Frente a la opción benedictina o a la opción laica de los católicos liberal-conservadores, el poeta y ensayista Andrés García-Carro, y el historiador y articulista César León de Castro nos ofrecen en un debate para el canal Pura Virtud: Cine y Literatura con motivo de la retirada del monumento carlista en Montserrat. En dicha tertulia aparecerán algunas de sus reflexiones políticas y convicciones religiosas más profundas para brindar varias claves esenciales de lo que podríamos llamar una "opción católica", esto es, una concepción tradicional de la política que, en el carlismo en un caso, y desde una postura cercana al falangismo, en otro, abren la discusión a nuevas reflexiones. Dos posturas críticas frente al liberalismo y a alternativas políticas de nuevo cuño.

Andrés García Carro en su artículo “Reflexiones políticas y religiosas” escribe: "La conocida como “opción benedictina”, consistente en que los católicos organicemos nuestra vida en pequeñas comunidades de correligionarios, aislados de la realidad anticristiana predominante en el mundo actual, no me parece una buena opción. Y no me parece buena porque no me parece católica. ¿Dónde queda, en tal opción, nuestra misión apostólica de predicar el Evangelio? Como siempre se ha dicho, debemos estar en este mundo sin ser de este mundo; pero debemos estar activamente, notoriamente, militantemente, procurando en todo momento dejar huella de nuestra catolicidad e ir ganando terreno en todos los ámbitos en los que nos movamos (político, social, familiar, cultural, artístico, etc.). Replegarse en guetos no es propio de católicos sino de sectas. Hay dos tipos de modernistas: los que pretenden conciliar la modernidad con la tradición, o sea cuadrar el círculo, y los que directamente dan por superada la tradición y se echan en brazos de la modernidad. Ejemplo del primer tipo es Ratzinger; del segundo, Bergoglio. El primero se ve obligado a hacer unas contorsiones conceptuales imposibles (“hermenéutica de la continuidad”). El segundo, más coherente (coherente en el mal y en el error), puede permitirse hablar con mucho más desparpajo, aunque tampoco se libra de los retorcimientos y dobleces inherentes al discurso modernista. Pretender hacer recaer la responsabilidad de todos los males y desvíos doctrinales de la Iglesia actual sobre las espaldas del Sumo Bergoglio, eximiendo de responsabilidad a sus predecesores vaticanosegundistas o atenuando la responsabilidad de éstos, es un juego perverso con el que hay que acabar. No, la responsabilidad ‒o culpa, si se prefiere‒ no es sólo de Bergoglio, ni siquiera la responsabilidad principal. Bergoglio no es más que un continuador, más acelerado o descarado, pero continuador al fin y al cabo, de la línea maestra que sus predecesores, desde Juan XXIII hasta Benedicto XVI, le dejaron trazada. ¿O vamos a olvidar, por sólo poner un par de ejemplos y de paso mencionar a otro de los Papas postconciliares, la reunión “ecuménica” de Asís oficiada por Juan Pablo II, en la que rezó sacrílegamente con herejes de las pseudorreligiones, o su impío beso al Corán? Digamos las cosas con toda claridad. Hubo un Concilio, el Vaticano II, que rompió con la Tradición sembrando semillas heréticas en su afán de apertura al mundo y de unidad con los “hermanos separados” protestantes, y hubo un hombre, un santo varón, un obispo, Monseñor Lefebvre, que se opuso firmemente a todo ello en defensa de la Santa Tradición, al precio de ser injustamente excomulgado. Un hombre, un santo varón, un obispo, Monseñor Lefebvre, que nos dejó como legado, Deo gratias, la Fraternidad Sacerdotal San Pío X, que a día de hoy es el auténtico baluarte o núcleo duro de lo que queda, en puridad, de la Iglesia Católica".

César León de Castro en su artículo "La aporía liberal conservadora" escribe: "Pero, además, el Pp representa otra quimera teórica, que es la de unir los valores liberales a los valores conservadores. Esa quimera ya vemos que fenece en toda Europa. Los partidos liberalconservadores ya han muerto o están en vías de morir en varios países, algunos tan importantes como Francia e Italia, y como todo lo que sucede en la historia, no es ni mucho menos casual. El principio liberal sólo funciona en política cuando el medio económico es boyante, y la llenazón de los bolsillos vuelve filisteas las conciencias. Cuando el ser humano empieza a carecer de seguridad y sus cojines dinerarios decrecen, entonces se demuestra, paradójicamente, que el hombre es todo menos un homo economicus, y vota al que le promete teología en vez de al que le promete, habiendo experimentado su engaño, dinero y buena gestión. Por eso decía uno que al pueblo no le han movido nunca más que los poetas, es decir, los teólogos, y ay de los que no sepan generar, frente a una poesía que destruye, una poesía que fecunde".