Dos hechos recientes han puesto sobre la mesa la vigencia del Comunismo en Iberoamérica: la revolución popular contra la dictadura cubana, reprimida sin miramientos por el régimen de Miguel Díaz-Canel, y la conquista del poder en Perú por el marxista Pedro Castillo y sus colegas de Sendero Luminoso tras un pucherazo de manual.

Como era de esperar, ambos episodios han evidenciado una vez más la catadura moral de la izquierda en todo el mundo, apoyando siempre el delito de sus hermanos políticos allá donde se encuentren.

A no mucho tardar, el presidente peruano decretará una Asamblea Constituyente y modificará la Constitución para eternizarse en el poder, siguiendo el ejemplo de Hugo Chávez en Venezuela. Y posiblemente no vuelvan a celebrarse elecciones libres en el país andino en mucho tiempo.

Si algo ha demostrado la Historia es que el socialismo tiene por único objetivo su perpetuación en el poder, de modo que una vez alcanzado no puede haber democracia ni libertad. No en vano, las satrapías socialistas evidencian tan inequívoco afán en su carácter hereditario. Ahí están la tiranía cubana, instaurada por Fidel Castro hace 60 años heredada por su hermano Raúl; la bolivariana, implantada “democráticamente” hace 22 heredada por Nicolás Maduro; o la sandinista de Daniel Ortega, vigente desde hace 14. Por no hablar de otros “paraísos” comunistas como la República Popular China que data de 1959–, o la República Popular Democrática de Corea del Norte fundada en 1948, gobernada por la saga Kim desde hace más de setenta años: Kim Il-sung (1948-1994), Kim Jong-il (1994-2011) y Kim Jong-un desde 2011.

La naturaleza totalitaria del socialismo es demasiado evidente para ocultarla o desmentirla, pero nadie espere que ningún partido izquierdista denuncie sus crímenes.

Da igual que las “democracias” comunistas impidan con todo tipo de argucias los comicios en libertad, fuercen el exilio de sus ciudadanos, o secuestren y asesinen a opositores y disidentes. ¿Acaso hay quien ignore las imágenes de alemanes huyendo de la República Democrática Alemana instantes antes del levantamiento del muro de Berlín? ¿O los muertos intentando saltarlo una vez construido? ¿O las miles de víctimas ahogadas en su empeño por escapar de la Cuba castrista? ¿O es que no son nadie los cinco millones de venezolanos exiliados forzosos por el hambre y la represión?

No importan los muertos, ni los desplazados; no importan los datos: el votante socialista justificará cualquier tropelía de los suyos escudado en la eterna “lucha” contra el “fascismo”; vieja y gastada fórmula, pero infalible para tener razón en todo siempre. Todo lo etiquetan conforme dicta su religión. Si la gente no les vota es que no hay “democracia real”; si les preguntas por la dictadura cubana, te dicen que los cubanos aún no tienen una “democracia plena”. Los crímenes más flagrantes, sólo si el partido lo admite, a lo sumo serán “errores”, que no pueden mellar en absoluto los altos ideales del socialismo, que son los del comunismo. Los millones de deportados por la Unión Soviética, un error; el archipiélago Gulag, otro error; los millones de víctimas provocadas por el Gran Salto Adelante (1958-1961) y la Revolución Cultural China (1966-1976), errores también.

Todo esto ya lo sabemos.

Pero si el comunismo continúa perpetrando crímenes sin cesar y todavía, a pesar de su sangriento legado, sigue vendiendo su mercancía averiada como “solución”, esto se debe, en gran medida, a la insufrible debilidad moral de las llamadas democracias capitalistas.

Cualquiera que haya vivido en España en los últimos cuarenta años habrá visto que la democracia ha sido el marco de impunidad para todo tipo de violencias contra la democracia misma. Habrá contemplado con sus propios ojos el goteo constante de asesinatos perpetrados por la banda marxista ETA, y la complicidad criminal de casi toda la izquierda, desde el señalamiento de las víctimas al blanqueamiento de sus crímenes.

Ahora bien, si todo esto ha sido posible, sin duda se debe también, o en gran medida, a la incapacidad y cobardía de la derecha para enfrentarse al comunismo. ¡Cuántas veces y de cuántas formas habremos observado en conocidos o incluso en familiares ese “mirar para otro lado”!

Hoy, después de cuarenta y cinco años de asesinatos, adoctrinamiento en las aulas y toda suerte de violencias contra los ciudadanos y partidos de las derechas, España está en manos de un socialista psicópata apuntalado por comunistas, terroristas y separatistas. La sociedad rota y la economía destruida.

El socialismo ha colocado a los suyos en la administración pública, copándola por completo; domina la educación que se imparte en colegios, institutos y universidades públicas; controla los medios de comunicación, los sindicatos y la patronal, y pretende someter el poder judicial por completo. Nos gobierna un loco que se ha dotado de una ley de poderes especiales y pretende implantar por ley lo que podemos saber, recordar o decir.

Pero si hemos llegado hasta aquí, no es sólo por los complejos de la derecha o la traición a sus principios de la Conferencia Episcopal, sino a todo eso junto a decisiones concretas tomadas bajo presión, sin duda, pero tomadas por la derecha, que demuestran hasta qué punto el comunismo no habría podido avanzar hasta poner en riesgo la propia democracia sin esa ayuda.

Hay muchas, pero citaré sólo tres:

  1. La legalización del partido socialista responsable de la Guerra Civil y del partido comunista al servicio de la Unión Soviética en 1977 por Adolfo Suárez.
  2. La abstención del PP de José María Aznar en la condena parlamentaria del franquismo el 14 de septiembre de 1999, y la condena de “la dictadura franquista” por el PP de Mariano Rajoy el 20 de noviembre de 2002.
  3. La no derogación de la Ley de Memoria Histórica aprobada en 2007.

¿Qué sentido tiene quererse hacer perdonar por los partidos más criminales de la Historia? ¿Qué derecho tiene el PP o ningún partido de la derecha, del centro, o de la izquierda a condenar a los españoles que lucharon por defender la libertad, la familia y la nación frente a los esbirros de Stalin?

¿De qué avergonzarse por salvar a España de las garras del comunismo?

En 1930 las izquierdas planearon un golpe de Estado en el Pacto de San Sebastián. En 1934 lo dieron porque no aceptaron la victoria de las derechas en las elecciones de 1933. En febrero de 1936 robaron los comicios que habían perdido.

Este año, en Perú, los comunistas “ganaron” las elecciones contando las papeletas de miles de fallecidos, pero la junta electoral debidamente “convencida”, decidió validarlas.

¿Cuándo aprenderán algunos?­­­