La armonía del Universo se sostiene sobre lo que es, es decir sobre la Verdad. Todo aquello que es falso crea, en el mejor de los casos un equilibrio inestable que al final se derrumba. Cuando Kruschov en 1962 autorizó a Solzhenitsin a publicar “Un día en la vida de Ivan Denisovich”, se manifestó la verdad de los terribles campos del Gulag. Eso ayudó a que respirara un poco mejor la sociedad soviética, pero aun así no se logró una mejoría real hasta que la actitud abierta de Gorbachov promovió la caída del comunismo en la Europa del Este en 1989 y después, en 1991, en la propia Unión Soviética.

Los pueblos no pueden vivir sobre la base de la mentira permanente. En 1948 se dio un gran paso adelante con la aprobación de la Declaración Universal de Derechos Humanos como elemento de referencia. Lamentablemente, en muchos casos, sigue siendo papel mojado. El oportunismo o la coyuntura impregnan frecuentemente la política y los valores se quedan en un segundo plano, lo que hace que el pueblo tenga una visión muy crítica de la “casta” política, en la cual predominan los que se quedan quietos para evitar que los saquen de la foto.

La Constitución vigente, en su preámbulo, al que raramente aluden los políticos, establece como primer objetivo “garantizar la convivencia democrática” sin la cual los siguientes cinco objetivos carecerían de cimientos sobre los que asentarse. Sin embargo, ni Alsasua, ni el 1 de octubre, ni Vallecas han recibido la crítica conjunta que merecen por parte de todos los partidos.

Ha habido momentos claves dudosos a lo largo de nuestra democracia, cuya verdad talvez se descubrirá con el tiempo, pero también hay muchos recientes que, al acumularse, han creado una masa crítica muy grave que incluye desde cosas menores, como es un doctorado, hasta incumplimientos de lo prometido en el programa electoral, como fue el afirmar, con rotundidad, que no habría acuerdos con los independentistas y filoetarras. Clamamos contra la corrupción económica, contra el expolio de los fondos públicos y hay razón para ello. Pero nos olvidamos de la corrupción política, de la corrupción de la mentira que da lugar a todo tipo de corrupciones y que envilece al sistema democrático.

El perdón para que sea efectivo no puede ser unilateral. No basta con que la víctima perdone si el ofensor no asume su culpa y pide perdón a la víctima. El perdón sólo es realmente efectivo cuando se restaura la armonía. En el contexto político tener la valentía de reconocer los errores es una característica muy rara, lo que lleva a que frecuentemente la única via sea deponer a los dirigentes o llevar a los partidos a la desaparición mediante los resultados electorales. El sistema de partidos es el mejor que se ha inventado para hacer realidad la democracia, al igual que las oposiciones también lo son para evitar al máximo el nepotismo, el amiguismo, en el acceso a los puestos de trabajo públicos. La división auténtica de poderes es clave para que el Estado de Derecho pueda funcionar, pero en España esa separación es y será una falacia mientras no hagamos cambios claves en el sistema constitucional y en el marco legal vigente.

Igualmente cabe señalar que la auténtica democracia se basa en la libertad de expresión y de opinión. Para ello los medios de comunicación públicos deben ser un ejemplo de objetividad informativa y de expresión de la pluralidad de opiniones, lo que exige que estén sometidos a un riguroso control de órganos plurales e independientes. Hay muchos temas de organización social ante los cuales el silencio es una respuesta que tiene mucho que ver con la mentira.

El tiempo pondrá las cosas en su sitio, pero es una pena que no hayamos aprendido decir la verdad es la mejor manera de superar los errores pequeños y grandes. El pueblo por mero sentido común valora la valentía que ello exige. La verdad es una ley universal y eterna y habrá que asumirla. Todas estas reflexiones sobre la Verdad y el Perdón serán probablemente compartidas por una gran mayoría. El problema está en que habrá muchos que están en el poder y otros que aspiran a estarlo que lo tildarán de extremismo ético y que dirán que la política es otra cosa. Así nos va, pero nuestro deber es hacer lo posible para que cambie.