El consenso -la componenda, mejor- entre el Gobierno, el poder financiero y los Grandes Medios de Comunicación, extrapolable al Estado Profundo globalista, hace años que inauguró su estrategia depredadora orientada a amordazar las voces de la ciudadanía y conculcar sus legítimos intereses.

Vivimos, personal y socialmente, uno de los momentos más delicados en que se ha visto sumida España y, más allá, la civilización occidental. Los sicarios del Nuevo Orden Esclavista (NOE), encantados de su papel de voceros, intelectuales orgánicos o meros aprovechados han conseguido tejer una crisis moral y económica tan enorme que nuestra sociedad se encuentra en peligro de muerte, tal como la hemos conocido hasta ahora.

Lo que empezó con desagües, alcantarillas, prevaricaciones, dejaciones, deslealtades y abusos de todo tipo, es decir, como un ejercicio de la política entendida como pillaje y traición, es en la actualidad la más cruda representación transgresora. Estamos hablando del exilio, del ostracismo e incluso del tiro en la nuca.

Hoy, la buena voluntad de las leyes resulta insuficiente para asegurar la conducta de quienes están obligados a cumplirlas. Lo que muchos no querían creer, porque les parecía excesivo, ya está aquí, y nadie, salvo la elite del NOE y sus comisarios políticos está libre de las criminales amenazas, tampoco los incrédulos de antaño.

La partidocracia que mercadea con la letra grande y pequeña de todos los turbios proyectos, de todos los enjuagues normativos, de todos los pactos de trastienda que se cuecen a espaldas del común, y que reduce la vida política a una mera cuestión de números y de intereses fraudulentos, que tan pronto resultan irrenunciables como negociables, ha dado un paso más, que quiere ser definitivo.

Ya no se trata sólo de constatar que vivimos una concepción del servicio público basada en sangrar a los pecheros, y que esa sangre extraída al ciudadano se inyecta luego en las hipertrofiadas cédulas clientelares, y en los salarios de muchos de los políticos, convencidos como se hallan de poder vivir toda una larga vida a costa del sudor y de la docilidad de los españoles.

Ya no es cuestión, únicamente, de que la rapiña de la casta está convirtiendo los fondos públicos en fortuna personal, o esgrimiendo la democracia como coartada para el nepotismo, el agiotismo, el despotismo y demás ismos de abyección, sino que nos hallamos ante el apagón de la verdad, la doctrina incendiaria, la propaganda del rencor y el desencadenamiento de la barbarie sangrienta.

Es obligado recordar una vez más que estos bárbaros resentidos que todo lo confían a la fuerza y a la violencia, nada construyen, porque sus simientes son de odio; que su fin es obtener el poder por cualquier medio, y que su lema para conseguirlo consiste en servirse de las leyes y de la democracia mientras les sean favorables o, de lo contrario, incendiarlas.

Y que los poderosos, que han ido cada vez actuando con más descaro e impunidad, esa impunidad que supone el fiasco de la justicia y que todo lo pudre, han decido ahora lanzar su último envite, liberarse de una buena parte de sus dobleces y disimulos, y quemar sus naves definitivamente.

Y es en este sentido que, quitado el disfraz, vienen mostrando su índole más provocadora y brutal, y tanto mediante armas químicas como políticas, se han dispuesto a librar dos batallas decisivas. El Covid-19 y las elecciones USA constituyen los más obscenos ejemplos de su beligerancia. Y aunque todavía muchos millones de futuros ilotas no lo quieren ver ni comprender, del desenlace de esa doble batalla, de la capacidad para alcanzar la justicia por parte de los antagonistas del NOE, de la fuerza y convicción de la sociedad civil, dependerá nuestro inmediato futuro.

La agenda progresista y de las corporaciones trasnacionales está inmersa en la lucha con todo su poder, porque de ello depende que no sea desenmascarada y encarcelada antes de cumplir unos objetivos consistentes en aherrojar al individuo a la esclavitud del establo o a la eternidad de las fosas comunes.

Son sus contrarios, los que aman la libertad y la verdad, quienes deben entender que la suerte está echada y que, cuando los tribunales no juzgan en derecho o distribuyen la justicia como un favor, cuando las palabras se han agotado, es indispensable que hablen las espadas.

Ante el abandono de las instituciones, España necesita en esta hora una sociedad civil organizada y fuerte, que ni olvide ni perdone.