Dicen los medios oficiales que este coronavirus, que está asolando la economía mundial y que es tan peligroso para los enfermos mayores de 95 años, se originó en el mercado chino de Wuhan, una mezcla de granja, estercolero y mercado distribuidor de animales asquerosillos para el consumo humano. Hemos visto por televisión los puestos chinos repletos de serpientes, iguanas, saltamontes, murciélagos y, en general, todos los bichos y alimañas que se supone abarrotan las despensas de las cocinas del infierno y que, según cuentan los historiadores y antropólogos, son los principales ingredientes que usan las brujas para hacer guisos alucinantes, en el sentido estricto de la palabra. Pero yo no me lo creo. Las autoridades chinas acaban de descubrir a una familia de cuatro miembros que llevaba escondida dos meses en el citado mercado y no tiene síntomas del virus, y eso que han debido estar todo este tiempo alimentándose de culebras, ratas y cucarachas, las cuales -éstas últimas- fritas en aceite de soja mitigan el dolor de cabeza. ¿Cuál puede ser entonces el foco de este virus?... el famoso laboratorio del instituto virológico de Wuhan. Podría haberse aislado de algún animal en sus instalaciones para su estudio, haber mutado al ser manipulado y haberse escapado de allí aprovechando cualquier descuido, pues estos agentes patógenos se cuelan en cualquier poro o resquicio que encuentran, ansiosos de crecer y multiplicarse para cumplir ese mandato bíblico dado a todos los seres vivos y a todas las plagas. Y mi convencimiento de que ninguna clase de guarrerías comestibles puede provocar estos virus tan nocivos sino que debe de tratarse de intervenciones biotecnológicas humanas no deriva de esas teorías conspiranoicas tan en boga hoy día sino de mi propia experiencia. ¿De mi propia experiencia? Sí; de mi propia experiencia. Verán. Transcurrían aquellos dichosos años setenta, en aquella España tranquila, pacífica y próspera aunque todavía en vías de desarrollo cuando un servidor de ustedes estudiaba en el Instituto Ramiro de Maeztu y se quedaba a comer en el referido centro. Pero… ¿se podría decir que aquello que se servía era comida?. No podría definirse lo que aquello era, pero sí que ingerirla era practicar un sacrificio que aseguraba a los comensales una estancia muy corta y leve en el purgatorio una vez que, llegada su hora, tuvieran que rendir su vida ante el Altísimo y comparecer ante su inapelable juicio. Porque era francamente mala. Solo un compañero de mi clase se la comía tranquilamente sin mostrar ningún esfuerzo en hacerlo; pero este hecho asombroso tenía una explicación que no tenía reparos en confesar rotunda y claramente a quien le inquiría al respecto. Se limitaba a contestar: “mi madre cocina peor”.

Y después de haber pasado por aquel comedor terrorífico y haber probado –tan solo probado- todos sus guisos y mejunjes mi cuerpo se fortaleció de tal manera que ahora tengo un estómago a prueba de balas del calibre 22, y eso me hace estar absolutamente seguro de que, siendo la comida ingerida por los chinos del mercado de Wuhan de calidad necesariamente muy superior a la de los alimentos que se servían en el comedor de mi Instituto, no es posible encontrar el epicentro del virus en aquel mercado.

Y usted, Sr. Sánchez… ¿qué hace que no encarga la fabricación en masa de mascarillas, guantes o uniformes completos para distribuirlos a la población? Si lo que se limita a hacer es prohibir las concentraciones de personas en lugares públicos y a aislar a la gente en sus casas, no va a conseguir que el virus deje de cumplir su función natural de procrearse parasitando nuestras células; lo que va a conseguir es que todos los españoles nos arruinemos y nos muramos de hambre. Claro que, bien mirado, a usted lo que le interesa es paralizar el país por completo, prohibir todos los eventos, concentraciones y reuniones y así, un buen día, decir que quedan suspendidas las elecciones, las reuniones de las cámaras y hasta las del Consejo de Ministros, por lo que se limitará a gobernar por decreto desde un cómodo sillón de su casa, hasta que le llame para rendir cuentas, si no el Altísimo, al menos el Malísimo, que le estará esperando con los brazos abiertos.

Y aquí termino con un poema que es ondulantemente esclarecedor, para que mediten sobre el mismo y adopten todas las cautelas que estimen oportunas.

El virus

Hoy se suspenden las fallas

y mañana las paellas:

El virus nos hace astillas

y vacía nuestras ollas

cuando hace de las suyas.

De nada sirve que hullas

ni que te apliques ampollas

por medio de jeringuillas:

irá siguiendo tus huellas,

te alcanzará donde vayas,

a los montes o a las playas,

aunque te marches a aquellas

que anuncian en las Antillas

con tu dinero y tus joyas.

Por mucho que te escabullas,

en silencio o entre bullas,

verás cómo desarrollas

un virus que no hay pastillas

que, raudas como centellas,

le venzan en sus batallas.