Para quien quiera ver con los dos ojos, y con independencia de ideologías y posicionamientos políticos personales, el acto electoral llevado a cabo por VOX en Vallecas el pasado día 7 ilustra de manera elocuente tanto la libertad democrática que se estila hoy en España como el alevoso asedio a VOX, solo frente a todos, en su defensa no sólo de esa libertad secuestrada por los frentepopulistas y sus cómplices, sino de la unidad y del respeto patrio, de la familia, de las tradiciones, del derecho, de la educación, de la religiosidad y de la cultura.

 

Conocer, afirmar la realidad, constituye una necesidad para el hombre de principios; del mismo modo que el hombre débil necesita, a impulsos de su debilidad, esa cobardía, esa huída de la realidad que es el autoengaño. Y el caso es que en nuestra realidad sociopolítica actual, la evidencia es que VOX sufre un intolerable, infundado e infame cordón sanitario. Algo que a cualquier alma noble debiera repudiar y que es verificable día a día en los medios informativos generalistas, en el comportamiento de los restantes partidos parlamentarios o de la casta, así como en la calle, cada vez que convoca un acto público.

 

Y cuando decimos que VOX está solo contra todos no nos referimos únicamente a la soledad ideológica en la defensa de unos valores hoy aherrojados por la barbarie, sino también al desamparo físico que sufren sus militantes y seguidores, amenazados y agredidos por enfrentarse al Sistema, es decir, a las sinecuras y prebendas de la casta partidocrática corrupta y corruptora y de sus afluentes redes mafiosas.

 

Y ante esta realidad, ante esta indefensión que mediática y físicamente padece, ¿tienen algo que decir en su conjunto los espíritus libres, los hombres de bien? ¿Tienen adecuadamente abiertos los dos ojos o la claridad los ciega? Porque si es obvio que al resentido, al creador de odios, no le está permitido conocer, porque los depravados necesitan la mentira para sobrevivir, pues esta es una de sus condiciones previas para conservarse, esto no puede ocurrir al hombre noble, cuyo ideal es el cumplimiento de la justicia, al contrario del hombre vulgar y resentido, que tan sólo aspira a obtener su propia ganancia y la ruina de su prójimo.

 

¿Hay entre los nuestros alguna duda de por qué se estigmatiza a VOX, único partido parlamentario y con posibilidades de cambiar las cosas, si no es precisamente porque se opone al chiringuito montado por los que han enfangado y denigrado a la patria? Si sólo a él afrentan y golpean ¿no será porque de veras lo temen, sabedores de que es el único que en la actualidad puede alzar la bandera del pueblo industrioso, sano y regenerador?

 

Todos sabemos que denunciar la corrupción institucionalizada y servir a la verdad, yendo a contracorriente, es duro. Y VOX lo está pagando caro. Desde que este partido adquirió una cierta relevancia social, los poderes fácticos y sus esbirros están tratando de amedrentarlo y aniquilarlo mediante insidias y agresiones. Cuando el animal de rebaño se apropia de la más pura virtud, es porque el individuo excepcional ha sido degradado a la categoría de malvado.

 

Existe algo en la atmósfera de lo humano que puede definirse como rencor a lo eximio, a lo magnánimo, a la abnegada defensa de los valores. Una obra, una acción generosa, una protección a los principios obtiene, desde la orilla opuesta, un abominable silencio o un criminal golpe, porque siempre se ha procurado arrojar a la oscuridad más espesa o al ostracismo más inhóspito a quien denuncia la injusticia.

 

Parece que nadie ofende más íntimamente que el que marca de repente una distancia frente a lo aborregado y manido. Y VOX se ha distanciado de la casta partidocrática con una inequívoca línea programática y un decidido derroche y riesgo físico. Sus acciones surgen de lo más hondo, de la voluntad más imprescindible hoy: la regeneración de España. Y eso no lo pueden permitir quienes han hecho de nuestra patria una finca particular, pues cuando la mentira pretende a toda costa aparecer como verdad, se designará al auténticamente veraz con los peores calificativos.

 

Ante la grave circunstancia que padece nuestra nación no podemos parecernos a esos sectarios y fanáticos -de izquierdas y derechas-, siempre tan pintorescos, que prefieren ver gestos o posturas y memorizar consignas a oír argumentos y leer programas. No podemos, como ellos, empeñarnos en no ver lo que se ve, es decir, enrocarnos en la mentira, porque una gran mentira, y la más frecuente, es aquella con la que uno se miente a sí mismo. El sectario engaña y se engaña por fuerza.

 

El caso es que nos hallamos ante unas elecciones de trascendental importancia, y el elector habrá de mostrarse en su verdadera autenticidad o comportarse como un comediante o un imitador. Una de las pruebas que revelan la degeneración de la sociedad es cuando esta no sabe conocer a sus hombres ni a sus partidos, cuando pasa indiferente ante lo notable para caer en lo tramposo y vulgar. Aquel que estime y defienda la idea benefactora -la verdad, la patria, la familia, etc.- debe cumplir su misión con tanto más celo cuanto mayor sea la sordera y la ceguedad de quienes lo rodean.

 

Y debe saber, ante la duda, que votar a VOX es sostener a la señora Ayuso, mientras que votar a ésta es vigorizar y premiar al PP de Casado, que en el debate de la última moción de censura mostró con absoluta claridad sus condiciones de traidor político y de gorgojo humano. Y debe saber también que, en esta ocasión, el único voto útil es el dirigido a VOX.

 

Si alguna oportunidad pueden traernos las elecciones -aunque estén bajo sospecha, como todas las que se celebran con gobiernos como el actual- es que en ellas los electores tienen ocasión de evitar la injusticia y no tolerar que el reino del abuso prospere gracias al crimen. Y a esta consideración hay que añadir que VOX, entre todos los partidos que se presentan a ellas con representación y posibilidades parlamentarias, es el único inocente, el único que no ha participado en el destrozo.

 

Sin duda, estimados lectores, han experimentado y comprendido ustedes muchas veces lo caro que se ha hecho pagar en la tierra el establecimiento de todo ideal, cuánta realidad tuvo que ser calumniada e incomprendida para ello, y cuánta mentira, por el contrario, tuvo que ser santificada y cuánta conciencia y verdad tuvo que ser crucificada.

 

El inocente -al menos hasta ahora- merece, pues, una oportunidad. Y tal vez esté en la mano de los madrileños, representando al resto de los españoles, dar el primer paso hacia una nueva época. Dios quiera que no la desaprovechemos.