Hemos asistido, casi impasibles, a esa macabra ceremonia que marca el inicio de la destrucción total de España y se ha hecho, la hecho, mejor dicho, el miserable Partido Socialista Obrero Español (PSOE), amparándose, de una parte, en los malvados comunistas, anarquistas, antisistema y perroflautas en general; de otra, en la sangre de los cientos de españoles asesinados vilmente por los criminales de ETA y, finalmente, en los golpistas catalanes y en los nacionalistas vascos, cuyo único objetivo es desmembrar España, para así crear sus repúblicas al más rancio estilo cantonalista decimonónico, cuando no al más arcaico de los reinos de taifas.

Hemos asistido a los prolegómenos de esta macabra ceremonia, un ultraje a España sin parangón, y hemos visto que sus protagonistas están crecidos en su maldad, que ya hablan en tono amenazante, que aseguran sin recato que “ha comenzado todo”, que han venido a demoler el Estado, que exigirán sus reivindicaciones que nos conducirán a la destrucción y lo dicen, con total anuencia, o al menos con el silencio cómplice, de la mayoría de un pueblo aterrorizado y acobardado, convertido en un títere cuyos hilos mueven ellos a su antojo. 

Sin embargo, de toda esta macabra ceremonia hecha únicamente con el fin de que ese tipo que ocupa la Moncloa se perpetúe en el poder, lo que más ofende es que aún encima, los socialistas, llamen a toda esta mala gente “valientes patriotas”.

Es el colmo de la ofensa tildar así a unos individuos cuyo único objetivo es destruir España, llevándola por los derroteros de la ruina total, del dolor, del enfrentamiento, amparándose en una situación de grave crisis como la que estamos viviendo, tras habernos inoculado, cuidadosamente, el virus del terror, mil veces más dañino que el de la Covid 19.

A mí, particularmente, los socialistas no me han engañado nunca, ni ahora, ni antes. Hay quien habla, enalteciéndolo, del PSOE de los 80, cantando y contando de su amor por España, por la Constitución y por todo lo que representa nuestra Patria. Sin embargo, si nos detenemos a analizar aquellos años, a lo mejor nos encontramos que era más de lo mismo, pese que, a fuerza de ser sinceros, había buenos españoles entre aquellos socialistas de antaño.

No podemos olvidar aquellas reuniones clandestinas que, en vida de Franco, se celebraban más allá de los Pirineos a las que concurrían, además de los etarras, comunistas y demás ralea, los miembros del Partido Socialista Obrero Español para negociar sobre el futuro de España.

No podemos olvidar tampoco que, tras su llegada al poder en 1982, comenzaron su trabajo, minucioso y planificado, para la demolición de todo vestigio de los años de gobierno del General Franco. Fue, a partir de entonces, cuando de nuestros callejeros empezaron a desaparecer nombres como el de José Antonio, Francisco Franco, García Morato, Mola, Ruíz de Alda, Onésimo Redondo, Ramiro Ledesma, por citar tan solo algunos de los ejemplos más significativos; también del paisaje de nuestras ciudades desaparecieron estatuas y monumentos que recordaban a aquellos que habían dado su vida por una España mejor.

A cambio, comenzaron a introducir sus paradigmas, y así, con la pretensión de lavarles la cara, presentándolos como “héroes de la democracia”, “grandes patriotas” y “luchadores por la libertad”, se abrieron grandes avenidas y calles que fueron bautizadas con los nombres de Manuel Azaña o la Pasionaria y se erigieron monumentos a Largo Caballero o Indalecio Prieto, por citar también solo algunos ejemplos, a los que convirtieron, en una falacia histórica, en sinónimos de libertad, honradez y democracia. Y muchos se lo creyeron.

De esta forma, poco a poco, una vez controlada la enseñanza a todos los niveles y la opinión pública a través de los medios de comunicación, nos hicieron creer que ellos eran los auténticos salvadores de la Patria y que sus postulados ideológicos nos permitirían caminar, a buen ritmo, por las sendas de la democracia.

Fue necesario dar aquellos primeros pasos para inocularnos el veneno socialista, tapándonos los ojos ante una macabra realidad y así, tan solo una generación después, tras el fallido ensayo de otro que mejor es olvidar -Zapatero-, han vuelto para rematar la faena y lograr los objetivos que, desde su fundación, se fijó el partido socialista: destruir España.

No sirve ya hablar de aquel PSOE de los 80, aduciendo que eran diferentes, ya que muchos de los que por aquellas fechas tenían treinta o cuarenta años, todavía siguen paseando el carné del partido en su cartera, abonando mensualmente las cuotas y teniendo capacidad de decidir en sus asambleas regionales y locales, incluso en el Parlamento Español. Realmente, han sido muy pocos los que han abjurado de su militancia y, en consecuencia, los que no lo hicieron son igualmente reos de culpa y responsables de lo que está sucediendo.

Debo decir a los que me han insultado, llamando “patriotas” a la canalla proetarra o a los golpistas catalanes, que esos nada tienen de patriotas; que patriotas eran aquellos a los que la ETA mató de un vil tiro en la nuca o con una bomba en cualquier rincón de España o los que, día a día, se enfrentan en Cataluña, con gallardía, a los desmanes de los separatistas totalitarios. 

¿Cómo se puede tildar de “valientes patriotas” a unos tipejos como los etarras? Unos siniestros individuos que solo eran capaces de asesinar por la espalda, siempre con ventaja; los mismos que, cuando las cosas se ponían feas para ellos, tiraban las armas, ponían manos arriba y gritaban ¡somos de ETA! Parece que nos olvidamos cuando el “carnicero de Mondragón”, “valiente” donde los haya, se vino piernas abajo -literal, no figurado- al ser detenido por la Benemérita. 

¿Cómo pueden llamar “valientes patriotas” a los golpistas catalanes que llevan toda la vida insultando a España y a los españoles y que se han aprovechado de la buena fe de toda la Nación a lo largo de los años? Parece que olvidan que su único afán, más allá de toda duda, es el de trocear España, exclusivamente para su beneficio de casta, arrancándole una parte que histórica y moralmente nos pertenece a todos los españoles.

Algo parecido sucede con los nacionalistas vascos, siempre agazapados tras su imagen de buenos y sencillos aldeanos, siempre alerta para dar el zarpazo en la primera ocasión, siempre esgrimiendo el arma de la traición, como su mejor “virtud”, que tan bien han sabido y saben manejar.

Y a todos estos, hay que añadir a los tontos útiles, el de las anchoas, el otro que nos engañó con aquello de “Teruel existe” y el resto de la comparsa que apoyan ciegamente al de la Moncloa y al del “moño” para así poder dilapidar España, sin el mínimo miramiento y ellos poder aprovechar sus despojos.

Pronto, si no lo impedimos, el español, como idioma, estará vetado en una buena parte de España. Pronto, el Poder Judicial bailará al ritmo que le marque el Poder Ejecutivo. Pronto, se ilegalizarán aquellos colectivos que defiendan una España libre y justa. Pronto, tratarán de imponernos una República al más rancio estilo bolchevique/bolivariano. Pronto, agraviar a España, al Rey, a los Ejércitos y a las Fuerzas del Orden se convertirá en el “pan nuestro de cada día” con total impunidad, sin que Tribunal alguno pueda juzgar y condenar tales ofensas. Pronto, se eliminará de las redes sociales cualquier comentario contrario a la ideología reinante, minimizando, como quieren ellos, todo tipo de discrepancia. Pronto, todos los medios de comunicación estarán comprados y los que no se vendan, cerrados. Pronto, estaremos invadidos por los mismos que lo hicieron en 711. Pronto, terminaran de laminar nuestras libertades, civiles y religiosas, y el resto de nuestros derechos y aquel que no comulgue con sus postulados -el feminismo, la ideología de género, el lgtbi y no sé cuántas letras más, el animalismo, el falso ecologismo, el aborto, la eutanasia, la autodeterminación de los pueblos, el federalismo… En resumen, la destrucción de España-, será relegado al ostracismo y condenado, cuando menos, a la muerte civil.

Mientras tanto, nosotros, tras habernos inoculado el terror, seguimos únicamente preocupados de que todo el mundo se oculte, cual vulgar atracador de bancos, tras las mascarillas reglamentarias, que impiden, siquiera, saber con quién estás hablando; de que mantengamos a ultranza esa distancia social que nos está deshumanizando, convirtiéndonos a todos en vulgares sospechosos; de que evitemos saludarnos como lo hemos hecho siempre, abrazándonos y estrechándonos las manos; de que no cantemos villancicos llegada la Navidad; de que no nos reunamos con familiares y amigos, a la espera, si somos buenos y obedientes, de que nos premien y nos salven, como si ellos tuviesen capacidad de disponer de nuestras vidas, con el don milagroso de la vacuna que, a buen seguro, ellos no se pondrán.

Por tanto, si queremos ser libres, si queremos volver a ser los de antes, si queremos evitar que nos pisoteen, si queremos despertar del sueño de esa idílica Arcadia a la que nos quiere conducir la ideología comunista, es imprescindible perder el miedo y evitar que, a través de esta macabra ceremonia, firmada por todos los que odian a España, nos lleven a la ruina y a la destrucción total de nuestra Patria. Por tanto, es mejor morir de pie que vivir de rodillas.