No pienso tolerar que nadie atente contra mi libertad personal y menos que una pandilla de criminales que llevan casi dos años atemorizando a las gentes me digan lo que tengo que hacer y además contra mi voluntad. Está muy claro que el miedo en una masa de gente es suficientemente interesante para manipular y crear una sociedad sin visión clara ni raciocinio.

         Esto viene al caso de las mal llamadas vacunas. Las gentes comulgan con ruedas de molino y sin oponer un poco de inteligencia hacen lo que se les pide primero y luego lo que se les ordena. Desde China con colaboración americana y francesa, no lo olvidemos, produjeron un virus para controlar a las sociedades dentro de un proyecto global de ingeniería social basado en la muerte discrecional y el miedo. Han pasado muchas cosas y muchas víctimas mortales y demasiadas mentiras. Después de los muertos ya sabidos antes de que empezaran a caer y después de que los estados montaran un negocio criminal con las mascarillas y los epis. Quiero recordar que aquí teníamos a nuestros sanitarios protegidos, es un decir, con bolsas de basura y mascarillas de pintores, ¿verdad Illa? Después, llegaron como caídas del cielo y en un tiempo de vergüenza las ansiadas vacunas salvadoras y se empezó a suministrar masivamente a todo el mundo ese compuesto de experimento transgénico que iba, según nos mintieron, a conseguir una inmunidad de rebaño y que aparte de forrar de pasta a las farmacéuticas y cepillarse a unos cuantos ingenuos por los efectos secundarios aún desconocidos a medio y largo plazo de las mal llamadas vacunas, lo que sí se ha conseguido es una mentirosa inmunidad, en todo caso de borregos.

         Yo no me he inoculado ni lo pienso hacer. Primero porque no me da la gana, que a mi edad una pandilla de analfabetos me diga lo que tengo o no tengo que hacer. ¿Se acuerdan cuando este verano salió la indigente mental de la Darías en la caja tonta a decir que fuera los bozales y que había que reivindicar las sonrisas? ¿Se acuerdan? Lo de la sonrisa es porque aparte de ser unos tarugos son muy cursis. Pues bien, yo no me pienso poner ningún bozal al aire libre porque no me da la gana. Hay un ruido mediático que huele a "bulo informativo" que dice que en Israel país que tiene a su pueblo llenos de bajonazos que las pobres gentes parecen acericos andantes, ya van por la cuarta dosis de refuerzo, agárrense, dice el rumor que el gobierno está barajando los pros y contras de poner algún tipo de distintivo a los no vacunados. ¿Es que el atropello del pasaporte covid no les parece suficiente control? ¿De verdad?  No me lo creo, pero teniendo en cuenta como está el patio nunca se sabe hasta donde pueden llegar los gobernantes de turno. Qué pena. Que le pregunten al presidente de Canadá el tal Trudeau que piensa hacer con los empleados no inoculados, ya está empezando a mandarles a la puñetera calle. El gobierno italiano quiere inocular obligatoriamente a los mayores de 50 años. El enano de Macron ha dicho hace un par de días públicamente que piensa hacer la vida imposible a los no vacunados. Al tenista Djokovic ya se la están haciendo por negarse al pinchazo. Así está el mundo y mientras las urgencias de los hospitales repletas de vacunados en proporciones bastante altas. Cuando se decía que era una barbaridad inocularles a los niños esa basura, de repente se cambió el relato y había que pincharles y ya está, y sin ninguna prescripción pediátrica, qué menos, se empezó a pinchar a los críos a partir de los 5 años. El espectáculo de los aterrorizados padres haciendo cola para inyectar a sus hijos un compuesto transgénico que además nadie se responsabiliza de sus efectos secundarios, da bastante pena.

         Lo dicho, cada cual con su salud y la de sus hijos puede hacer lo que quiera, faltaría más. Yo, por supuesto, a la altura de esta película haré lo que en conciencia me parezca mejor para mi salud y creo que lo mejor está muy lejos de apoyarme un revolver en mi cabeza y jugar a la ruleta rusa. Me da igual también ese vergonzoso invento del pasaporte Covid porque no pienso, para tomarme un café, tener que enseñar a un camarero mi historial médico, hasta ahí podíamos llegar. Por lo aquí expuesto no me voy a inocular, no pienso cometer un atentado contra mi inteligencia y además porque no me da la gana.