El liberalismo está de moda. No es difícil imaginar a un tipo endomingado de pies a cabeza luciendo sus impolutos zapatos castellanos en una terraza del barrio Salamanca, a mascarilla descubierta, mientras alardea de saberse afín una doctrina arcaica en sus nuevas denominaciones –anarco-capitalismo, objetivismo… etc– con la cándida pasión del que ha encontrado un principio con el que resolver todos los problemas de la realidad.

 

El liberalismo parte un acierto: que el comercio es espontaneo o contingente, está afirmación no admite contradicción, es un fenómeno que se da en realidad, a partir de aquí se construye una teología abominable cuyo último fin es institucionalizar la avaricia, el egoísmo y la impiedad a través de la igualdad ante la ley, es decir lo propio, común y esencial del idealismo: la ruina consecuente de su aplicación práctica.

 

Hoy en día estamos saturados de los «ismos» o de idealismo –de ahí el sufijo– : feminismo,comunismo, especismo… todo se idealiza, se “platoniza”. En este caso aseguran los postulados liberales que cada hombre debe preocuparse su propio beneficio, que debe ostentar los derechos fundamentales sin límites con el fin de responsabilizarse de si mismo, así como el mercado no admite para su desarrollo positivo intervención alguna.

 

Es un punto de vista extremo, exagerado, errático de la realidad; el hombre no se preocupa solo de sus propio beneficio, no gusta de responsabilizarse solo de si mismo ni enteramente de sus actos, ni de un mercado sin límites o sin una mínima regulación, incurre en un error epistemológico de la misma categoría que el marxismo cuando se ciega ante la verdadera naturaleza del hombre: genuino pecador que es capaz tanto del exceso como del defecto.

 

Como ambas ideas son precisamente ideales y extremas necesitan colocar la voluntad en el extremo: o bien dirigir al hombre hacia una solidaridad asfixiante o hacia un exceso de egoísmo delirante, en ambos casos impuestos por la voluntad del legislador.

 

Así el comunismo crea sociedades privadas de la libertad de mercado, que más temprano que tarde termina por florecer fuera de la ley, es decir en forma de corrupción institucional mediante la malversación y el monopolio; o mediante la corrupción privada a través del narcotráfico, mientras que en la sociedades liberales terminan por imponerse los monopolios las grandes empresas y el dominio ideológico de magnates como George Soros que ejercen un poder absoluto de facto.

 

La virtud es el punto donde se encuentran el exceso y el defecto, el término medio, o la moderación; liberalismo y comunismo son dos hermanos de la misma madre, aunque uno luzca traje de domingo no es menos corruptor que el otro, los errores de uno conducen a la decadencia económica, los del otro a la espiritual y moral; pero « no solo del pan vive el hombre si no de toda la palabra que sale de la boca de Dios»  y el liberalismo al no sostener un proyecto entre hombres que dirigen su voluntad hacia un destino común es una garantía de indiferencia por la tradición de un pueblo que es a fin de cuentas aquello a lo que llamamos patria.

 

En el fondo las críticas recíprocas entre las dos tendencias aluden a sus contradicciones, que las tienen, porque son sistemas de pensamiento que excluyen realidades presentes y que elevan las ideas a relaciones causa efecto, las materializan en un vano intento por someter el orden impuesto por la contingencia a su propia voluntad, y eso como dirían los antiguos griegos «conduce a la ruina porque despierta la envidia de los dioses», lo que se resume en la irracionalidad lacerante de nuestro tiempo: no tener en cuenta a Dios.

 

Lo penoso es contemplar como sus partidarios se ahogan tratando de  argumentar porque unos están menos equivocados que los otros cuando ambos participan de la misma pobreza lógica. Mientras otros pasamos el día en nuestra parcela de exclusión social, aislados de un mundo que se nos hace ajeno y tremendamente fatigoso, sufriendo no solo el rebuznar de un puñado de fanáticos idiotizados , si no también las consecuencias de sus desvaríos.

 De decrépita y fanática califica nuestra piedad cristiana, nuestro compromiso con la verdad pero ya lo supo el buen Heráclito: que« El asno prefiere la paja al oro ».