Sr. Director:

    Hoy ha sido el despreciable Teodoro Uriarte, y mañana será otro. Todo estará en  función del interés del despreciable sujeto que salga a la palestra. ¿Y qué? Sobran ya todas estas declaraciones que no aportan nada. De sobra sabemos desde el principio que el llamado “nacionalismo vasco democrático” con el que se dialogaba y pactaba a nivel de Estado colaboraba en mayor o menor medida con ETA. Se sabía, y ellos mismos lo dejaban entrever con chulería manifiesta y con apenas recato. Acordémonos de aquello del árbol y las nueces que por más explícito que fuera no causó indignación y mucho menos sorpresa. Con todo, faltaba el testimonio directo, y a su tiempo, de quienes asesinaban. 

    En este sentido, cuando ETA se cansó de matar, o ya no le era rentable, (permítanme que entre en un asunto personal, sin que sirva de precedente), quise ofrecer a la revista Fuerza Nueva, en la que escribía, un documento de gran impacto. Me dio por pensar que podría entrevistar a algunos miembros de ETA encarcelados en la prisión de Nanclares de Oca, y hasta allí me fui. Disponía de dos semanas de vacaciones, e intentaría sacar un documento de la máxima importancia. El resultado fue el esperado. Nada. 

    De la máxime importancia, en ese momento, para los miembros de los diferentes gobiernos que se han sucedido, para todos aquellos que por su autoridad o responsabilidad pudieron haber actuado de otro modo y manera en la lucha contra ETA, y para una gran mayoría de españoles, adocenados y mal nacidos. El abanico es amplísimo y, con todas las reservas, no excluyó a las distintas asociaciones de víctimas de ETA, porque son varias, siempre pegadas al Partido Popular, desde cuya plataforma algunas personas, que no sólo el pequeño Nicolás, han alcanzado puestos de notoriedad. 

    La historia de la lucha contra ETA es casi mejor olvidarla, algo así como huir mentalmente de ella. Si se puede, naturalmente, y quien pueda, por supuesto. Olvidarla, porque de ella se sabe lo importante, ya que el resto son anécdotas. Se sabe, y de sobra: la cobardía del Estado español, de sus instituciones y de su sociedad civil. Y es está cobardía la que yo imputo al Emérito, importándome nada si se tiró a todas las mujeres de España -exceptuando a las de quienes escribimos en este Diario y a las de quienes lo hacen suyo-, o que fuera un voraz comisionista en todos los negocios del Estado, porque si se trata de hablar de comisionistas, tendríamos que proceder contra miles. 

    La historia de la lucha de España contra ETA es la historia de una ignominia que puede resumirse tal que así… Un día España decidió subir a una siniestra sima donde los vientos arreciaban violentos, encontró un árbol sin hojas en el borde del precipicio y se puso una soga al cuello. Desde entonces vive con la intención de tirarse suspendida de esa ligadura. Lleva muchos años así, y apenas le quedan recursos para sostenerse.