España está en gravísimo peligro y riesgo ante los continuados, sectarios y descontrolados ataques promovidos desde el gobierno del todavía Reino de España. Desde la llegada al poder de la izquierda radical, vengativa y rencorosa, de un clarísimo perfil comunista, el ataque a la esencia de nuestra Patria –con mayúscula- se viene perpetrando de manera brutal, criminal y cobarde. Es el momento de cerrar filas y aunar voluntades en defensa de España, entendida como una empresa de destino universal, como dijera José Antonio Primo de Rivera.

 

          Vivimos tiempos muy difíciles, pero un peligro más severo está por llegar. La coalición de la anti España se hace fuerte en su endemoniado empeño de demolición y derrocamiento de nuestro pasado, en la destrucción de nuestro presente y, con enorme saña, la dinamitación de nuestro futuro. El empuje socialista, comunista, independentista y nacionalista, sin escrúpulos ni miramientos, impone su apisonadora ideológica. La aprobación de la nueva Ley de Memoria Democrática va a suponer la persecución y proscripción de nuestros patriotas, sea cual sea su tendencia, en el ánimo de criminalizar la defensa de la memoria de aquellos que dieron su vida por España.

 

          El frentismo beligerante que se viene exhibiendo, desde hace años, ha supuesto la eliminación y censura de capítulos gloriosos de nuestra excelsa historia. La podredumbre y putrefacción que atesoran es un ultraje de proporciones terroríficas y apocalípticas. No hay exageración en mis palabras, menos aún exceso en mis afirmaciones. El nuevo Frente Popular es tan real como su infausto predecesor de funesto recuerdo para nuestra Patria. El odio y la sed de vindicta son incuestionables. La profanación de la memoria de nuestros caídos y de todos aquellos que amaron a España, con acendrado espíritu de servicio y sacrificio, exige y demanda con extrema urgencia redoblar nuestros empeños ante tanto oprobio y vituperio.

 

          La respuesta no puede ser otra que la unidad de todos cuantos sentimos como nuestros los valores defendidos por los camaradas que nos precedieron. Las divisiones, las rencillas personales, los desencuentros doctrinales e ideológicos, deben dar paso a la unidad de acción. La fortaleza y la inquina de los corsarios de la anti España es formidable cuanto mayor es la división entre los que amamos a nuestra Patria –con mayúscula-. No es momento para la tibieza ni el transformismo, tampoco para el miedo y la huída. ¿Podemos olvidar y dilapidar la riquísima herencia que nos fue legada por José Antonio Primo de Rivera, Ramiro Ledesma Ramos u Onésimo Redondo? ¿Es posible dilapidar el ejemplo de Agustín Muñoz Grandes, Miguel Ezquerra Sánchez o José Moscardó Ituarte? ¿Cuántos hombres  y mujeres, de vidas modélicas y ejemplares, contribuyeron a la reconstrucción de una España demolida tras la Guerra Civil? No podemos olvidar a miles de compatriotas que se entregaron a tan distinguida tarea, a tan noble anhelo y afán, sin ninguna pretensión personal, sin ninguna espuria aspiración individual. La mayoría desconocidos y anónimos, pero de cuya obra se han beneficiado generaciones de españoles. ¿Merecen nuestra indiferencia, indolencia y desprecio? Yo creo que no.

 

 

          ¿Qué cualidades nos trasladaron a través de su vida y obra? La descripción se me antoja difícil  de relatar, dada la abundancia de méritos y valores que proyectaron. Es imposible hacerles una merecida justicia. El tesón, la constancia, el ahínco, la firmeza, la perseverancia, la animosidad, la insistencia, el ansia de servicio, el espíritu de sacrificio, la tenacidad, convirtieron su existencia en vidas heroicas, en protagonistas de grandes hazañas imposibles de no recordar. Basta ya de simples declaraciones y escondidas emociones, basta ya de complejos asumidos, basta ya de indolencia y permisividad. ¿En qué ha quedado aquella ardiente revolución? ¿Dónde se esconde nuestro fingido patriotismo?

 

          Ni Ley de Memoria, ni Ley Democrática que valga. La ofensa que representa es grave y notoria, intolerable de todo punto para aquellos que sentimos a España como nuestra Patria –con mayúscula-, que amamos  la tierra que nos vio nacer, que sufrimos por los males que aquejan a nuestros compatriotas. El silencio y el decoro no son la respuesta. No podemos esperar a que otros defiendan aquello en lo que no creen, a que la cómplice partidocracia quiera pasar página sin más. Ya sabemos, por lo probado y demostrado, lo que podemos esperar de la derecha olvidadiza y desmemoriada, es decir, en nombre de la infame ignonimia, la indigna invocación a la moderación, y el deshonor de la vergüenza en la defensa de nuestra historia, la concesión y la rendición  es su meliflua respuesta ante los furibundos ataques de los acólitos del puño en alto.

 

          Reconciliación, por supuesto; reencuentro, por descontado, pero no una claudicación y una oposición sin resistencia. Debemos seguir recordando y conmemorando las efemérides de las que nos sentimos orgullosos. El homenaje merecido a nuestros caídos; la defensa de nuestra historia frente al latrocinio gubernamental promovido desde Moncloa y la Carrera de san Jerónimo; o la apología y apostolado de nuestra fe debe ser nuestro camino individual y colectivo. Unidad, unidad, unidad. Mas vale pocos bien avenidos que pocos dispersos.

 

          La historia se repite con nuevos capítulos y animosidad renovada en aquellos que odian todo lo que representa España. Pero ahora el peligro es mayor, el riesgo ha aumentado notablemente, por el desarme moral e ideológico imperante en nuestro entorno social. Se impone de manera contundente, dictatorial e imperativa, una legalidad ilegítima, profundamente sectaria e irrespetuosa con el pasado, con el presente y con el futuro del pueblo español. La ética de pensamiento único, excluyente y discriminatoria, triunfa en nuestras escuelas y universidades, en los medios de comunicación, en la escena política e incluso, sin recato, es asumida por nuestras jerarquías eclesiásticas y castrenses.

 

          Sí, queridos compatriotas, estamos ante una nueva encrucijada histórica. España corre un gravísimo peligro de extinción como Patria –con mayúscula-. La tercera república, más bananera y execrable que la segunda, ha iniciado su aciaga andadura política. El relativismo y el buenismo, la ignorancia y la manipulación, crean un medio ideal para el triunfo de la anti España. Es el momento de sumar voluntades, aunar esfuerzos y compartir sacrificios. Hay que renunciar a soberbios personalismos e inconvenientes egolatrías individuales. En una escueta, precisa y necesaria palabra: UNIDAD.