Estamos viviendo la llegada de una nueva era, oscura, fría, distante y deshumanizada. Somos sus testigos y protagonistas. Estamos inmersos dentro de una vorágine histórica en permanente movimiento y por ello aún no conseguimos distinguirlo en toda su dimensión y con la distancia adecuada para analizarla. Pero sin duda, esa nueva era ya está aquí.

Sí podemos percibir y sufrir sus incipientes efectos que avanzan a un ritmo acelerado y que parecen no tener contención. Hace más de un año que la vida considerada como “normal” ha dejado de existir, no solo a nivel personal sino también social. Lo que tal vez sea inédito, original y peligroso de esta fase histórica es que este proceso se ha disparado en todo el mundo y al mismo tiempo.  Hemos pasado de la globalización económica y cultural al globalismo totalitario de la mano de la pandemia. Una vez superada en algún aspecto la emergencia sanitaria, le seguirá la climática, para continuar avanzando en la reconfiguración del mundo dirigido por los organismos supranacionales y los supuestos filántropos mesiánicos.

En el estudio de la Historia y de sus diferentes períodos vemos que las Edades Antigua, Media, Moderna y Contemporánea, y sus respectivos inicios temporales, se debieron a episodios significativos de carácter político concretos que no dejan de ser una convención generalmente aceptada a posteridad. La nueva Edad, que está dando sus primeros pasos, comenzó con la noticia de un virus respiratorio en una ciudad china, con sus primeras víctimas y la expansión por contagio en todo el mundo a principios del 2020. La pandemia del coronavirus entrará en los libros del futuro como el inicio de un nuevo período en la Historia de la Humanidad. Quizás se la conozca como la Edad Tecnoglobal o algo similar.

Un mundo interconectado por la tecnología y el capital financiero con sus extensiones mediáticas, culturales, educativas y de entretenimiento, ya ha sentado sus bases en Occidente y sus aledaños. La instrumentalización tecnológica por parte de las elites de poder parece haber tomado el control y el gobierno el mundo. Nada escapa a ello, y lo que es peor, parece que no hay sitio hacia donde huir. La pandemia declarada por la OMS, la subordinación mundial frente al dictado de la dictadura sanitaria sin fecha de caducidad y la aceptación resignada de las masas convertidas en siervos de la gleba digitalizados y aterrorizados, parece encaminarse sin freno hacia esa nueva Edad, advertida en la distopía literaria del siglo XX.

El trueque de resignar la libertad por continuar con una vida miserable y en vilo permanente, va cobrando fuerza paulatinamente. Es un momento test importante en la consolidación de un nuevo modelo de poder económico y cultural. La muerte del espíritu, el fin metafísico de la trascendencia del hombre reemplazado por un transhumanismo mefistofélico, están dando lugar a la llegada de un falso mundo sostenible, abierto y sin desigualdades. Es el reinado de los eufemismos buenistas que marcan la llamada narrativa de lo políticamente correcto y aceptados acríticamente por las mayorías.

Estamos viviendo un nuevo tipo de revolución en toda regla. Para instaurar el nuevo régimen ya no son necesarios los campos de batalla de la guerra tradicional, sangrientas revoluciones a golpe de guillotina, exterminios de masa en gulags, ni sucios campos de concentración con alambradas de púas. La estrategia es más inteligente, efectiva, más “limpia” y “sostenible”. Gracias a la victoria del progresismo instrumentalizado por los poderosos en el campo cultural, se consiguió afianzar los objetivos para la construcción del nuevo paradigma social. La mascarilla, el distanciamiento social, el gel hidroalcohólico y la vacunación experimental masiva global han llegado para quedarse, según palabras de los gestores de la nueva normalidad globalista. 

La llamada Sociedad Abierta, pretendida por las élites, se puede conseguir con el acceso de mínimos a los bienes materiales y la tecnología, el supuesto confort de las plataformas digitales de entretenimiento de masas, la fama de 15 minutos en Tik Tok, o la felicidad que otorga la facultad para cambiar de sexo, según el estado emocional del momento, entre otros hitos del modelo de sociedad futura. El Estado totalitario omnipotente de “rostro humano” es aceptado así con beneplácito, logrando la dictadura perfecta, es decir, la que no aparenta serlo.

Todo parece indicar el triunfo de la corrección política gracias a la pandemia y el miedo, y la consolidación del pensamiento único impulsado desde los organismos supranacionales aplicados al pie de la letra por los gobiernos nacionales con sus terminales mediáticas. La concentración de la riqueza y la propiedad, el invierno demográfico, el reemplazo cultural y poblacional, la escasa movilidad social y la desaparición de la clase media en gran parte del mundo desarrollado, han facilitado el camino para la llegada de esta Nueva Era Tecnoglobal.

¿Por qué el llamado reseteo de los plutócratas busca mediante la ingeniería social, destruir el orden conocido y construir uno nuevo a nivel mundial? ¿Sus motivaciones son principalmente la riqueza y el poder económico y material? ¿Por qué los magnates, filántropos y poderosos, detrás de un discurso aparentemente humanitario intentan convencer de que somos demasiados, de que ponemos en riesgo el planeta y de que no necesitamos poseer nada, ni siquiera nuestra identidad para ser felices?

Las preguntas podrían ser muchas y las respuestas más aún. Pero lo más importante y evidente es que lo que los impulsa es la megalomanía y el deseo de ser como dioses. Lo material y la riqueza les sobra y aburre, lo tienen todo y lo que quieren es su adoración y la sumisión de sus creyentes. Es el mal metafísico y por eso su enemigo es el Espíritu humano, el que lo conecta con Dios y la trascendencia.

Por ello, sus “objetivos sostenibles” están vaciados de contenido metafísico y por lo tanto, de verdadera humanidad. La materia es su Alfa y Omega, todo comienza y acaba en ella. Por eso Gaia importa más que la vida humana en el vientre materno y un oso polar a un anciano en el fin de sus días. De ahí la alianza primero y fusión posterior del ultracapitalismo y el marxismo cultural, porque en definitiva sus objetivos son los mismos.

¿Está todo definitivamente perdido? No, pero recuperar todo lo perdido es difícil. La reacción es posible y sobre todo necesaria, pero tal vez sea tardía. El hombre que aún conserva sus raíces busca una vida sencilla y ligada a la felicidad que otorga su crecimiento espiritual y material, la construcción de una familia y su descendencia, la prosperidad de sus hijos y de su comunidad, el respeto por sus mayores y ancestros, la fe y la esperanza en Dios y saber que es parte de lo Sagrado y Eterno. Si se acaba con este modelo natural, ese hombre deja de serlo y es convertido en una cosa. Ese el fin último de los pretendidos nuevos dioses.

Una nueva Edad oscura se ha puesto en marcha y templar el espíritu es lo primero. Desde el refugio interior habrá que forjar las herramientas que nos permitan transmitir esos principios que construyeron cultura, naciones imperios y civilización. Esa Tradición perenne de nuestros ancestros transmitida a nuestros hijos es el único resguardo y el camino hacia el retorno luminoso que merecen los que luchan. Solo con el orgullo de ser quienes fuimos, con el coraje y la rebeldía de los hombres y los pueblos que se resisten a ser sometidos, podrá contrarrestarse la oscuridad que se cierne sobre todos nosotros. La Historia nos dirá algún día si estábamos en el error o no.