Descristianizar la sociedad es un claro objetivo de esta izquierda que soportamos intermitentemente desde su llegada al poder. Su obra de demolición moral, todo hay que decirlo, tampoco ha sido corregida hasta devolverla a sus orígenes de sociedad mayoritariamente católica como, pese a quien pese, es la nuestra por una derecha torpe y también sumamente cobarde. Año tras año se van notando sus efectos devastadores y uno de los más tristes de ellos es eliminar el espíritu de la Navidad.

 

         Antes la Navidad estaba representada por los nacimientos que nuestros padres colocaban en lugar preferente de las casas. También estaba representada por el ritual de llevarnos de paseo por el centro de la ciudad, en mi caso en Madrid, a ver las calles adornadas con luces que dibujaban ángeles, estrellas y reyes magos siguiéndolas. Brillantes luminarias de San José y La Virgen con el niño, eran el centro y motivo de nuestra atención. Nuestra Navidad era la cena de Nochebuena en familia y a las doce de la noche muy abrigados por nuestros padres acudir todos juntos a la misa del gallo. La Navidad era las vacaciones y el despertarse con el soniquete inconfundible el día 22 del canto monótono y maravilloso de los niños de San Ildefonso realizando el sorteo de la lotería y este hecho era el arranque de estas fiestas que tenían perfume de turrón y banda sonora de villancicos Mi Navidad era la ilusión de tomar las uvas toda la familia juntos y antes de que pasaran por la tele el primer anuncio del año ir al Cristo que preside la vida en mi casa y darle gracias. La Navidad era ir a ver a los Reyes Magos pasar en sus carrozas cuando las cabalgatas eran desfiles de ilusión al ver allí delante de tus ojos a los Magos de Oriente. 

         La Navidad que vivíamos nosotros era esa duda de pensar si lo que escribimos en nuestra carta pidiendo los regalos del seis de enero se iba a traducir en realidad. La Navidad, gentuza de la izquierda, es la conmemoración de, nada más y nada menos, que la venida reiterada a través de los siglos del niño Dios a nuestras almas para reconfortarlas con su soplo divino y vosotros con vuestras políticas de odio a todo lo que tenga que ver con la moral y la religión, pretendéis cobardemente vaciar de contenido su significado y lo hacéis ante una sociedad como la nuestra cada vez más vacía y más enferma. 

         El globalismo diabólico que encarnáis es incompatible con Dios y su significado, por eso lo abrazáis.  Intentáis consolidar el concepto absurdo de celebrar "el solsticio de invierno" como símbolo sustitutivo de una verdad de siglos que os quema. Habéis robado a nuestros pequeños la ilusión de sentir lo que nosotros sentimos en nuestra infancia. Estáis matando la inocencia y eso a la larga lo tendréis que pagar.
    Este año, como los anteriores desde hace ya demasiado tiempo, la ciudad de Madrid no tiene en su iluminación ni en su ambiente ningún referente que nos indique la llegada de estas fiestas religiosas, ni un solo símbolo cristiano. El árbol luminoso de sol puede estar allí o en Arabia Saudí, su significado en todo caso es neutro y fríamente aséptico. El belén que ha colocado el ayuntamiento es un símbolo también vacío de contenido porque si por ellos fuera se habían evitado la molestia. En definitiva. La Navidad, no se equivoquen, estaba y sigue estando viva en los símbolos que encarnan nuestras creencias religiosas y también, por qué no, en aquella publicidad entrañable que todos recordamos con una sonrisa de nostalgia en la cara, de las muñecas de Famosa dirigiéndose a llevar al divino niño su cariño. Donde seguro que no está, aunque ustedes, mamarrachos de la izquierda y ustedes mamporreros del Corte Inglés se empeñen, es en el hecho de poner ridículas orejas puntiagudas a unas pobres criaturas ajenas a toda está peligrosa ingeniería social que pretende destruir sus almas.