La “Marcha por la Paz”, celebrada el pasado sábado en Budapest en recuerdo de la revolución húngara de 1956, reunió a más de medio millón de personas según la policía de la capital. La manifestación también contó con una nutrida presencia de polacos e italianos que fueron saludados desde la tribuna. El grupo de italianos, entre los que se encontraba el contralmirante retirado y responsable de Defensa de La Lega, Nicola de Felice, cantó con entusiasmo “Avanti ragazzi di Buda”, un auténtico himno anticomunista escrito en honor de la revolución húngara de 1956. Su autor, Pier Francesco Pingitore, que en 2020 fue condecorado con por el gobierno húngaro, la compuso en 1966 por el décimo aniversario de la revolución y se fue haciendo cada vez más popular entre la derecha universitaria de Roma. En 1984 la canción fue grabada por primera vez por el Fronte della Gioventú de Trieste y su popularidad no ha dejado de crecer desde entonces.

Una canción con la que, el 21 de septiembre de 2019, Giorgia Meloni y Fratelli d’Italia homenajeaban a Viktor Orbán durante su intervención en Atreju, la fiesta de las juventudes del partido patriota italiano. Orbán dijo entonces que era la canción “más bella jamás compuesta sobre la revolución de 1956”. Meloni no ha olvidado esta fecha y ha reprochado a la izquierda su complicidad en el pasado y su silencio en el presente: “En esos años, el Partido Comunista italiano se puso cobardemente del lado de la Unión Soviética contra la demanda de libertad y democracia de los húngaros. Inolvidables las palabras de su dirigente Giorgio Napolitano: La intervención soviética no solo ha contribuido a evitar que Hungría caiga en el caos y la contrarrevolución sino a la paz mundial.  En los últimos días, ningún izquierdista ha dedicado una sola palabra a recordar esos hechos y pronunciar palabras claras de condena a la Unión Soviética y a las posiciones tomadas por el Partido Comunista Italiano. Silencio de toda la izquierda, silencio de los periodistas inquisidores, silencio de todos los que siguen pidiendo exámenes de democracia a la derecha”.

Un examen de democracia que se pide una y otra vez a países como Hungría y cuyo primer ministro es señalado como un “dictador” por las élites de Bruselas elegidas en oscuros despachos. Viktor Orbán, a diferencia de la inmensa mayoría de sus detractores, sabe lo que es enfrentarse a una dictadura y en la plaza Erzsébet de Budapest, donde terminó la marcha, recordó a los patriotas que hace 65 años se levantaron contra la tiranía comunista: “Los húngaros tomamos la decisión correcta; protestamos; nos mantuvimos erguidos, nos levantamos y luchamos. Eso significaba defender la libertad contra el cautiverio, la independencia contra la ocupación y los patriotas húngaros oponiéndose a los comunistas”. Desde el recuerdo de aquella lucha desigual contra el ogro soviético, Orbán recordó a los  burócratas de Bruselas que ni siquiera los comunistas habían logrado someterles, “somos el David que para el Goliat es  mejor evitar”. No fue el único dirigente húngaro en comparar ambas situaciones. La ministra de Justicia, Judit Varga, recordó en sus redes sociales “a los luchadores por la libertad húngaros que se enfrentaron a los tanques soviéticos en las calles de Budapest. Dijimos no al imperio soviético y decimos no a las ambiciones imperiales de Bruselas”. Lo cierto es que el gobierno húngaro sigue dando ejemplo de cómo defender su soberanía y el pasado miércoles presentó un proyecto de ley para proteger la seguridad ciudadana y endurecer las condiciones de asilo.

Hungría también puede presumir de haber creado un millón de nuevos puestos de trabajo, de bajadas de impuestos y mejoras de salarios, y de una política de familia y natalidad que ha frenado el invierno demográfico. Pero Orbán dejo claro que si se quieren proteger esos logros, además de la identidad y la libertad de Hungría, todos tienen que asumir su parte en la lucha que le espera a la nación. Y dentro de esa lucha la mayor batalla se libra en lo ideológico, en la llamada “batalla cultural” tan denostada por nuestra derecha blandengue. Orbán , que no tiene nada de blando, anunció la celebración de un referéndum para combatir la ideología de género: “Habrá un referéndum y protegeremos a nuestros niños. Hungría será el primer país de Europa que ponga fin a la propaganda LGBTQ en la puerta de la escuela”.

Pero no sólo se hablo de Europa o del levantamiento anticomunista, el próximo año hay elecciones en Hungría y por ese motivo se recordó otro 23 de octubre más cercano, el de hace 15 años, en 2006. En una grabación que se filtró a los medios de comunicación, el entonces primer ministro, el socialista Ferenc Gyurcsány, admitía haber mentido al pueblo húngaro sobre la situación económica del país. Decenas de miles de personas se manifestaron para pedir su dimisión y la marcha fue violentamente reprimida por la policía causando centenares de heridos. La violencia policial fue contestada por los manifestantes,  que incluso asaltaron el edificio de la televisión nacional, y durante tres días se produjeron graves enfrentamientos. Orbán recordó lo que había sucedido quince años antes: “A un lado había granadas de gas lacrimógeno, balas de goma, porras, agentes de paisano y cañones de agua. En el otro lado estaba una nación engañada y humillada que, 50 años después, tuvo que escuchar de nuevo que les habían mentido por la mañana, durante el día y por la noche”.

Gyurcsány es una de las figuras clave en la coalición  de la oposición contra Orbán y el primer ministro húngaro dedicó una parte de su intervención a los logros del gobierno socialista en Hungria: Enormes subidas de impuestos, tasas hospitalarias, eliminación de las ayudas familiares y una política de apoyo a los bancos internacionales que arruinaron  a miles de familias. “El país se vendió, todo se vendió a los extranjeros, incluido el aeropuerto, la empresa nacional de energía, los servicios públicos. Y después de que lo saquearan, todo el país estaba en bancarrota y la correa del FMI estaba atada a nuestros cuellos. Y cuando levantamos la voz, respondieron con gases lacrimógenos, balas de goma y con cargas policiales”. Por cierto, el 19 de octubre el gobierno húngaro anunció la próxima compra del aeropuerto internacional “Liszt Ferenc” de Budapest, que estaba en manos alemanas.

A pesar de la nefasta gestión de sus adversarios políticos,  Orbán es muy consciente de que la próxima contienda electoral no es únicamente con la oposición: “El verdadero reto, e incluso amenaza, son las fuerzas internacionales: el dinero, los medios de comunicación y la red que hay detrás”, en una clara referencia a la red de George Soros y sus intentos para desestabilizar a Hungría. Frente a esa amenaza, el primer ministro pidió a los asistentes que mirasen a su alrededor. “Esta es nuestra fuerza... ninguna cantidad de dólares o euros en el mundo puede arrebatarnos esto”. Orbán concluyó su discurso parafraseando a Julio César: “Hemos venido, hemos visto y volveremos a ganar. ¡El Señor nos mira a nosotros y a Hungría por encima de todo! ¡Vamos Hungría! Vamos húngaros!”