Lo que está pasando en Kabul recuerda demasiado a la toma de Saigón en abril de 1975 por las tropas del Viet-Cong y el ejercito de Vietnam del Norte. Los helicópteros abarrotados de refugiados volando desde la azotea de la embajada estadounidense hasta los portaviones americanos, son una imagen reproducida mil y una veces en películas de Hollywood. En 1973, Nixon presionado por la opinión pública de su país, hinchada de pacifismo, cerró los Acuerdos de Paris, por los que Estados Unidos retiraba todas sus tropas de Vietnam del Sur. Vietnam del Norte firmó también un compromiso de un alto el fuego y la garantía de que respetaría la autonomía del Vietnam del Sur.  En Afganistán al menos no se ha firmado en papel higiénico unas clausulas similares, pero los talibanes han tardado aún menos que los comunistas en merendarse al gobierno títere que pusieron los norteamericanos. En los años 70, miles de vietnamitas, camboyanos y laosianos sufrieron en sus carnes las conveniencias de los Estados Unidos y sus vaivenes políticos. Tras la escalada bélica, los mocetones de Arkansas se cansaron, pensaron que la cosa les salía demasiado cara, y les dejaron tirados. Más de 800.000 vietnamitas huyeron de su país, principalmente por mar, algunos recordaran las imágenes de la Boat People, otros no tuvieron tanta suerte.

 

Menos conocido, pero aún más indigno fue el comportamiento de los Estados Unidos con los tibetanos. Tras ser invadido su país por la China de Mao, la CIA armó y organizó a los guerrilleros khamba, que lucharon contra los comunistas chinos desde sus bases en Nepal hasta que Nixón decidió normalizar las relaciones con China en 1972. Entonces se acabó el apoyo de la CIA y abandonados a su suerte acabaron deponiendo las ramas en 1974 en unas condiciones deplorables. Claro que Kennedy ya había dejado antes tirados a los exiliados cubanos en Bahía de Cochinos. Los castristas sabían de su llegada porque ni el FBI ni la CIA habían sido lo suficientemente espabilados como para desmontar la red de espías que Castro tenia entre el exilio de Miami y que unos pocos años antes ya había filtrado la decisión de Eisenhower de entrenar a cubanos con el fin de derribar a Castro. En playa Girón, dotados de moderno material soviético, los revolucionarios les esperaron y les masacraron, en una operación en la que, para que Kennedy quedase bien ante la opinión pública internacional, los exiliados no contaban con el apoyo aéreo estadounidense.

 

Podemos incluso remontarnos al fin de la Segunda Guerra Mundial. En las negociaciones de Yalta, parece que al presidente Roosevelt se le pasó por alto cual fue el origen y la razón del comienzo de la Segunda Guerra Mundial. En 1939 no se podía consentir que Hitler recuperase Danzig, pero en 1945 Stalin se podía apoderar de toda Polonia, para convertir el país en un satélite de la URSS.  La libertad de los polacos, unos abnegados aliados de británicos y americanos, se usó como moneda de cambio en las negociaciones entre las superpotencias.

 

A lo largo de toda la Guerra Fría al menos se podía aducir la disculpa de la realpolitik, para comprender, que no justificar moralmente, este tipo de comportamientos. Ahora, Estados Unidos vuelve a perder otra guerra y vuelve a dejar en la estacada a los afganos que creyeron en sus promesas. Al igual que hiciera Nixón en 1970, al “vietnamizar” la guerra retirando los efectivos terrestres norteamericanos, Obama hizo lo propio en 2011 con los mismos resultados que en la guerra de Vietnam. Al menos Nixón tenía la disculpa de que detrás del Viet-Cong estaban China y la Unión Soviética, pero, detrás de los talibanes, por mucho apoyo que reciban de Pakistán o Arabia Saudita, no hay ninguna superpotencia. La retirada ha obedecido a razones políticas y económicas, de nuevo las conveniencias por encima del sacrificio del pueblo afgano y de los soldados estadounidenses y sus aliados. Al dejar el país en poder de los mismos radicales islamistas en cuyas manos se encontraba en 2001, el resultado de estos 20 años de conflicto solo puede calificarse de derrota para los Estados Unidos.

 

Con una crisis humanitaria en ciernes, los papanatas habituales ya están ofreciendo, no sus casas, por supuesto, sino nuestro magro presupuesto público para acoger refugiados.  Lo primero es evacuar a los afganos que estén de verdad en peligro, evitar que se cuelen islamistas y después dejar claro que quienes deben hacerse cargo de pagar los platos rotos, no somos los europeos. Es Estados Unidos quien es responsable de la situación, porque han sido sus decisiones y conveniencias políticas, tanto a la hora de invadir como a la hora de retirarse de Afganistán, las que han marcado un conflicto que ahora en sus consecuencias humanitarias nos quieren trasladar a los europeos.