Tarde o temprano, aunque sólo sea por lo de no hay mal que cien años dure, habremos pasado la pandemia y nos quedaremos con el resto de nuestros males. Digo esto porque no creo que seamos capaces de librarnos fácilmente de la calamidad de clase política que nos gobierna.

Una clase que ha ido deteriorándose progresivamente hasta alcanzar su máxima expresión con el dúo Sánchez-Iglesias, su gobierno y la casta que lo compone.

La mediocridad, tanto en lo intelectual como en lo académico, venía acompañado desde la transición a parte de la izquierda de este país. Recordemos a ministros como Pepe Calviño, así llamado supongo que, porque ni tuvo ni supo ganarse el prestigio de un ministro de España. En cualquier caso, se le veía esforzarse en alcanzar altura, entiéndanme, en mostrar una cierta apariencia donde no la había. Todos vimos como pasaron de ser unos descamisados, a la chaqueta de pana y finalmente al Corte Inglés. Vamos que por lo menos alguien les obligó a esforzarse para dar una cierta apariencia.

Hoy, sin embargo, lo que prima en el desgobierno es ser un/a garrulo/a como dicen ellas y ellos. Se habrán dado cuenta de que me estoy refiriendo entre otros/as a la ministra de Igualdad. Hortera en apariencia y en intelecto y auto descalificada cada vez que abre la boca, para hablar, claro.

A la mediocridad le acompaña la falta de valor que se traduce metafóricamente en aquello de “no me muevo que no salgo en la foto”. La política evoluciona y es constructiva cuando se aporta, cuando se arriesga. Se convierte en una profesión, cuando es preferible dejarse llevar por la corriente en espera o buscando esa ola que permite perpetuarse en el oficio. La herramienta de los mediocres.

Fruto de la mediocridad y de la cobardía es la mentira, la madre de todos los pecados. Seña de identidad del gobierno Sánchez-Iglesias, de un gobierno de mediocres y cobardes. Que miente para hacer frente a una crisis como la del covid, sin pudor, con arrogancia, con desprecio y altanería porque mentir con 40.000 muertos a sus espaldas es el arma de los desaprensivos y hacerlo con la impunidad con que lo hacen es propio de la vida en cavernas.

Ahí está la patraña del Comité Técnico para la desescalada, que ni estuvo ni se le esperaba. Una mentira tan grosera como innecesaria y confirmada por el ministro filósofo Illana. Si no existió el referido Comité, nos tenemos que preguntar quién dio soporte a las decisiones políticas en la desescalada.  Nadie. Las decisiones fueros discrecionales por parte del ministro y en consecuencia erróneas de la primera a la última. Por ello, quizá estemos ahora pagando las consecuencias. ¿Quién responderá de ello?

Son tan bandidos, políticamente hablando, que han pretendido cargarles el mochuelo a los funcionarios del Ministerio de Sanidad. Excelentes y acreditados profesionales, sin duda, pero funcionarios y por tanto difícilmente inmunizados frente a la presión política. Lo sabían y lo saben el par de dos, Illana y Simón.

Si lo de este Comité ha sido una mentira, qué podemos pensar del resto de Comités, varios, anunciados a lo largo de la crisis. Pues que o bien han sido otra mentira o bien han sido brindis al sol para mantener las apariencias. Lo cual resulta factible dado la escandalosa, pésima y letal gestión de la pandemia.

Soportados estos meses de pandemia, desescalada, normalidad, rebrotes y antesala de nuevo confinamiento, nos debemos preguntar qué hubiera pasado si las cosas se hubieran hecho por responsables serios, formados, con valor y leales ante todo a los ciudadanos a quienes tienen el deber moral de servir.

La respuesta es muy sencilla. Muchos de nuestros mayores estarían con nosotros, nuestros profesionales no habrían sufrido el azote del virus sin equipos de protección, nuestros hospitales no se habrían colapsado, el confinamiento no habría sido tan prolongado y la recuperación económica estaría siendo ya un hecho.

La mentira tiene eso, las patas muy cortas y se le pilla enseguida.  Desgraciadamente aquí ha pasado lo que ha pasado y está pasando lo que está pasando y nuestro sistema permite que prospere esta casta y no pase nada. Nos pasa a nosotros, a los españoles que hemos sufrido, estamos sufriendo y nos queda por sufrir lo que no está escrito mientras ellos se preparan para maquillar su mediocridad, su cobardía y sus mentiras y echarle la culpa a la oposición, al Borbón, a los curas, o al Cabo Furriel.