Señor Director:

Soy un auténtico superviviente. No uno de esos que salen en programas televisivos destinados a que el auditorio se libere de la molestia de pensar, sino uno de verdad. Uno fetén, como decía mi padre y el rótulo inserto en la cajetilla de cigarros que solía fumar. Les diré por qué:

- Gracias a Dios no estuve entre los cientos de víctimas provocadas por ETA, cuando causaba “más dolor del necesario” utilizando bombas y tiros en la nuca, todo ello en el marco de su “valiente” combate “contra la dictadura y por la liberación del Pueblo Vasco”. Y eso que la masacre de la Plaza de la República Dominicana se produjo 20 minutos antes de que yo pasara por allí con mi motocicleta, camino del trabajo.

- Gracias a Dios no fallecí, ni me vi afectado, por aquello del “aceite de colza desnaturalizado” del año 1981, que afligió directamente a más de 30.000 personas entre muertes, invalideces y lesiones varias. Es cierto que, a consecuencia de ello y por una temporada, me convertí en lector habitual de “El País”, pero pronto pude superar ese trance que me sirvió para desarrollar cierto grado de inmunidad hacia la intoxicación por propaganda.

- Gracias a Dios he sobrevivido a unos cambios en la legislación laboral que convirtieron el contrato único por tiempo indefinido, en el marco de un 1,5% de paro meramente estructural, en una pléyade de contratos temporales, armónicamente acompasados por un paro estratosférico.

- Gracias a Dios seguí pudiendo costearme tres comidas diarias, como los privilegiados ciudadanos de la Venezuela actual, tras una “Reconversión Industrial” que consistió en desmantelar el sector, porque para fabricar cosas ya estaban los alemanes. Luego todos decidieron delegar en los chinos, porque la explotación laboral es mejor que la hagan otros, pero eso es otra historia.

- Gracias a Dios, cuando se puso en marcha eso del GAL (que fue una chapuza en la cual el Gobierno, a través de una cadena interminable de contratas y subcontratas, acababa por delegar el ejercicio del “ius puniendi” en delincuentes sin cualificación profesional), tuve la fortuna de no ser confundido con un terrorista etarra. Y eso que, revisando mis fotos, he de reconocer que por aquellos años yo tenía un aspecto algo macarra.

- Gracias a Dios también pude superar las consecuencias económicas de todas las cesiones asumidas para nuestra entrada en “Uropa”, incluyendo los cupos agrícolas y acuerdos pesqueros tan “beneficiosos” para el sector (entre 1995 y 2004, España ostenta la mayor reducción de navíos, 4000, y de toneladas de captura, 110.000, de toda la Unión Europea, según el artículo “La Pesca en Europa”, publicado en la revista digital Waste Magazine).

- Gracias a Dios superé la crisis económica del 2006, que algunos españoles datan en 2008 y que otros han descubierto ahora mismito, aunque solo sea para clamar por lo mal que la gestionó el PP retirando el venturoso plan “E”, que con tan bellos letreros había ornamentado nuestro suelo patrio.

Sé perfectamente que, en el improbable caso de que dos lectores hubieran llegado a leer hasta aquí, al menos uno de ellos se dejaría llevar de la suspicacia, para afirmar que casi todos los desastres que relaciono se produjeron tras nuestra gloriosa transición democrática y bajo Gobiernos del PSOE. A ese atento observador le diría, en primer lugar, que tiene razón pero que yo no tengo la culpa; y, si no me hubiera interrumpido, habría continuado relatando que, Gracias a Dios, también he sobrevivido a los años de Rajoy, cuya actividad se puede resumir en el incumplimiento de todas y cada una de sus promesas electorales y de las expectativas que le llevaron a la Presidencia del Gobierno. Por poner algunos ejemplos, destacaré que disparó la presión fiscal, al tiempo que continuaba incrementando la deuda pública; no afrontó la corrupción de su partido, pese a que algunos tipos de derechas somos muy raritos, y no nos gusta que nos roben tampoco “los nuestros”; no derogó la ley para la promoción del aborto, aunque muchos de sus votantes no se tragaran que “lo único importante es la economía”, ni la Ley de desMemoria Histórica. Tampoco modificó la legislación electoral, ni la Ley Orgánica del Poder Judicial, y, por supuesto, tampoco impidió el referéndum catalán del 1 de octubre de 2017, ni los actos insurreccionales que le precedieron (las estructuras de estado, la consulta del 9-11-2014, y los referenda encubiertos bajo dos elecciones plebiscitarias). También se abstuvo de dimitir, convirtiéndose en el verdadero responsable de que el PSOE se hiciera con los resortes del poder y postulándose como un serio candidato al título de Presidente Honorario de dicho partido, que le habría sido otorgado si el reiterado PSOE no estuviera repleto de sectarios desagradecidos.

Volviendo a mi itinerario vital, he de añadir que he superado todos esos desastres con el severo hándicap de unas condiciones personales claramente desventajosas, ya que soy español (además, con orgullo), blanco y varón (sin culpa alguna), heterosexual (por afición), de derechas (por experiencia y lecturas), y católico (a pesar de las estructuras eclesiásticas). Sólo me faltaría haber sido ser hincha del Atlético de Madrid, pero desde pequeño me incliné por “el equipo del Régimen”, y cuando descubrí que eso también era mentira, sus colores habían calado en mi infantil corazoncito.

Por todo ello creo que, con la ayuda de Dios y no de científicos o políticos de dudosa solvencia, resistiré esta nueva calamidad. A pesar de la náusea que me produce el jolgorio balconero, la inanidad intelectual mayoritaria, y la complicidad, entre cobarde e interesada, de tantas personas prestas a seguir la juerga en cuanto el virus pierda agresividad. Personas dispuestas a derramar su juerga sobre las tumbas de miles de ancianos. Unos ancianos cuyas preciosas vidas fueron despreciadas, desde el mismo inicio de la pandemia, por generaciones educadas en el materialismo y la eutanasia. Generaciones incapaces de ver, en esos nobles viejos, utilidad alguna.

Y si Dios no lo quisiera así, si decidiera llamarme a su presencia, elevaré hacia Él mis ojos. Para agradecerle lo que me dio, y aquello que me negó para mi bien. Para pedirle perdón por mis incumplimientos, suplicándole que, a pesar de ellos, me acoja en esa auténtica NUEVA NORMALIDAD. Una vida en la cual, según promesa cierta, “Enjugará Dios toda lágrima de los ojos de ellos; y ya no habrá muerte, ni habrá más llanto, ni clamor, ni dolor; porque las primeras cosas pasaron” (Apocalipsis 21,4).