De acuerdo con la Real Academia Española, “adaptación” es la acción y el efecto de adaptar o adaptarse, significando adaptar hacer que un objeto o mecanismo desempeñe funciones distintas de aquellas para las que fue construido; acomodarse, avenirse a diversas circunstancias, y acomodarse a las condiciones del entorno. Buen sinónimo de adaptación es mimetización, o acción por la que se imita a algo o a alguien, adoptando la apariencia de los seres de su entorno. Esto puede servir para insectos y reptiles como el insecto palo, el camaleón o la práctica totalidad de los políticos del último medio siglo, si contamos desde la gestación de la considerada octava ley fundamental del Reino, esto es la Ley para la Reforma Política, aprobada en 1976. Mediante esta ley, según Torcuato Fernández Miranda y su paso de la ley a la ley por la ley, aunque esa ley implicara la legalización del gran derrotado en nuestra Cruzada, el Comunismo, se establecieron las condiciones mínimas para elegir unas Cortes por sufragio universal y las habilitó para proceder a la reforma constitucional de las Leyes Fundamentales siendo el principal instrumento jurídico que permitió articular la Transición española y culminar en la vigente Constitución de 1978.

Por el contrario y, de nuevo según la RAE, actualizar es hacer actual algo o darle actualidad. Esta actualización estaba, desde el primer momento, así lo demuestra el discurso que, tras del decreto de unificación de abril de 1937, pronunció en Salamanca Francisco Franco, Caudillo de España por la gracia de Dios y Generalísimo de los ejércitos.

Este hombre, con su Régimen de autoridad y libertad, ordenado al bien común de la Nación y sin otros pilares que la fe católica, la unidad de España, la familia y la Justicia Social, pudo en 40 años llevar a nuestra Patria desde el comunismo de Frente Popular y la ruina de la guerra civil, a un estatus digno de las mejores naciones. Analfabetismo erradicado, sanidad universal, autosuficiencia energética u octava potencia industrial del mundo, con unos índices de desempleo y una deuda exterior prácticamente insignificantes. Y todo, sin unos impuestos confiscatorios o sin la ayuda de un plan Marshall, protagonizando así lo que se considera “el milagro español”.

Hoy, sin embargo, los insectos y reptiles que protagonizan nuestra política quieren relegar al olvido esos logros por medio de inicuas leyes sobre una memoria sesgada, donde lo que no les gusta o interesa se borra de libros, calles, monumentos, archivos, museos… llegando, incluso a amenazarse derechos fundamentales como la libertad de expresión o de cátedra.

Muchos nos preguntamos cómo puede ser posible tanta tropelía talibánica en una nación, presuntamente democrática de la Unión Europea. Y hace muy poco he hallado en las palabras de un amigo mío una reflexiva respuesta que voy a parafrasear, porque la considero indefectiblemente atinada. Viene a decir su reflexión que la Historia es la parte más importante del presente y sobre todo de quien quiera tener futuro. Si no sabes lo que hemos sido es muy difícil que sepas los errores que has cometido en el pasado y hacia dónde deberías ir. Y, en el contexto histórico, los aciertos del régimen de Franco fueron tan notables que hoy tienen que prohibirlos, porque la comparación sería sencillamente odiosa para los políticos actuales, por lo que la figura de Franco se rescatará con el tiempo de una manera exponencial y muy superior a Napoleón y a cualquier otra persona que ha constituido su nación.

Franco tenía una idea y un proyecto fundamentado en categorías de la razón y no en conveniencias del momento. Los que gobiernan hoy no pueden tener nada porque dependen de lo contentos que estemos los votantes cada dos o cuatro años. Por eso viven pendientes de sondeos, como los del CIS de Tezanos, y sus programas y discursos deben ceñirse a lo que a una ciudadanía cada vez peor formada y más egoísta y hedonista desea oír. De forma que, en los actuales discursos de la mayoría de los partidos y sus corifeos ya no interesan las categorías de la razón sino las decisiones de la voluntad.

Así se ha hecho realidad lo que ya en 1933 fallaba José Antonio Primo de Rivera: “Para el Estado liberal sólo era lo importante que en las mesas de votación hubiera sentado un determinado número de señores; que las elecciones empezaran a las ocho y acabaran a las cuatro; que no se rompieran las urnas. Cuando el ser rotas es el más noble destino de todas las urnas. Después, a respetar tranquilamente lo que de las urnas saliera, como si a él no le importase nada. Es decir, que los gobernantes liberales no creían ni siquiera en su misión propia; no creían que ellos mismos estuviesen allí cumpliendo un respetable deber, sino que todo el que pensara lo contrario y se propusiera asaltar el Estado, por las buenas o por las malas, tenía igual derecho a decirlo y a intentarlo que los, guardianes del Estado mismo a defenderlo.
De ahí vino el sistema democrático, que es, en primer lugar, el más ruinoso sistema de derroche de energías. Un hombre dotado para la altísima función de gobernar, que es tal vez la más noble de las funciones humanas, tenía que dedicar el ochenta, el noventa o el noventa y cinco por ciento de su energía a sustanciar reclamaciones formularias, a hacer propaganda electoral, a dormitar en los escaños del Congreso, a adular a los electores, a aguantar sus impertinencias, porque de los electores iba a recibir el Poder; a soportar humillaciones y vejámenes de los que, precisamente por la función casi divina de gobernar, estaban llamados a obedecerle; y si, después de todo eso, le quedaba un sobrante de algunas horas en la madrugada, o de algunos minutos robados a un descanso intranquilo, en ese mínimo sobrante es cuando el hombre dotado para gobernar podía pensar seriamente en las funciones sustantivas de Gobierno
”.

Éste es el triste panorama de lo que hoy sufrimos y de la necesidad de los políticos de adaptarse o mimetizarse. Frente ello bien se puede oponer, como colofón las citadas palabras que, pensando en la continua actualización, pronunciara el Caudillo en Salamanca, el 19 abril de 1937: “Con la conciencia clara y el sentimiento firme de mi misión ante España, en estos momentos, de acuerdo con la voluntad de los combatientes españoles, pido a todos una sola cosa: Unificación. Unificación para terminar en seguida la guerra. Para acometer la gran tarea de la paz, cristalizando en el Estado nuevo el pensamiento y el estilo de nuestra Revolución Nacional. Esta unificación que yo exijo en nombre de España, y en el sagrado nombre de los caídos por ella, no quiere decir conglomerado de fuerzas, ni concentraciones gubernamentales, ni uniones más o menos patrióticas y sagradas. Nada de inorgánico, fugaz, ni pasajero es lo que yo pido. Pido unificación en la marcha hacia un objetivo común. Tanto en lo interno como en lo externo. Tanto en la fe y en la doctrina como en sus formas de manifestarlas ante el mundo y ante nosotros mismos. Para esta unificación sacra e imprescindible -ineludible- que está en el corazón de todos y que ahoga esas minúsculas diferencias personales que el enemigo alienta con su habitual perfidia, me bastaría con invocar la urgencia de aquellas dos grandes tareas, como acabo de hacerlo. Pero es que también existen razones profundas e históricas, para ello, en la marcha de nuestro Movimiento Nacional. En este instante -en que Dios ha confiado la vida de nuestra Patria a nuestras manos para regirla- nosotros recogemos una larga cadena de esfuerzos, de sangre derramada y de sacrificios, que necesitamos incorporar para que sean fecundos y para que no puedan perderse en esterilidades cantonales o en rebeldías egoístas y soberbias, que nos llevarían a un terrible desastre digno sólo de malditos traidores. y que cubriría de infamia a quienes lo provocasen. El Movimiento que hoy nosotros conducimos es justamente esto: un movimiento más que un programa. Y como tal está en proceso de elaboración y sujeto a constante revisión y mejora, a medida que la realidad lo aconseje. No es cosa rígida ni estática, sino flexible”.

Es decir, se prevé y anuncia una actualización y una evolución, supedidadas a la unidad y sin necesidad de rupturas. Dicho todo esto, citando a Sócrates, hago una invitación final al lector: “Obsérvate sin ceguera y di con precisión y coraje lo que estás sintiendo”.