio ni impusieron su voluntad sobre los pueblos que invadieron. Los invadieron para liberarlos.
Durante más de un siglo los Estados Unidos han sido poseedores de la maquinaria militar más mortífera en la historia de la humanidad. Woodrow Wilson en la Primera Guerra Mundial y Franklin Delano Roosevelt en la segunda, pusieron ese poderío militar al servicio de la libertad. Sin los soldados, las armas y los dólares americanos Europa podría estar hoy bajo el yugo del totalitarismo. En marcado contraste con Napoleón, Hitler o Stalin los americanos no aumentaron su territorio ni impusieron su voluntad sobre los pueblos que invadieron. Los invadieron para liberarlos. Además, pusieron miles de muertos a cambio de nada y, no contentos con ello, financiaron la reconstrucción de quienes muy pronto serían sus competidores.
George Marshall, con su plan de desarrollo europeo y Douglas MacArthur, con su reorganización política y económica de Japón crearon el mundo multipolar que ha preservado la paz mundial durante más de setenta años. Algo inaudito en cualquier potencia mundial triunfadora en un conflicto armado. Y no venga ningún "sabihondo" a decirme que en esos setenta años ha habido rebeliones o revoluciones en el Medio Oriente, África o América Latina. Esos han sido conflictos armados limitados en participantes y territorio que no han afectado a la totalidad de los habitantes del globo como lo hicieron las dos guerras mundiales.
Por eso resulta tan perturbador el estado de deterioro organizativo y moral en que se encuentran en este momento las fuerzas armadas de los Estados Unidos. Tenemos, por ejemplo, un General Mark Milley , Jefe del Estado Mayor Conjunto, que dice abochornase de su "privilegio blanco", un Lloyd J. Austin III, Secretario de Defensa, que se propone purgar de conservadores a las fuerzas armadas de los Estados Unidos y un General Kenneth F. McKenzie, Jr., Jefe del Comando Central, que dice que la retirada de Afganistán fue un rotundo éxito logístico. No existe un manicomio lo suficientemente grande como para recluir a estos tres tarados.
Es muy difícil contestarnos la  pregunta de cómo un país que tuvo generales victoriosos y profesionales como Douglas McArthur, Dwight D. Eisenhower y George Patton haya caído en manos de unos oportunistas como Mark Milley, Lloyd J. Austin y Kenneth F. McKenzie. Una posible respuesta sería que los primeros sabían que su labor era proteger la seguridad nacional de los Estados Unidos y defender la libertad de este país y de sus amigos en el mundo. Los segundos utilizan su poder y su notoriedad para beneficiarse a sí mismos y les importa muy poco la seguridad de los Estados Unidos, como lo demuestra el desastre de la fuga en desbandada de Afganistán.
Y ahora entro en lo peor y en la razón de este artículo. A la manera de las fuerzas armadas de la Francia del siglo XIX, estas fuerzas armadas americanas del siglo XXI castigan a quienes se atrevan a señalarles errores o quienes no tengan padrinos para protegerlos contra la discriminación. El  capitán de la artillería francesa, Alfred Dreyfus fue condenado falsamente de pasar secretos militares a los alemanes. Dreyfus fue juzgado por una corte marcial, condenado por traición y sentenciado a cadena perpetua en la Isla del Diablo, en la Guayana Francesa. Dreyfus era un judío sin padrinos pero la pluma privilegiada de Emilio Zola salió en su defensa con su "Yo Acuso" y en 1896 se demostró que Alfred Dreyfus era inocente y que el Mayor Ferdinand Walsin había sido el autor de la traición.
Una situación similar es la que confronta en estos momentos el Teniente Coronel de la Infantería de Marina de los Estados Unidos, Stu Scheller . ¿Qué crimen tan extraordinario cometió este militar honorable para ser encarcelado y mantenido en total asilamiento? Respuesta. Demostrar el fracaso catastrófico de la retirada de Afganistán, en la cual él no tuvo participación alguna.
Mientras tanto, los verdaderos culpables de la muerte de 13 militares americanos, de millares de heridos, del regalo a los talibanes de 80 millones de millones de equipos militares de alta tecnología y del abandono de centenares de americanos y colaboradores afganos a la crueldad primitiva de unos descendientes de Atila no han sido castigados. Al contrario, Mark Milley, Lloyd J. Austin y Kenneth F. McKenzie han sido exaltados y recompensados, no por sus aciertos militares sino por su incondicionalidad ideológica a esta izquierda fanática que está destruyendo al país.
En las declaraciones que le costaron el castigo, Stuart P. Scheller se preguntó: "No estoy diciendo que debemos quedarnos en Afganistán para siempre, lo que estoy diciendo es ¿alguno de ustedes puso sus galones sobre la mesa y dijo' es una mala idea evacuar el aeropuerto y la base de Bagram antes de evacuar a todos los civiles?" Sus superiores reaccionaron inmediatamente a las declaraciones. Ellos no pidieron perdón por el desastre y mucho menos dieron explicaciones. Castigaron a Scheller. Lo relevaron del mando y le ordenaron que se callara la boca.
Pero es más difícil callar a un hombre justo que ponerle un collar a un tigre enfurecido. Scheller no se calló sino les subió la parada diciendo: "Para confirmar mi posición sobre la hecatombe de Afganistán, yo exigí responsabilidad de nuestros líderes de alto rango, dije entonces y repito ahora que comprendo que arriesgo mi mando como Jefe de Batallón, mi retiro y la estabilidad de mi familia."  
La respuesta de los altos mandos militares fue ordenar a Stu Scheller que se sometiera a una evaluación sicológica porque solamente un loco se atreve a exigir responsabilidad a sus superiores sobre el desastre de Afganistán. El objetivo de estos miserables es que Scheller admita que está loco y entonces mandarlo a una prisión o a un manicomio. Exactamente el mismo trato dado a sus críticos por los comunistas soviéticos. Según la Sociedad Internacional de Derechos Humanos alrededor de dos millones de personas a lo largo y ancho de la Unión Soviética fueron víctimas del abuso político de la siquiatría.
Por encima de todas estas mentiras y maquinaciones, la realidad es que Stuart P. Scheller es  un hombre honorable y valiente. Es un hombre que ingresó a las fuerzas armadas por las razones correctas, no para ser ascendido o trabajar para una empresa que haga negocios con el Pentágono, sino porque ama a su país y quiere defenderlo. Es un hombre que cree en sus superiores, que no es cínico y que está genuinamente confundido por la negativa de los altos mandos a reconocer sus errores.
Pero, en todo esto, hay algo que me provoca una furia de proporciones galácticas y es el silencio de todos esos políticos que todos los días hacen alardes de patriotas. Ni uno solo ha salido en defensa de Scheller. ¿Dónde están los republicanos que hablan todo el tiempo de leyes justas, seguridad ciudadana y respeto de los  adversarios en la comunidad internacional? Hablan para escucharse a sí mismos pero no dan un paso cuando presienten peligro. Solamente se mueven cuando el paso es en su propio beneficio. Ha tenido que venir la fundación de The Pipe Hitter Organization con la contribución de unos míseros 200,000 dólares. Pero esta es una batalla que será diez veces más costosa.
Y otro motivo para la furia son las declaraciones ante el  Congreso de estos generales de exhibición. En dichas declaraciones presentaron como un éxito la retirada de Afganistán. Pero esa retirada nunca será un éxito para las familias de los 13 militares muertos. Al contrario, deja un vacío que jamás será llenado y la nación tiene con ellos una inmensa deuda de gratitud que no puede ser pagada con moneda alguna. Y esta persecución de Stuart P. Scheller  es una canallada que no se puede tolerar. Si la toleramos, nos arriesgaríamos a correr su misma suerte el día que menos lo esperemos.