El artículo anterior deliberadamente exasperaba el tema de la lucha de sexos, la hostilidad abierta o subterránea, que la lacra feminista está introduciendo en las relaciones entre los sexos. Hoy vamos a considerar aspectos más ligeros, pero por eso mismo más inquietantes, porque el gran daño a menudo viene de las pequeñas cosas.

¿Quién no ha imaginado una aventura o tenido alguna vez una fantasía con una enfermera procaz? Lo que desde luego nunca ha provocado ni violencias ni falta de respeto hacia las enfermeras reales. El incauto Fernando Simón, al que desde hace meses nos meten hasta en la sopa, ha tenido que pedir una especie de disculpas por un chiste sobre enfermeras en un vídeo. Esto ha hecho que yo, personalmente, le pierda hasta la última brizna de respeto. Personaje nefasto como es, al menos habría merecido un poco de consideración si hubiera mostrado algo de carácter. Si hubiera sido capaz de plantarle cara a esa horda de feministas y lameovarios, caterva de mamarrachos con caras ridículamente serias, dándose aires de decir algo importante cuando pifiaban grandes palabras y hablaban de respeto a la profesión; cuando lo único que hacían era levantar una necia, estupidísima montaña de género de lo que es el grano de arena de una simple broma.

Fernando Simón merece ser criticado por muchas cosas y probablemente no debería estar ahí, mal gestionando esta situación. Pero no desde luego por hacer un chiste sobre enfermeras.

El tema de las enfermeras procaces, por cierto, es típico también en el entrañable e inolvidable show de Benny Hill, junto con varias otras figuras femeninas ligeras de ropa, vejestorios salidos y el protagonista que casi siempre termina en un estado de frustración sexual. Sólo quienes tenemos una cierta edad lo vimos en televisión, porque fue una de las primeras víctimas de la censura feminista. No se trata de un humor de grano muy fino, a veces era pesado y cargante, pero abundaba en ratos de genialidad pura y de una comicidad visceral, saludable, vital. Hoy en día está prohibidísimo en cualquier televisión, al menos aquí, en el Reino Unido y dondequiera que el feminismo y la corrección política hayan extendido su infección, matando el humor y las ganas de reír.

¿Quién iba a decirnos que el bueno de Benny Hill se iba a convertir en un símbolo de libertad? Pues así es y aquí hemos llegado. De la mano de esta chusma de mojigatos de la corrección política y muy especialmente del feminismo; pero también de la raza y la cultura y las desviaciones sexuales. Toda esta gente nefasta odia el humor y la risa y la vida. Porque de eso se trata, basta con ver la insistencia de esta gente en la igualdad, que es antítesis y negación de la vida.

Pero, se nos dirá, también puede existir un humor políticamente correcto, respetuoso con la dignidad y la diversidad y blablablá. Cierto que existe y podemos llamarlo humor si queremos, como también podemos llamar literatura de mingitorio a las pintadas guarras en los servicios. Pero es que el “humor” aceptable para la izquierda cultural, la comicidad progresista y políticamente correcta, lejos de hacernos reír nos deja sólo tres alternativas: el aburrimiento mortal, ponernos a llorar o vomitar lo último que hayamos comido.

Esta es la gran capa de plomo que los nuevos puritanos están extendiendo sobre la vida para sofocarla. Y así vemos cómo el enfrentamiento entre los sexos que alguien está fomentando y exasperando, visto desde otro punto de vista, se inserta en el gran enfrentamiento de la no-vida contra la vida, en el cual la prohibición de reír es una pieza fundamental, quizá la misma piedra clave.

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