Así nos deja dicho la doctrina católica, es una de las obras de misericordia según el catecismo. Y esto viene a cuento de la inmigración/invasión (táchese lo que no proceda) que venimos padeciendo en toda Europa occidental desde hace años. Hoy, de acuerdo con el nuevo catecismo progre no escrito, la puesta al día dogmática mundana y la manga ancha neoclerical, habría que decir “acoger al inmigrante”. 

   Y es que no hay día en que no lleguen inmigrantes africanos a nuestras costas, los periódicos ya ni lo mencionan porque lo habitual ya no es noticia, sino lo insólito, y la entrada constante de invasores ya ha dejado de ser cosa insólita, sino algo de lo más habitual, oleadas de pateras que llegan, o que son traídas por las mafias traficantes de personas, e incluso por nuestros barcos de guerra, que ya ve usted cómo protegen nuestras costas de la invasión constante, pues de invasión se trata por más que sea lenta y silenciosa.

   Y a todo esto, las autoridades eclesiásticas, con el santo padre de Roma a la cabeza, venga a decirnos que hay que acoger al inmigrante y darle todo nuestro apoyo, aun a costa, y esto no lo dicen, de quitárnoslo a nosotros mismos. Hay inmigrantes que reciben, sin haber aportado nada, más que muchos pensionistas que han estado toda la vida cotizando, e inmigrantes no faltan a quienes se les dan subvenciones que a los nacionales necesitados se les niegan, y eso lo puede ver cualquiera, no se trata de ningún secreto, ni siquiera tratan de ocultarlo porque no admite ocultación.

   Pues bien, la clerecía por su parte, y la prensa por la suya, se muestran a favor de esta invasión africana de España, como si cuarenta millones de españoles pudiéramos acoger a cuatrocientos millones de africanos que llegarían si no se les impidiera la llegada. Pues si con todos los impedimentos que se les ponen, cada día llegan más, ¿cuántos vendrían si se les abrieran las puertas de par en par, como quieren el santo padre y demás clérigos progresistas o ingenuos, que se muestran, hay que ver qué desatino, a favor de la invasión musulmana, y a favor consiguientemente de todos los quebrantos, que no son pocos ni baladíes, que nos causan todos esos inmigrantes? 

   De todos es sabido que cerca de la mitad de la población reclusa ahora mismo en España está compuesta de inmigrantes. Muchos de los que no están en la cárcel viven de la mendicidad y de la delincuencia, eso lo sabe cualquiera que lo quiera saber, y del resto los más de ellos viven de los trabajadores españoles que con sus impuestos pagan las subvenciones que recibe cualquiera que haya entrado ilegalmente en España, como si entra a palos con la policía de fronteras, es igual, adelante todos, y a apuntarse a las pagas gratuitas que les conceden tanto los gobiernos del PP como del PSOE, que en el tema de la inmigración, lo mismo que en otros, van juntos y de acuerdo. 

   La inmigración es la ruina de España, o una de sus causas principales. Los inmigrantes que trabajan aquí sacan de España ocho mil millones de euros cada año, los que nos gastamos en importar mano de obra que no necesitamos cuando andamos por los cerca de cuatro millones de parados. Y eso que en este caso estamos hablando de los inmigrantes buenos, los que trabajan y conviven sin causar mayores problemas a los indígenas de aquí. No digo nada ya de los perjuicios que nos causan los inmigrantes vagos y maleantes. ¿Se imaginan qué felicidad si de repente se fueran de aquí todos los inmigrantes indeseables? Estaríamos en la gloria, nuestro nivel de vida aumentaría, la mayor seguridad en nuestras calles se notaría.

   Pero según el Papa Paco hay que acogerlos y tratarlos como hermanos, como dejó dicho Nuestro Señor Jesucristo, según su mismo vicario en este mundo.

   No estaría yo en contra de ayudar a los pobres del tercer mundo, siempre y cuando se ayudasen también ellos a sí mismos, no creo que nadie esté dispuesto, con su trabajo, a mantener gandules. Pero habría que ayudarlos, de cualquier forma, allá en sus países, aquí que no venga ni uno, pues no los necesitamos, es más, lo que necesitamos es que no vengan y que se queden en casa. Quien quiera socorrer a un pobre, le dará una limosna, no se le llevará a su casa, eso es tan de cajón y tan evidente que nadie lo osa poner en contradicción. A Jesucristo, que es el Hijo de Dios Padre hecho hombre, le pareció muy bien dar limosna a los pobres, pero no creo que dijera lo mismo acerca de que los pobres asaltasen las casas de los ricos para residir allí de gorra. La Santa Madre Iglesia, por el contrario, siempre ha reconocido el derecho a la propiedad. 

   Porque acoger a todo el que llega, sin necesitarle para nada, y mantenerle mediante cuantiosa limosna mensual, eso no es caridad bien entendida, eso ya es hacer el primo, tanto hoy como ayer y en toda época, aquí y dondequiera. Ayudar, no digo que no, pero hacer el primo, eso de ninguna manera.

   Otra cuestión, fuera de los alcances de este breve artículo, sería especular acerca de quiénes proponen y favorecen esa invasión africana de Europa, y con qué fines. ¿Suprimir del mundo la raza blanca, sustituirla por otras, acabar con la civilización cristiana, someter a toda la población mundial a los designios del globalismo, un solo gobierno en un mundo sin fronteras y sin naciones? Eso quede para otro ensayo profundo y riguroso, hecho con algo más de conocimiento de causa. 

   En suma, ¿se puede ser buen cristiano rechazando inmigrantes, sean cristianos o musulmanes? Nuestro Señor Jesucristo nos dijo, es cierto, que todos somos hermanos, pero no dijo nada de primos.