Menudo espectáculo. El PSOE llevaba meses cortejando a Ciudadanos para revivir viejos amores, pese a que Ciudadanos estaba comprometido con el PP. Y Ciudadanos no ha podido resistirse a sus encantos. La fidelidad no es el fuerte de los partidos. Ni lealtad a las personas, ni fidelidad a principios y valores. Maquiavelismo puro. Pero no como razón de Estado, sino como instinto de supervivencia. Maniobras desesperadas para dar oxígeno a un partido que, de tanto navegar entre dos aguas, se lo está llevando la corriente. La cosa estalla en Murcia y el terremoto tiene réplicas en Madrid y Castilla y León. Veremos qué sucede en Andalucía.

Pero no juguemos a adivinos. Lo relevante es denunciar que todos estos movimientos, tanto las mociones de censura como las apresuradas convocatorias electorales, nada tienen que ver con el bien común ni con el interés de los españoles. Tan solo con el interés de los partidos y el beneficio personal de sus dirigentes. El día 10 de marzo pasará a la historia de nuestra “joven democracia” -en realidad ya una cuarentona que aparenta muchos más- como día de exaltación de la partitocracia. San Partitocracio, celebraremos a partir de ahora. Ya saben, la partitocracia, como degeneración de la democracia, es ese régimen en el que los intereses de los partidos se anteponen a los de los ciudadanos a los que dicen representar. Los partidos políticos dejan de ser un instrumento de representación para convertirse en un fin en sí mismos. Estructuras de poder, agencias de colocación, dilapidadores de dinero público, conseguidores de contratos, pagadores de favores, ascensores para trepas, escuela de traidores… Eso son los partidos políticos que mantienen secuestrada a la democracia. Y eso es difícil de ocultar pese a la maquinaria propagandística. El 75 % de los españoles desconfía de los partidos políticos, según el Eurobarómetro elaborado por la Comisión Europea.

Los devotos de San Partitocracio denunciarán como peligroso este discurso. Lo tildarán de antipolítico. Dirán que criticar a los partidos es criticar a la democracia. Y criticar a la democracia es pecado, porque la han convertido en una religión. Pero la fe de los españoles en los partidos escasea, y la culpa no es de quienes lo señalamos, sino de los propios partidos que se han hecho acreedores del desprecio de los españoles. Desde el 10 de marzo, más aún.