La culpa de que se siga hablando del franquismo, casi cincuenta años después de la muerte de su líder, no es de los franquistas, que aceptaron de forma manifiesta y natural la realidad sociopolítica inmediatamente posterior a su fallecimiento, convencidos de aumentar o al menos mantener el progreso acumulado en el período histórico recién finalizado, sino de los rojos y de sus terminales, dispuestos, con patológica obsesión y taimada intención, a destruir dicha realidad con el principal y permanente objeto de denigrar la figura del Caudillo, y esforzándose, de paso, en borrar un período de la historia que pone en evidencia sus errores, sus incapacidades y sus crímenes.

 

Para entender esta enfermiza obstinación en el rencor a una figura histórica y a sus logros, es conveniente saber -como sucede en el esclarecimiento de cualquier crimen- las razones que mueven al criminal para cometer su delito. Y es que estos parásitos antiespañoles que viven de lo que envidian, aborrecen y temen, se pirran por alimentar el odio no sólo entre clases, sino entre toda la sociedad. Se trata, para ello, de crear un enemigo o enemigos ficticios para desviar la atención de sus infames propósitos. Y se trata de utilizar, a través de su agitprop, la inducción social, que es el término que usan los etólogos para designar la tendencia a obrar al unísono entre los miembros de grupos animales, que se ven llevados de modo irresistible a imitarse unos a otros.

 

Así, hemos padecido durante estas décadas una paulatina imposición ideológica que podemos definir como sociología antifranquista, que les ha dado sus frutos hasta ahora, momento en el que empiezan a abrirse algunos ojos que se mantenían cerrados. Hemos padecido también, para minimizar la obra del ultrajado, el cuento de que España ha seguido creciendo, sobre todo hasta quince años después de muerto Franco, tratando de ignorar las inercias correspondientes, así como el abundante dinero que entró en España, junto con la buena prensa con que, en general, nos distinguieron los medios occidentales para apuntalar la democracia; su impostada democracia.

 

Un cuento que resulta muy cínico o muy necio, porque si, a pesar del obstinado empeño de sus destructores durante la Transición, España aún se conserva entera, es gracias a la estabilidad con que, en todos los aspectos, la dotó el franquismo. Pero ya se sabe que los frentepopulistas y sus terminales nunca han seguido a la razón ni a la realidad, ni han dicho una verdad desde que se quitaron el chupete.

 

El caso es que, como suele decirse, hay gente especializada en matar a lanzadas al moro muerto. Siempre ha habido personas prestas a alabar al muerto porque ya no incordia ni da sombra, y otras, o las mismas, a aprovechar la ocasión para dar lanzadas al extinto, porque ya no puede defenderse, que es lo que están haciendo con Franco. Es obvio que, si Franco resucitara o apareciera un alter ego suyo, todos los chupópteros de hogaño perderían el culo por pasarse inmediatamente a sus filas, como hicieron en su momento en sentido contrario. Pues a todo cucañero le gusta adular al triunfador.

 

Lo cierto es que en esta tierra de caínes, más cainita todavía cuando la enseñorea la mugre frentepopulista, se lleva mucho el panegírico para los muertos de la antiespaña, tanto como el vejamen para los vivos que defienden a la patria o para los exangües que la hicieron una, grande y libre y que permanecen vivos en el recuerdo de la Historia.

 

El antifranquismo activo y destructor constituye un ejemplo de injusticia especialmente perverso, porque en él confluyen la intromisión en los más bajos fondos de la política, el uso abusivo de un imperio mediático, el interés económico y financiero, junto con la prepotencia de un grupo privilegiado y enriquecido, y el ensañamiento contra un símbolo o una persona que logró revestir a España -en sí misma y dentro del concierto internacional- del progreso y de la dignidad que sus enemigos no dejan históricamente de sustraerle.

 

Cuando las leyes y la justicia, movidas por el poder, se ceban tan cruelmente en una persona o un símbolo ejemplar en tantos aspectos, manifiestan un odio ciego y una perturbación monomaníaca. Pero la victoria de los fanáticos sobre la verdad, si es que llegan a conseguirla, ha de ser por fuerza fugaz y pírrica. Quedarán exhaustos de tanta envidia e inquina. La soberbia, el rencor y la psicopatía causan estragos, más si van unidos, como ocurre en el caso del antifranquismo activo y de sus activistas.