Mucha agua ha pasado bajo los puentes desde que en enero de 2014 el partido Vox fue presentado a los medios de comunicación. En aquel momento surgía como escisión del Partido Popular, pues los fundadores de la nueva organización procedían mayoritariamente de cuadros liberal-conservadores y recriminaban a Mariano Rajoy una supuesta deriva socialdemócrata en sus políticas públicas. No creo que sen refiriesen al muy generoso obsequio de 60.600 millones de euros por parte de todos los españoles a la banca privada, pues aquella memorable decisión no encaja en los moldes socialdemócratas, sino más bien en el pillaje neoliberal que saquea el Estado en beneficio de la oligarquía. No nos desviemos de lo principal: lo bien cierto es que Santiago Abascal y sus leales se alzaron hace ocho años contra la por ellos llamada “derechita cobarde” y en defensa de los valores tradicionales, la unidad nacional y la libertad económica.

Tras cuatro años de travesía por el desierto extraparlamentario, 2018 proporcionó a Vox un sonado éxito en las elecciones autonómicas andaluzas, donde obtuvo doce actas de diputado: 396.000 votos, el 10,97% del sufragio emitido. Es innecesario recordar el efecto propulsor que aquellos resultados desempeñaron en la trayectoria subsiguiente del partido verde. En cualquier caso, considero penoso que aún permanezca inédito un análisis electoral que se atreva a cuantificar la parte proporcional que en aquel triunfo es atribuible a la estúpida campaña de Susana Díaz -entonces presidenta de la Junta- para amedrentar al electorado con la amenaza del “fascismo” (sic) y que consiguió dar al partido un protagonismo inesperado.

Desde entonces, Vox ha evolucionado. Si en la etapa fundacional vindicaban el legado del “auténtico” PP, condensado y representado por la figura de José María Aznar, hubieron de mudar su mensaje tan pronto como el aludido les manifestó su olímpico desprecio. Su desprecio a la derecha pusilánime del Partido Popular los ha conducido a ocupar en España el espacio de derecha radical, que la izquierda descalifica como “extrema derecha” y mezcla en un grotesco totum revolutum con los escuadristas italianos de camisa negra, el bigote de Hitler y la guardia mora de Franco. La propaganda progre es burda por definición, como -en otro orden de cosas- confusos vienen siendo los intentos de Vox por modular un mensaje fácilmente divulgable y con tirón electoral. El ideario (tal vez más apropiado sería referirnos al imaginario) de los voxistas ha ido completándose con sucesivos agregados que, a criterio de algunos analistas, presenta determinadas inconsistencias. Seleccionaré las tres más llamativas:

  1. Su defensa de la unidad nacional y del patriotismo como virtud cívica se concreta en puntos tan llamativos como endebles: por ejemplo, la derogación del Título VIII de la Constitución. Tal vez encuentren cierto morbo a la pose antisistema, incompatible en todo caso con su cerrada defensa del régimen del 78, pero un partido cuajado de notables juristas no debería proponer lo que técnicamente es irrealizable sin amplísimos consensos que permitan superar la rigidez de los procedimientos de reforma de nuestra norma suprema. Y esos consensos, hoy por hoy, son enteramente inverosímiles; silenciarlo es una forma discreta de mentir.
  2. En línea con lo anterior, asombra la desfachatez con la que dirigentes de Vox doctores en Derecho o abogados del Estado propugnan la ilegalización de los partidos separatistas. Sobradamente conocen que tal propósito contradice abiertamente la reiterada doctrina del Tribunal Constitucional sobre el carácter no militante de nuestra democracia y la primacía del pluralismo ideológico. Demagogia rellena de humo, en definitiva.
  3. Dicen que el roce hace el cariño y Vox, a raíz de sus contactos con otras organizaciones nacionalistas europeas, parece haber descubierto un concepto que ahora usa con profusión: el antiglobalismo. Lamentablemente, aunque lo repitan tercamente como mantra místico, sus dirigentes no llegan a precisar con exactitud qué entienden por globalismo y en qué consiste su negación. Nos dicen que luchan por la soberanía de las naciones, frente a unas “élites” a las que nunca identifican, al tiempo que se desgañitan haciendo profesión de fe en el “vínculo atlántico”, la defensa incondicional de los intereses norteamericanos abanderados por esa banda de la porra llamada OTAN, y la sumisa veneración del Estado de Israel. Todavía más echo en falta precisiones y aclaraciones sobre el antiglobalismo voxista, cuando compruebo que su escueto programa económico equivale a un vademécum liberal avalado por el Fondo Monetario Internacional. Precisamente el liberalismo es la ideología planetaria, el decálogo del globalismo, el credo de las élites; por más defensa de la tauromaquia que pregone Vox y por más volantes con los que se vistan sus candidatas en Andalucía, si alientan el liberalismo seguirán fomentando el aherrojamiento de España a los designios del Foro de Davos.

Dejando al margen las materias programáticas, la estrategia política desarrollada por Vox parece resumirse en un célebre dicho popular: ni contigo ni sin ti tienen mis males remedio. Me refiero, claro es, a la compleja relación entre gaviotas y pistachos que estos últimos ponen de manifiesto mediante el reproche constante a los primeros por su laxitud en materias clave. Para Vox son materias clave las que guardan relación con la ideología de género, la mal llamada memoria histórica y la cohesión nacional. Ha de admitirse que no se sirven de mal criterio, aunque no se trata de un problema de discernimiento sino de voluntad, como se ha evidenciado en cada ocasión que Vox ha alcanzado de convertirse en elemento decisivo en la formación de ejecutivos regionales. En Andalucía en 2018 y en Madrid en 2021, Serrano y Ayuso dependían del beneplácito de Vox para poder superar sus respectivas votaciones de investidura y en ambas ocasiones Vox dejó patente cuáles era sus prioridades: planteó sus exigencias sobre la cancelación de políticas de género y memorialistas, el PP se negó en redondo y Vox cedió. Cedió sin contrapartidas, pues su pánico obsesivo a la supuesta izquierda supera holgadamente cualquier cuestión de principios que acaban siendo orillados en beneficio de una ortodoxa gestión presupuestaria y el incremento del PIB, materias ante la que se muestran muy sensibles todo tipo de liberales, los azules y los verdes. En Castilla y León se repitió el escenario, aunque con ventaja para Vox; en esta ocasión el pistacho García-Gallardo consiguió acceder a la vicepresidencia regional, aunque a cambio de reconocer públicamente que la legislación autonómica de género y la de memoria histórica no eran líneas rojas inexcusables (diario ABC, 21-2-2022).

Vox tiene un problema: a fuerza de mostrar ductilidad y amoldarse a los criterios del Partido Popular, acaba mostrándose como simple apoyo, mero taburete, que permite a los gaviotas alcanzar puestos de gobierno. Es peligroso asumir repetidamente un papel tan escasamente significativo, pues se corre el riesgo -con en las recientes elecciones andaluzas- de quedar reducido a la irrelevancia. Con respecto a las últimas elecciones generales de 2019, Vox ha perdido en Andalucía 376.000 votos y ha descendido de un respaldo del 20.61% hasta el 13,46%. Se trata de un primer aviso, como el que recibe en el ruedo el torero remiso, y harán bien los pistachos en tomarlo en cuenta, pues su electorado -casi totalmente intercambiable con el del PP- se manifiesta muy receptivo a los llamamientos al voto útil. Como el toro que se ensaña con el matador caído, sus votantes podrían volver a cornear a Vox con los pitones de la fórmula d’Hondt.