Se ha consumado la moción de censura presentada por VOX y la teatralización de la dialéctica política se ha hecho esperpento con el resultado de la acción parlamentaria que, sin duda alguna, traerá consecuencias no previstas en el desnivelado tablero político (CAT dixit).

La izquierda ha sabido utilizar  la estrategia de VOX. Esto, que era previsible y amortizable en los riesgos de la acción, dibuja ya al gobierno Frankenstein sin complejo alguno, investido de identidad plena  y perfectamente vendible a una opinión pública de izquierdas que ya acepta la mercancía sin alteración demoscópica, ni rubor ético alguno. Una amalgama ideológica que ya no esconde, ni maquilla tonalidades. La izquierda abertzale y el socialismo del PSOE pivota la vertebración del monstruo, presentando su mayoría de edad en la sede de la soberanía nacional.

Si en la izquierda su previsibilidad a pocos ha sorprendido, por el contrario, en la derecha el resultado de la moción ha derivado en un esperpento de desencuentros con resultado de incertidumbre y estupor que altera, notablemente, las relaciones políticas y personales en los dos partidos de la derecha.

El Partido Popular con su  taxativo “NO” a la moción de censura de VOX y su insultante e incomprensible argumentación de ataque a lo personal, inicia un proceso que desdibuja su identidad como partido mayoritario del conservadurismo liberal español. Su metamorfosis se ha consumado adulterando su naturaleza y utilidad como herramienta política de la derecha, consolidando, además, al mismo gobierno Frankenstein. El “aplauso” de Iglesias al discurso de Casado y la invitación de Sánchez a retomar la negoción del CGPJ dan fe de la evidencia.

El desconcierto  y perplejidad, por la voladura de todos los puentes con VOX que el PP provoca a conciencia, está generando, sin duda alguna,  una reacción de abatimiento y decepción en la derecha sociológica. El Partido Popular no ha sabido calibrar las consecuencias de su “órdago” de ruptura que, lejos de perjudicar a VOX, le beneficiará en el corto plazo, cuando el gobierno Frankenstein recoja el desastre social, económico e institucional que ha generado, sin que el “primer” partido de la oposición supiera frenarlo con eficacia, al menos, en la acción parlamentaria. Es el efecto boomerang que Casado no había contemplado. La ética de la acción se desequilibra por la estética de la forma en cómo lo ha llevado a cabo.

El PP con su respuesta suicida no va recuperar a su electorado de antaño. El comportamiento político de la “derecha  genuina”, que ya está en VOX,  no parece que volatilice con facilidad su articulación a un repliegue a su anterior vertebración en el Partido Popular. El grado de fidelidad de voto a VOX es hoy más acentuado que el propio al Partido Popular y se hace aún más intenso con el  “inmoral” ataque recibido por aquéllos de cierta aproximación ideológica y, supuestamente, aliados naturales de gobierno. Solo se entiende la estrategia de Casado como una acción de contingencia a la desesperada para ralentizar el sorpasso de VOX, ganar tiempo para la estrategia o esperar a que otros acontecimientos políticos equilibre las fuerzas de trasvase de votos.

El Partido Popular no ha sabido calibrar su posición de autonomía e independencia ideológica respecto a VOX, mostrando, a conciencia, una  equidistancia entre esta derecha genuina y la amalgama de izquierda radical que hoy suma mayorías. Este error no es solo deontológico sino, también,  estratégico. La ética política o, más bien, la escasez de ésta articula su efecto disfuncional. El rédito de la acción no compensa el perjuicio que ocasiona y, ello, va a disparar demoscópicamente a VOX.

Con la consumación de la “ruptura”  en el espectro político de la derecha, el tablero se desnivela aún más, dejando a VOX, en solitario, la oposición real y efectiva al gobierno en el parlamento y en la calle.

Hace unas semanas, cuando VOX anunció la presentación de su moción de censura, comenté aquí mismo los retos y riesgos que pudiera ocasionar para este partido su acción parlamentaria en su avance social o constricción demoscópica. En aquel análisis puse el foco en la articulación de cómo Santiago Abascal censurara al gobierno y planteara constructivamente, una alternativa creíble, vertebraría el éxito o fracaso de la moción de censura.

No se trataba, pues, de conseguir sumar mayorías, sino en la percepción que se tuviera de cómo se había articulado toda la acción. Al margen de las expectativas, perfectamente cumplidas en este sentido, pese a algún error cometido por alusiones algo desenfocadas, y por no haber aprovechado del todo el momento de oportunidad política y mediática para mostrar a un Abascal más presidenciable y convergente de las distintas sensibilidades de toda la derecha, sin embargo, el éxito de su “órdago” ha sido notable e incuestionable. Ahora toca a VOX  gestionar con inteligencia y estrategia el indudable efecto que ha tenido en el panorama político.