La noche del 14 de febrero, TVE emitió un especial informativo para comentar los resultados de las elecciones en Cataluña, contando, entre otros invitados, con uno que dijeron que era filósofo, de nombre Bernat Dedéu. En mi pueblo, sin más referencias, le dirían Bernardo. Pero después de esa noche, a partir del día siguiente antepondrían al nombre un adjetivo que haría referencia a la inteligencia del órgano sexual que la naturaleza tuvo a bien asignarle y que, para no molestar la sensibilidad de algunos, no cito explícitamente. Pero se lo pueden imaginar.

El filósofo Bernardo no dejó de sonreír en toda la noche a pesar de que el tema era lo suficientemente serio como para, cuando menos, adoptar un gesto más circunspecto. Pero no. El muchacho no perdió la sonrisa en toda la noche. Y no sé por qué, recordé recordar uno de los pocos proverbios rusos que conozco: Reír sin razón es una muestra de estupidez. Y es que, para algunas culturas, sonreír es la evidencia de que, o eres tonto, o escondes algo. No sé cuál será el caso de este hombre, pero pude comprobar que no escondió mucho. Los españoles no vemos las cosas igual, pero llegamos a la misma conclusión por un camino distinto. Nosotros decimos que, muchas veces, es mejor pasar por tonto que abrir la boca y despejar dudas. Y si lo vieron, sabrán que Bernardo habló bastante.

Entre otras cosas, tuvo a bien comentar esa noche, y ninguno de sus compañeros de plató se alteró por ello, que: «Yo creo que es una desgracia como país. Y es que tenemos 11 diputados de la ultraderecha en el Parlament de Cataluña y que el primer diputado, dirían ahora los cursis, racializado, que va a presidir un grupo en el Parlament de Cataluña, como diríamos toda la vida un negro, será de ultraderecha. Lo cual es un fracaso de todos». Con todas las letras.

Habrán observado que no se expresa muy bien el muchacho. Presumo que se debe a que Bernardo asistió a clase el día en que contaron que, en castellano, la construcción de frases no está sometida a reglas fijas. Sin embargo, se debió fumar la siguiente, cuando explicaron que, a pesar de lo dicho anteriormente, no está bien colocar arbitrariamente las palabras o las partes de una oración, que la estructura gramático-sintáctica se puede alterar, pero sólo cuando las frases tengan orden lógico o estén construidas armoniosamente. Juzguen ustedes mismos si las palabras de Bernardo están, o no, huérfanas de lógica y armonía. No quiero imaginar cómo será un texto de este… filósofo. “Infumable” es el apelativo más amable que se me ocurre.

Pero, no quería hablar de eso, sino de qué diferentes son las cosas según del lado que uno esté, ¿verdad? Vamos a suponer que las est…, perdón. Vamos a suponer que las palabras de Bernardo las hubiera pronunciado cualquier otro contertulio, y no digamos si hubiera sido alguien cercano a VOX. ¿No creen ustedes que el moderador se le habría echado encima sólo por semejante comentario? De no haber sido Bernat, la mayor parte de los que estuvieran en el estudio no habrían dudado en llamarlo fascista y lo habrían conminado a abandonarlo. Incluso cabe imaginar que alguno se hubiera levantado manifestando no sólo su desacuerdo, sino también su repugnancia a compartir micrófono y cámaras con alguien así.

Por desgracia, y ésa es lo peor del asunto, conozco  a más de uno que disculparía a sus compañeros de tertulia porque no se puede pedir que estuvieran rápidos de reflejos. No me lo creo, aunque vale. Pulpo animal de compañía. Lo acepto. Pero,  ¿Dónde están los del #METOO? ¿Han visto que hayan ardido coches o se hayan producido altercados en las calles de alguna ciudad o pueblo en España? A nivel mundial sé que no porque, mal que les pese a los independentistas, las cosas que ocurren en Cataluña importan poco fuera de España porque las consideran tal cual son: un asunto interno.

La desgracia, mal que le pese a Bernardo y sus admiradores, no es que VOX haya entrado en el parlamento catalán, sino que las cosas son según quién las diga. Se ha perdido el concepto objetivo de qué está bien, y qué está mal, en función del interés político. Esto no es nuevo. Ya se quejaba Ramón de Campoamor en el siglo XIX, y ha llovido mucho desde entonces, de que:

«En este mundo traidor

nada es verdad ni mentira

todo es según el color

del cristal con que se mira»