Jorge Álvarez Palomino está realizando actualmente su doctorado en Historia en la Universidad CEU San Pablo. Se graduó en Historia con Premio Extraordinario de Fin de Carrera y tiene un Máster de Política Internacional por la Universidad Complutense de Madrid y un Master in History of International Relations por la London School of Economics. Es además Secretario de Aportes, revista de Historia Contemporánea de España, y colaborador habitual en El Toro TV y desde hoy, colaborador de El Correo de España.

¿Cree usted también, como muchos apuntan, que la política de la España actual presenta un fuerte paralelismo con la España de 1936, del Frente Popular?

Sí, sin duda creo que hay similitudes. En algunos puntos llegan a ser incluso inquietantes, porque si uno echa un vistazo a la prensa española de febrero de 1936 podría perfectamente confundir los titulares con los de cualquier periódico actual. Tenemos un gobierno encabezado por un mayoritario PSOE pero cuyas tendencias hacia el comunismo de sus socios menores y parte de su militancia radical son manifiestas; una Generalitat de ERC encarcelada por proclamar ilegalmente la independencia de Cataluña a la que los socialistas ofrecen la amnistía a cambio de apoyo político; intentos de legislar para expulsar a la Iglesia de la educación y el ámbito público… Es cierto que también podríamos enumerar muchísimas diferencias entre aquel momento y el presente, porque la sociedad ha cambiado mucho en los últimos 84 años, pero lo que me parece importante es ver como la izquierda está andando un camino muy similar, aunque a paso más lento esta vez.

¿No podría existir también un paralelismo con la situación previa al golpe del general Primo de Rivera, en 1923, con una Monarquía cuestionada por un gobierno de izquierdas, una ofensiva separatista en Cataluña y la amenaza de la izquierda radical?

También existen muchas coincidencias, porque los problemas que llevaron a la guerra civil estaban ya presentes en 1923 y la dictadura de Primo de Rivera solo pudo posponerlos. La nota política más importante de 1923, sin embargo, era el enorme descrédito de los partidos políticos dinásticos —el Partido Liberal y el Partido Conservador— en la sociedad española. Ambos se habían convertido en unas estructuras de poder vacías de contenido y desconectadas de la realidad de la población, mientras a la izquierda se conforma con cada vez más fuerza un movimiento obrero antisistema. La crítica a la monarquía venía principalmente de fuerzas que estaban fuera del gobierno.

En este sentido, quizá el momento puede recordarnos más a la España de hace unos años, cuando PP y PSOE parecían hundirse y Podemos estaba en auge. Aunque tanto en 1923 como en 1931 había una violencia callejera importante. En 1923 la falta de implicación de la mayoría de la ciudadanía en la política oficial hizo que la crispación social fuese menor y permitió que el golpe de estado militar fuese recibido de forma incruenta, incluso celebrada. El propio PSOE se prestó a colaborar con Primo de Rivera. El reverso tenebroso de la democratización que trajo la II República fue que el enfrentamiento social se hizo mucho mayor y se extendió a toda la población, de forma que en 1936 España estaba irremediablemente dividida en dos bloques entre los cuales no podía haber cooperación.

Quizá una diferencia pudiera ser que el PSOE de aquella época o una parte de él, estaba decidido a implantar un régimen comunista, mientras que hoy su auténtica ideología es el NOM, el globalismo y el marxismo cultural. ¿Es así?

Un cambio enorme entre la situación de la Europa de los años treinta y la actual es la transformación del discurso de la izquierda. En la Europa de entreguerras el objetivo manifiesto de todas las fuerzas obreras, siendo la principal en España el PSOE, era conseguir la revolución proletaria y había un modelo muy presente en la URSS. El fracaso estrepitoso del comunismo soviético y su humillante defunción en 1989 ha obligado a la izquierda a abandonar el camino de la revolución abierta y optar en su lugar por la transformación gradual de la sociedad, desde dentro del propio sistema, que es lo que llamamos marxismo cultural. Para algunos, tanto entre la extrema izquierda como la derecha, este cambio supuso la traición de la izquierda a la lucha de clase y su sometimiento al gran capital internacional. Yo creo que es un error considerar que el PSOE, como sus homólogos socialdemócratas, han dejado de ser revolucionarios, porque aunque ya no usen la parte más violenta del lenguaje revolucionario, su ideología sigue siendo puramente marxista.

Siguen hablando en términos de oprimidos y opresores, incorporando a toda una nueva ristra de víctimas como las mujeres, los homosexuales o los inmigrantes; siguen atacando todo lo privado e intentando afianzar el monopolio gubernamental; siguen viviendo de dividir a la sociedad entre ricos y pobres, de estigmatizar a los empresarios y propietarios… La obsesión igualitaria por erradicar a golpe de intervencionismo estatal toda diferencia está en el fondo de todas las políticas que llevan a cabo. No digo que los dirigentes socialistas actuales sean bolcheviques encubiertos, la mayoría de ellos son demasiado ricos y se benefician demasiado del capitalismo como para serlo, pero sí creo que como el discurso marxista sigue siendo electoralmente rentable para soliviantar a las masas, necesitan fomentarlo cada vez más. La revolución a cámara lenta que estamos viviendo desde 1978 es mucho más peligrosa que una revolución comunista al estilo de 1917, porque ocurre tan gradualmente que no genera una contrarrevolución.

Otra diferencia es que hoy en día no parece probable un alzamiento militar, aún cuando buena parte del país, posiblemente estaría dispuesto a apoyarlo.

Sí, uno de los cambios más grandes que se han dado en España ha sido la desaparición del Ejército como un factor político. De todos modos, hay que recordar que históricamente el Ejército solo invade el terreno político en momentos de caos y debilidad institucional, cuando el poder político se deslegitima a ojos de la población, mientras que en las etapas de estabilidad los militares se han mantenido siempre circunscritos a su ámbito. Así, por ejemplo, el intervencionismo militar fue inexistente en España durante el siglo XVIII o durante la primera etapa de la Restauración canovista, mientras que domina la escena en momentos donde las instituciones carecen de la confianza de los españoles, como el reinado de Isabel II, la crisis de Alfonso XIII o las dos Repúblicas.

¿Considera usted que es cierto el argumento que se ha usado tantas veces, de que hoy en día no sería posible una Guerra Civil porque el desarrollo económico y el bienestar, alcanzados por cierto, gracias a Franco, hacen que nadie esté dispuesto a luchar?

Lo comparto en gran medida, porque es verdad que históricamente las clases medias robustas son una garantía de paz y la España de Franco creó una sólida clase media hasta entonces inexistente. La conflictividad social de hoy, por más que la izquierda intente azuzarla, no se parece ni remotamente a la violencia revolucionaria de los jornaleros españoles de la República, porque los niveles de pobreza que había en algunos sectores de la población española en 1936 están completamente superados. Pero si la prosperidad es un freno a la guerra, es un freno endeble y, por desgracia, la doble crisis económica que hemos sufrido en esta generación, primero en 2008 y ahora con el COVID-19, parece estar destruyendo esa clase media. Y la gestión económica de este gobierno solo acelera el proceso. Tenemos que ser cautos también con pensar en la guerra como algo inconcebible: en 1936, España llevaba sesenta años sin una guerra civil y muchos españoles no se consideraban dispuestos a luchar, pero una vez estalla el conflicto, la mayoría de la gente se ve arrastrada a él quiera o no.

¿Piensa usted que la caída de la Monarquía es cuestión de tiempo, con este PSOE?. Lo cierto es que Sánchez, al menos en teoría aún apoya a la Corona y no se ha atrevido a plantear la República, usando los escándalos de Don Juan Carlos, como quería hacer Podemos.

Creo que el Rey es ahora mismo un rehén del gobierno, que utiliza su figura a conveniencia para sacar rédito político. La actitud del PSOE dependerá de sus cálculos electorales, según quiera reforzar una imagen institucional de moderación o colgarse la medalla de izquierdista para contentar a Podemos y el separatismo. Estamos viendo ahora mismo la mayor ofensiva contra la Corona de la historia reciente, con ataques directos al Rey que vienen de los socios de gobierno del PSOE y, desde luego, si Sánchez tiene que elegir entre la lealtad al Rey o seguir en la Moncloa, está claro qué escogerá. No creo que la Monarquía vaya a caer próximamente, pero sí que es cuestión de tiempo que lo haga si la izquierda continúa por el camino que lleva. Al PSOE, especialmente a sus barones regionales, quizá no le conviene ahora plantear la República por miedo a perder a un electorado mayor que aceptó gustosamente la Monarquía en 1978. Pero no hay más que ver el beligerante republicanismo de Podemos, que tiene un voto más joven, o incluso de las propias Juventudes Socialistas, para entrever que a la izquierda monárquica le quedan pocos años de vida.

Este PSOE de Sánchez parece a veces más heredero de los republicanos federales de la I República, que del propio PSOE de la II República, ¿no cree?

Creo que es una similitud más aparente que real. El PSOE ha redescubierto recientemente la palabra “federalismo” y la emplea como una fórmula mágica que solucionará todos los problemas que ha causado el agotamiento del desastroso Estado de las Autonomías. Realmente lo que propone el PSOE cuando habla de federalismo es sencillamente llevar aun más lejos la cesión de competencias a las Autonomías en un intento de contentar a los separatistas y mantener así la tendencia centrífuga que ha tenido España desde la Transición. Aquí está la diferencia fundamental con el republicanismo federal de, por ejemplo, Pi i Margall. Los federalistas de 1870 querían constituir muchos pequeños Estados autónomos dentro una sola nación española. Los socialistas de ahora en cambio pretenden constituir muchas naciones autónomas dentro un solo Estado español. Para los republicanos del siglo XIX la descentralización era una cuestión ideológica vinculada con la idea de democratizar España. Para los socialistas del siglo XXI la descentralización es una maniobra pragmática para ganarse los apoyos de las fuerzas separatistas, porque siguen creyendo ingenuamente que a costa de ceder competencias podrán en algún momento saciar al independentismo. En este sentido, el gobierno de Sánchez me recuerda mucho más al PSOE de la II República que pactó sistemáticamente con ERC y el PNV la descomposición de España a cambio de poder alcanzar el poder.

Desde luego el PSOE de Sánchez parece no tener nada que ver o poco que ver, con el de Felipe González. hasta el punto que parecen dos partidos distintos, ¿no le parece?

En esto tengo que disentir. Se ha creado últimamente una imagen del PSOE de Felipe González muy positiva entre la derecha, como un partido de Estado, sensato y comprometido con la reconciliación. Esto se ha hecho básicamente para contraponerlo al PSOE actual, considerado mucho más radical, y señalar cómo Zapatero y Sánchez han roto los consensos de la Transición. Creo que el PSOE siempre ha sido lo mismo, un partido oportunista, carente de todo sentido del deber hacia España y empeñado en aferrarse al poder por cualquier medio. En los años 30 lo hicieron por la vía violenta, intentando un golpe de Estado en 1934, falsificando las elecciones en 1936 y asesinando después a todos sus oponentes. Tras la muerte de Franco, se permitió al PSOE volver a la escena política a pesar de sus crímenes para debilitar al Partido Comunista. En esas circunstancias, Felipe González tuvo que aceptar los consensos de la Transición y ofrecer un programa moderado porque se sabía débil y tuvo que aceptar lo que le ofrecía la derecha post franquista. Sin embargo, creo que nunca hubo un compromiso sincero. Si Zapatero fue más lejos que González y Sánchez está yendo más lejos que Zapatero no es porque haya habido un giro radical en el partido, es sencillamente porque la tendencia natural del PSOE es a la radicalización. Como decía en una pregunta anterior, esto no quiere decir que González tuviese planeado en secreto desmantelar la Transición, de hecho hoy, convertido en un rico capitalista, se siente mucho más cómodo entre la derecha liberal que con sus correligionarios. En todos los movimientos revolucionarios ocurre siempre que cada generación nueva hace parecer reaccionaria a la anterior, aunque no podría haber existido sin ella. En este sentido, Sánchez es el heredero natural del PSOE del felipismo y me temo que en 30 años veremos a los socialistas y pensaremos que Sánchez era un hombre de Estado, sensato y comprometido con la reconciliación.

¿Cree usted que la izquierda en España podría vivir electoralmente o quizá lo haga ya, básicamente con los votos de los ciudadanos españoles, de origen extranjero e inmigrante?

En España ese escenario creo que está lejos de llegar porque la población inmigrante es todavía pequeña en comparación con otros países como Francia y además, buena parte es en gran medida apolítica y apenas vota. Sin duda, conforme aumente su número y su arraigo, se convertirán en un objetivo electoral muy rentable para la izquierda, sobre todo porque suponen una nueva clase trabajadora empobrecida y dependiente de subsidios estatales. En este sentido, la inmigración permite a la izquierda reemplazar los votos perdidos de entre la clase trabajadora nacional que cada vez se siente menos atraída por sus programas políticos y se está pasando en masa a nuevos partidos de la llamada “derecha populista”. Creo que el futuro de la izquierda está seguramente en el modelo del Partido Demócrata estadounidense, que aglutina el voto de las élites blancas, formadas en universidades progresistas, por un lado y por otro el de los inmigrantes más pobres, mientras que la clase media y media-baja nacional vota republicano.

¿Cómo valora su incorporación a El Correo de España?

Me incorporo a El Correo de España con esta colaboración que espero sea la primera de una larga lista. Me siento enormemente honrado por la oportunidad de poder compartir cabecera con algunas de las firmas a las que siempre he leído con admiración, para poder seguir así cumpliendo como nos decía Donoso Cortes "aquel imperioso deber a que vivimos sujetos de proclamar la verdad en cualesquiera circunstancias".