Sobra la grandilocuencia y no digamos si hablamos de actitudes de salón. Admitamos que hemos llegado, que España ha llegado a una situación irreversible en muchos aspectos, a los que sin remedio alguno tendremos que acostumbrarnos, siendo que España no será ya nunca como pudo haber sido y quisimos que fuera. Esto es así, y cuanto antes se admita menos pesar llevaremos algunos en el alma. Cada pueblo tiene lo que se merece, y hay muchos culpables. Dejemos entonces su parte a la Historia.

Ahora bien, como la quiebra de nuestro modelo político, social y económico, y la inseguridad que tenemos de salir adelante nubla el entendimiento, como dice la leyenda de la famosa salsa Perrins… “Perdimos el imperio pero salvamos la salsa”, es en lo que deberíamos estar: hacer frente a este emponzoñamiento y salvar la quiebra nacional a la que nos aproximamos. Y es así, porque los pueblos necesitan racionaliza la vida, no tanto sobre el análisis coste-beneficio como desde la de armar un relato nacional.

A estas alturas de agosto debería estar diseñado el programa para hacer caer al Gobierno en octubre. A este monstruo capaz de todo, salvo de hacer algo bien. Tómense las decisiones oportunas sin perder de vista el panorama político al que nos aproximamos después de las vacaciones: el escenario laboral que se abre para muchas empresas y trabajadores y el infierno social que esperamos cuyo grado de destrucción hoy por hoy desconocemos. Y si la crisis nacional muta a peor, que es posible, pues no podemos descartar el alzamiento definitivo de Cataluña al que le seguiría el de Vascongadas, el esquema no debería descartar apoyarse en la acción expeditiva de la fuerza. Y es que hay que salvar lo que se pueda. Hasta Ana Belén, la roja que de joven enseñó todo su cuerpo desnudo para promocionarse, se ha vuelto patriota y declara: “Me da vergüenza que España sea la mofa de Europa”. Los conversos ya forman varias legiones.

Yo, como algunos otros colaboradores en este Correo de España, he apelado al Rey a fin de que hiciera frente a la situación. Pero yo, como seguro que otros colaboradores, no confió demasiado en Felipe VI. Entre otras razones por algo que no se puede minimizar: la dignidad del estar. ¿A qué me refiero?

Pues, a que forzado el Emérito al exilio, que hasta puede que no se le deje venir a morir a España, su Familia ha comenzado a disfrutar de días de sol y playa como si nada hubiese ocurrido y estuviera ocurriendo. Bien es cierto que algunos calificarán este comportamiento de “profesional”, muy propio de los Reyes que en el mundo son, capaces de ocultar sus sentimientos más personales por el bien de sus pueblos. Comportamiento profesional que por ciencia infusa también aprenden las plebeyas que llegan por casamiento a los tronos. Así.

La esposa, siempre tan anodina, disfrutando con su inseparable hermana, un calco de los Hermanos Guerra, en el Palacio de Marivent, sin escatimar salidas como si en el palacio no tuvieran las dos hermanas todo lo necesario y lo suficiente.

El hijo, la esposa y las niñas unos días allí y otros allá, con sus ridículos y alegres posados, porque esto de la Corona es un negocio a transmitir a los hijos: Felipe VI & Leonor y Hna. S.L

Y nietos, sobrinos, primos y demás ascendentes y descendentes en grado y línea de parentesco con sus dicharacheros tuits: “viva mi abuelo”, “viva la Corona”, “viva mi tío, que es el mejor”, “siempre a los pies de Leonor”… 

No digo que la esposa del exiliado y menos aún ese último resto que tira de tuits tengan que estar pendientes de las encuestas, pero sí el Rey por él y por su hija, según las cuales: dos de cada tres personas entre los 55 y los 85 años les quieren; una de cada tres entre los 35 y los 55 les aceptan con reparos, y tres de tres entre los 18 y los 35 años son partidarios de la República.

Pero las encuestas dicen algo más, aunque no lo explicitan, las encuestas dicen… Hay que ejercer el liderazgo.