No teníamos el problema, y pudimos haber aprendido de lo que ya ocurría en otros países de nuestro entorno. Volvemos a decir, y seguiremos diciendo. Pudimos haber implementado una ley de inmigración acorde a nuestros intereses, sin que por ello olvidásemos esa parte de responsabilidad solidaria que debemos asumir, cuyo punto de partida es la realidad objetiva del mundo actual según la cual, a pesar de haber grandes y reales progresos, existe mucha pobreza y miseria, y una gran necesidad de participación. Teníamos, además, una población potencial de migrantes afín a nuestra cultura, y ahí teníamos también, si la cuestión era el color, a nuestros hermanos africanos de Guinea. A quienes hemos tratado con el mismo rasero que al resto, con quienes no tenemos nada que ver. Pero nada de esto se ha hecho, y hoy el problema de la inmigración nos sacude a todos los niveles, aumentando sus nefastas consecuencias. 

    No podemos extendernos más en tan pocas líneas, por eso hagamos referencia fundamental a los inmigrantes musulmanes que por millones tenemos, con sus mezquitas diseminadas ya por toda la geografía española, e imponiendo su ley y sus costumbres en determinados espacios sociales: barrios, cárceles y colegios. 

    Pero como seguimos sin ver el problema en toda su realidad, a los que ya tenemos se les están agregando los que nos está mandando el Moro cada ver que le apetece o se disgusta; que allá, en la morería, sabe, y de sobra, que somos un país sin conciencia de identidad, totalmente adocenado por la cultura hedonista de estos últimos cuarenta y cinco años, y mayormente cobarde. Un país en el que ninguna de las instituciones que conforman el Estado cumple como es debido, pues todo es apariencia más o menos impostada, comenzando por la misma Jefatura del Estado, cuya función es práctica ninguna.  

    El debate en Francia es ya de urgencia nacional. Donde la cuestión de la presencia musulmana como gran problema nacional aparece en los espacios mediáticos de mayor audiencia, calificándose, por fin, de extremadamente peligrosa para la vida física de los franceses y quebrando de la identidad nacional. Discurso que es criticado por la izquierda anticlerical francesa y la población musulmana que consideran de tremendo error el argumento que criminalizar a los criminales, porque dificulta que la sociedad sea partícipe y conocedora de la complejidad de esta cuestión. Complejidad que tenemos que tragar, por más dañina que nos sea, y además sin ningún tipo de corresponsabilidad por parte de los países musulmanes respecto a nuestra cultura, ideas o valores. Complejidad musulmana a la no se sabe por qué razón tenemos que comprender y aceptar de buen talente, aunque  en ello nos vaya la vida, la hacienda y la patria.  

    Hoy la penetración musulmana en Europa es evidente, y por eso mismo muy preocupante. En determinadas ciudades de Europa ya hay regidores musulmanes, y los hay también en los parlamentos nacionales. Y a pesar de los años que puedan llevar viviendo entre nosotros, hablamos de gentes, en su gran mayoría, que siguen sintiéndose marginados. Marginados, porque basta que se les niegue el acceso a una discoteca, a un alquiler o a un trabajo para que muchos se radicalicen. Que es otra excusa para encontrar sentido al terror por parte de algunos de los nuestros. 

    Por eso la presencia del yihadismo no puede quedar en un segundo plano por más adaptados que les veamos, y algunos sean nuestros vecinos y hasta nos den los buenos días. Siendo entonces que si la postura debe ser la prevención, la consecuencia es el rechazo. No podemos seguir esquilmando nuestros presupuestos gastando miles de millones de euros en vigilarles. Aparte de ser una cuestión de justicia en cuanto a la corresponsabilidad que los países musulmanes no implementan respecto a la cultura occidental, cada vez más rechazada. Porqué vamos a ver, ¿cómo se trata a los cristianos y a nuestra cultura en los países musulmanes?

    Ahora bien, si de lo que se trata es de preguntarse cómo hemos llegado, como ha llegado Europa a padecer este problema, y España principalmente, la respuesta no es otra que haber abandonado la cultura que conduce a la verdad de las cosas, de la historia, de la vida y del hombre para asumir la cultura de los círculos “discretos” que como grandes operadores trasnacionales han impuesto a las sociedades europeas, que han aceptado acríticamente esta espantosa cultura.