Es sabido que en todas las compañías hay más necios que sensatos y la mayor parte domina siempre a la mejor. Y que mientras el camino de la maldad es próximo, llano y atrayente, delante de la virtud los dioses inmortales pusieron el sudor e hicieron largo, áspero y empinado el sendero que lleva a ella. Quiero decir que ante el abuso de la maldad, ante su poder impune, continuamente renovado, muchos espíritus se cansan de la existencia y padecen la tentación de arrojar la toalla.

 

Parafraseando a Khalil Gibran no moverían un dedo para extinguir un mundo ni para crear otro. Ni continuarían viviendo si pudieran morir, pues el peso de las edades está sobre ellos. Se desvanecerían como un sol consumido y no existirían más, desapareciendo de la memoria del tiempo, en el vacío de la existencia.

 

Pero como es en vano negarse a existir, estos espíritus desengañados vuelven como el ave fénix con fuerzas renovadas, aceptando progresar por el camino más difícil al ritmo de las estaciones, soportando con abnegación la majestad de los años, sembrando la semilla y esperando su brote a través de la tierra. Alzando al ser humano de su secreta oscuridad, dándole sed de vida y llenando sus noches con sueños de días más libres y gloriosos.

 

Nacemos y morimos inexorablemente; existe, pues, un verdugo escondido que solemos llamar la ley de la naturaleza, a quien está encomendada la tarea de matar. Mas, a veces, quienes acceden al gobierno del mundo se arrogan un derecho que no les corresponde y deciden disponer arbitrariamente de la vida de la gente, como ocurre ahora con la llamada pandemia del Covid-19 -o con la ley del aborto-, y en el colmo de su despotismo y su descaro pretenden ordenar el mundo exterminando a sus semejantes en nombre del bien común.

 

Nos están secuestrando y matando, pero ¿qué dice mientras tanto la prensa canalla? Lo que le manden. ¿Y el pueblo, qué dice el pueblo soberano? Nada. Ve la televisión. «La vida -escribió Máximo Gorki- no será ni justa ni bella mientras los amos estén pervertidos por su poder y los esclavos por su servidumbre… La vida estará llena de espanto y crueldad hasta que los hombres comprendan que es igualmente malo y vergonzoso ser esclavo o ser amo».

 

Toda naturaleza despótica que se precie, no dejará pasar cualquier catástrofe, cualquier epidemia, cualquier calamidad terrena sin aprovecharse de ellas para introducir o intensificar el miedo en la población y, luego, con el pueblo bien estremecido de pánico, dárselas de protector y magnánimo. De ese modo combina lo más aterrador con lo más generoso, algo que en la comedia de la vida los tiranos no han dejado nunca de representar y rentabilizar.

 

Y aquí entra en juego la hipocresía social, siempre tan miserable, que si bien no engaña a nadie que tenga un poquito de seso, sí que posee la valiosa ventaja de alimentar el mundo de los necios y de los siervos. A través de ella pueden escandalizarse de los actos de su prójimo, entreteniéndose en comentar las vicisitudes, pasiones y frivolidades de los otros, sin entrar en profundidades que ni quieren ni son capaces de entender en toda su extensión.

 

Para que la delincuencia sea posible es preciso que en el mundo exista la hipocresía y la servidumbre moral. Cuando el abuso del gobernante es más ostensible y se vuelve despótico es cuando en el ejercicio de su poder experimenta el placer de desafiar a la opinión, consciente de su impunidad. En ese grado de perversión, los cabecillas descubren una voluptuosidad exquisita en provocar, en infringir y en jactarse de las opiniones y de los actos que hasta a ellos mismos les parecen justos y razonables.

 

El colmo de la transgresión voluptuosa lo lleva a cabo la adolescente y dulce princesa que, tomando un helado con delectación al atardecer de un día muy caluroso, exclama: «¡Qué lástima que no sea pecado!». Este sentimiento conforma, a mi parecer, la base del carácter de todo aquél dispuesto a desafiar las normas con ausencia de finalidad moral.

 

Pero una cosa es el infractor creyente, que desafía al cielo consciente de que el cielo puede reducirlo a cenizas al instante, que peca con pasión y con la misma pasión pide perdón a Dios, y otra distinta el infractor ateo que, en su audacia y ambición ilimitadas, se burla de todo código de valores y de todo lo respetable, que comete sus crímenes ostentando su fanfarronería, con desprecio no sólo de los seres humanos, sino sobre todo de Dios.

 

La religión cristiana enseñó a la humanidad que un pobre esclavo tiene un alma de idéntica virtud que la del propio césar. Por eso el verdadero déspota atacará siempre a Cristo y lo que su figura simboliza; a la Cruz, por ejemplo.

 

Nuestros actuales gobernantes, todos ellos impostores, no piensan en los ciudadanos sino para imponer y realzar su superioridad sobre ellos, manipularlos para sus fines, humillarlos y odiarlos. No encuentran nunca placer en las simpatías nobles, en las ensoñaciones e ilusiones desinteresadas o en los proyectos solidarios. Lo que ellos necesitan sobremanera son unos placeres que sean triunfos, mejor aún, saqueos, y que tras el dominio puedan exponer en lo alto de la pica la cabeza sangrante del adversario y la cuerda de esclavizados, y mostrar a su alrededor todos sus predios calcinados.

 

Venganzas, botines, invasiones que sean innegables, atronadoras, convenientes a la consecución de sus designios de culminación y de dominio absolutos. Eso es lo que ansían los grandes codiciosos. Porque constituyen figuras patológicas, más cerca de lo horrible que de lo curioso. Retratos que han dejado su impronta contrahecha en la historia de la infamia, asombrando a los lectores, sorprendiendo a los incrédulos y a los ingenuos. Mentes sin conciencia, rostros que carecen del mínimo atenuante para sus hipotéticos abogados defensores.

 

Lo terrible del asunto es el lastimoso papel que muchos de sus contemporáneos han representado y representan por su mediación, acomodándose a sus iniquidades y, con ello, calmando su resentimiento y exponiendo a sus coetáneos de alma libre a la malevolencia y crudeza de esos ídolos a los que los siervos ofrecen hecatombes. Ídolos cruentos a los que eligen y reeligen, alentando con ello los excesos de sus crímenes e impidiendo su condena y reclusión, convencidos de que deben eternizarse en su destino salvaje y vengador, en su odio sanguinario.