En muchas ocasiones se hace duro vivir entre las ruinas, comprobar por uno mismo la disolución, y asfixiarse en el ambiente viciado de la postmodernidad. Se puede llegar a experimentar una fría y dolorosa soledad cuando se adquiere conciencia de la devastación, observando en el hombre corriente las radicales secuelas de la modernidad, tanto que a veces puede preguntarse uno si no hubiese sido mejor permanecer en esa dulce amnesia popular inoculada por los medios de comunicación en la que tristemente vive el hombre occidental conformándose con la impiedad de sus entorno.

Se hace insoportable el desorden moral y nos hieren sus manifestaciones: la música estridente, los bailes sin estilo, el arte corrupto, la arquitectura de vanguardia, los tatuajes, la ropa de usar y tirar… síntomas de un mundo que se nos representa como “naves en llamas” recordándonos a cada instante que nos ha tocado vivir en una época donde ha triunfado el materialismo diabólico, y donde adorar al becerro de oro no solo es lo apropiado sino también lo deseable.

En medio de está maraña materialista parece haber dos vías de solución diferenciadas y en apariencia antagónicas entre si: o bien abandonarse al un patético pesimismo, a un aislamiento social que busca mirar hacia otro lado construyendo una muralla sobre si mismo, condenándose al aislamiento social. La segunda es adoptar una actitud de disconformidad violenta –reacción desordenada del guerrero hacia la nada existencial del nihilismo– que conduce inevitablemente a la destrucción del bien común como método radical de acabar con la enfermedad; como si dijéramos: como ya no puede salvarse el cuerpo será mejor destruirlo.

Ninguna de estás vías es la apropiada para sobrevivir, las dos manifiestan la victoria de la modernidad sobre el hombre que las acoge como solución a su pesar: la primera porque supone el reconocimiento un proceso general irreversible donde se asume el relato del progreso de la libertad espontanea revolucionaria, ante el que se escoge una vida autárquica como método para lograr la comodidad personal, actitud consustancial a la herejía protestante y que hoy ha asumido la política vaticana desde que muchos católicos decidieron abandonar la tradición y tragarse los mitos del liberalismo – desde que se han protestantizado –.

La segunda porque es enfrentarse al nihilismo con el nihilismo lo cual es si mismo contradictorio, porque al no ser no se le opone el no ser, sino el Ser: las consecuencia de esa oposición ya la vimos resueltas el siglo pasado donde a los movimientos que quisieron defender la tradición de su pueblo se les escapó la piedra angular de la sustancia fundamental todo pueblo: Dios, y así no fueron capaces de intuir los límites naturales de la acción: el ateísmo nos lleva en una u otra forma a dar al hombre el estatuto de Dios lo cual es la representación misma del ángel caído: un símbolo, por tanto, de que el hombre desviado de la naturaleza de las cosas se condena a la perdición.

Si bien estas dos formas de oposición son claras e inútiles queda una tercera vía que Évola nos presenta en Orientaciones y en Cabalgar el tigre, una forma que dista mucho de las anteriores y a las que se suman otros conservadores como Engels quien nos recuerda que la disolución no es un accidente y que la actualidad podría compararse con la caída de Roma.

Ese tipo de hombre solo puede ser aquel que ha salido de las llamas haciéndose consciente de las circunstancias es las que se encuentra: no se requieren hombres castos para la defensa sino gentes que hayan experimentado lo horrible de la modernidad en sus propias carnes; es por eso que el “gueto religioso” es una plaza para cobardes, salvo que su religiosidad sea activa, disidente y reaccionaria, como los es en el caso del Carlismo, y que es a nuestro juicio la única forma respetable de Catolicismo; en lo demás y en cuanto la religiosidad sea un método de evasión solo devendrán afeminados pseudo protestantes incapaces de ejercer una auténtica oposición: la nada –insistimos– no puede combatirse con la nada, pero también se hacen inútiles – cuando no molestos –a nuestros objetivos jóvenes brutos cultistas de la violencia y fanáticos del estado totalitario –lo cual supone además una clara desviación revolucionaria–.

Ese tercer hombre tiene una misión sagrada de dificilísima resolución: una vez despierta a la realidad y se ve en medio de las ruinas ha de buscar un método para recuperar la tradición de su pueblo , un método que sea capaz de adaptarse a las circunstancias de su tiempo. ¿será posible una restauración católica? Podría ser, y sin embargo siempre quedará abierta la puerta a otras formas de transcendencia, es por eso que el corazón de este tipo de hombre hay una pregunta fundamental ¿podríamos buscar un método eficaz de estructurar la sociedad en los valores de la tradición distinto del cristianismo tradicional? ¿se ha agotado el cristianismo o se conserva valido para la restauración? Ese es a nuestro juicio el debate fundamental que deben sostener los que reaccionan ante la disolución.