Cuando pienso en el asesinato protocolario de mi padre, también el de mi suegro, saturados de morfina un 29 de marzo y un 22 de abril de 2020, muertos sin velar y enterrados en soledad, practicada una eutanasia encubierta y masiva en ese visceral lapso de muerte orquestado tras el oscuro cortinaje de un desgobierno criminal, entiendo que la impunidad es solo una apariencia pues es tal la ignominia que llevan acumulada Pedro Sánchez y sus obedientes esbirros que no hay futuro si no es el del castigo, no el de la venganza correspondiente a Dios. Aunque justo sería el ojo por ojo, diente por diente, excusada quedaría la inspiración de la reciprocidad por el infinito daño infligido, la Ley del Talión se aplicará a estos escorpiones y serpientes una vez hayan muerto, cuando carcomidas sus repugnantes vísceras que les hieden vivos, las repulsivas almas reciban intensa e insoportable y continuada tortura de dolor que han provocado arbitrariamente sobre la tierra. En tanto no sería injusto que en el hartazgo de soportar a estas bestias, se levantara un descomunal tsunami de indignación para asaltar materialmente el yugo de estos delincuentes que deberían llevar escrita en la frente la fecha de caducidad. 

 
Como el macarra de Vallecas, Pablo Iglesias, trilero delictivo disfrazado de política, el pringado que con malas artes accedió al poder más tóxico del sanchismo con un no menos tóxico y pringado energúmeno Pedro Sánchez-incapaz de juego limpio ni conciencia-, quien ahora se dispone a abandonar el Gobierno para intentar tomar al asalto la Comunidad de Madrid. Por un error de cálculo habrá de abandonar el 30 de marzo la vicepresidencia segunda, renunciar al parapeto que lo protegía de los embates judiciales; mostrarse al descubierto con sus miserias y responder por las responsabilidades delictivas de un cargo que ha propiciado, con el objetivo primario del rédito político, un genocidio en el que está implicado un gobierno de anómalos seres, indistintamente desalmados salvo alguna excepción que no queda eximida de culpabilidad por prestar apoyo al núcleo delictivo de la influencia monclovita. 
 
Tal es su estulta soberbia que el ignorante y mediocre profesor de la Complutense, con autosuficiencia se ha bastado para errar en la estrategia al no consultar a la Abogacía del Estado sobre las consecuencias de una decisión que convierte en incompatible la permanencia en el Gobierno. Y no sabe el malicioso portador de la chepa, acaso la carga de sus malicias le pesan cada amanecer, el calibre de las ganas que se guardan a la espera del momento propicio para darle caza jurídica. De la otra solo Dios apunta y dispara. 
 
Cuando pienso en el asesinato de 120.000 personas, la deformación moral de la sociedad española, el liberticidio a propósito de planes ocultos por parte de una caterva de tantos hijos de Satanás sueltos, confío en las vicisitudes de esta existencia, su conforme y repetida ley de compensación, la causalidad de las circunstancias y la recogida de cada siembra para saber que tarde o temprano los culpables comparecerán ante el tribunal de la vida para rendir cuentas pendientes. La deuda contraída se pagará después de muerto-terror debería tener el bolivariano, y tantos, si la vanidad se lo permitiera-pero justo sería que un ejército de competentes representantes de los españoles se dispusiera a crear un frente de justicia para exterminar su delictiva carrera personal. Solo merece la cárcel y un esparadrapo en la sucia boca sembradora de cizaña, por la sufrida España y el genocidio contra nuestros seres queridos.