Lo primero es reforzar el ámbito privado como lo que es: el único verdadero. El estado deriva de él y por ende es algo así como una ficción. Sólo el individuo, la familia y la sociedad civil son realmente auténticas y autónomas. Viviendo según este principio, todo intento de injerencia de las autoridades deviene en autoritarismo vano. Si nos viene en gana denostar el franquismo, hagámoslo sin importarnos una higa que alguien con BOE y mando en plaza nos lo haya ordenado o no. Por la misma regla de tres, si nos cae bien la figura de Francisco Franco y nos parece egregio el personaje, por sus obras y/o sus mensajes, ancha es Castilla. Eso sí, guardémonos de utilizar medios que un fiscal ad hoc pueda considerar públicos, porque entonces nuestro bolsillo, más o menos alimentado con miles de horas de sacrificios laborales, corre el peligro de resultar esquilmado al igual que las arcas públicas por quienes no han entendido nunca que ser antifranquista no es ser estalinista, por lo cual ser franquista no es ser fascista.

Y aunque lo fuera, se trata de materias reservadas por el sentido común y ético a los historiadores, que de toda opinión y jaez los hay. Pero nos adentran en un terreno quienes hoy tienen la sartén por el mango en el que la diversidad de opiniones no existe, reemplazada por otras diversidades más aptas para la manipulación presupuestaria. Así que de sabios es adaptarse al medio y de cabales no renunciar a ninguna idea por ello. Divulguemos nuestros pareceres, franquistas o antifranquistas, pero siempre practicando el criptoderecho a la libertad de expresión en familia y entre amigos. Los curas, en general, ya aprendieron la lección hace tiempo y para encontrar una homilía comprometida con las grandes cuestiones de la disidencia en este país socialistizado hay que escarbar mucho. Sólo cuando se tocan los dineros saltan las sotanas invisibles y las cruces pectorales. Lo demás, si acaso, en algún twiter, que no hace daño (¿cuántos millones pululan cada día por nuestros móviles?).

Voy a escribir una obviedad: sigamos pensando y diciendo lo que nos plazca. Y ahora, una novedad: pero en las catacumbas de los nuevos confesionarios, a las que nos han acostumbrado los estados de alarma, preludio del estado de censura en el que entramos ahora. La libertad, queridos lectores, es un lujo que en la España de Sánchez y sus adláteres del otro lado del Telón de Acero se pagará caro, de modo que con franquismo o sin franquismo habrá que vigilar nuestra lengua según en qué ambiente nos movamos, y sobre todo si aspiramos a que algún medio de comunicación social —es decir lo que no es redes sociales— dé cobertura a nuestras opiniones. A algunos nos coge ya con demasiados años, kilos y canas, aunque con las mismas ganas de hablar y escribir que cuando la palabra adolescencia nos sonaba a acusación. Si me permiten un consejo de viejo periodista, que no de periodista viejo, no renuncien a una sola ráfaga de sus puntos de vista. Documéntense a fondo con la amplia bibliografía existente —si no la retiran— sobre el franquismo. Seleccionen bien, eso sí, guiándose por criterios de objetividad desapasionada. Ahí está gran parte de la verdad que nos quieren ocultar y hacer olvidar por decreto, so pena de multa.

Justamente antes de que los guardianes de la ortodoxia postmarxista desataran sus “progroms” ideológicos, hace ya unos cuantos años, me di cuenta de algo que hasta entonces nunca se me había revelado, y es que en los programas de Historia que me enseñaron en el colegio —años setenta— mi nación dejaba de existir tras el primer tercio del siglo XX. Es decir, faltaba el crisol donde se había fundido el troquel de mi propio contexto personal. La España de nuestros más recientes antepasados, la que había construido a mi generación, en la que habíamos crecido y que nos había modelado, la que nos había alimentado, educado, defendido, vacunado y proporcionado una esperanza en el porvenir, era para nosotros un gran espacio vacío, un paréntesis, nada. De pronto se convirtió para mí en un enigma y quise conocer cuanto antes qué había pasado en la España de mis padres, para así descubrir el secreto por el que tan celosamente se me había escondido su conocimiento. Aceleró mi búsqueda el empeño maldito de Zapatero y los suyos por resucitar la República y la Guerra Civil como arma arrojadiza para condenar a Franco. Pero claro, eso equivalía a rellenar ese vacío con un borrón que descalificaba a esa generación que me había sacado adelante. Mi experiencia con la información, también con la política que todo lo impregnaba, hizo lo demás: Comprendí que tenía poco tiempo, porque estaba ante el intento, muy bien armado, de ir hacia atrás en la Historia y romper todo aquello sobre lo que se había construido mi propia formación humana, mi propia identidad, el ayer inmediato y colectivo que me había hecho. ¿Para qué? Era, y es, elemental: por adanismo, para sembrar en la conciencia de los nuevos españoles la sensación de que ellos, y sólo ellos, los enemigos del franquismo, han forjado cuanto tenemos y cuanto somos. Para eso es fundamental no ya sólo subrayar lo malo del pasado próximo sino sobre todo y por encima de todo —en ello están— fulminar cuanto de bueno, positivo, favorable y altruista haya en esa herencia.

Así que lo dicho, a las catacumbas, donde podamos reflexionar con buenas lecturas acerca de qué oscuro instinto nos ha llevado hasta allí y cómo podemos salir de ellas a respirar de vez en cuando sin que nos corten la cabeza de pensar, que en realidad es lo que no soportan. Algún día, cuando echemos una de esas escapaditas, no habrá nadie para perseguirnos.