Es muy posible que el conocimiento de la auténtica Historia de España no constituya una preocupación prioritaria para los españoles, especialmente desde que la educación está en manos de una miserable izquierda que trata de aleccionar a nuestros jóvenes partiendo más de estereotipos mitológicos que de realidades contrastadas, persiguiendo, como único fin, adoctrinar y, de manera especial, en algunos territorios, fomentar el conocimiento de determinados hechos, muchas veces surgidos de leyendas, que pretenden crear falsas identidades nacionales en el contexto de una sola Nación que es España.

Evidentemente, esas enseñanzas adquieren mayor relevancia en aquellas regiones -las mal llamadas “nacionalidades históricas”, cuyo único aval viene dado por el hecho de que la “idílica” II República les concedió un estatuto de autonomía- en las que se pretende potenciar unas señas de identidad propias, más allá de que en ellas se conserva un idioma autóctono, siendo, por lo demás, iguales a otras colindantes y de las que formaron parte esencial en otros instantes de la historia.

A nadie se le puede ocultar que Cataluña no dejaba de ser una parte del Reino de Aragón; al igual que Galicia lo era del Astur-leonés o los Señoríos de Vizcaya debían pleitesía y obediencia al Rey de Castilla, por citar algunos ejemplos de la sesgada interpretación de la Historia con la que pretende aleccionarnos la izquierda y la ultraizquierda.

Merced a esta persistente y machacona idea de la izquierda, especialmente de la miserable y sectaria ultraizquierda -perroflautas o podemitas, que viene a ser lo mismo; separatistas; golpistas y flioterroristas-, la docencia, mayoritariamente en manos de esta patulea, obvia y oculta, sin recato, las gloriosas gestas realizadas por España a lo largo de los siglos, reemplazándola por hechos, en la mayoría de los casos de origen mitológico, en los que personajes surgidos de las leyendas encarnan el alma de esas nuevas identidades que quieren crear en un ejercicio de recuperación de viejas corrientes surgidas a finales del siglo XIX.

Lo hemos dicho alguna vez; es muy posible que, a la mayoría de los jóvenes españoles, Numancia solo le suene al nombre de un equipo de fútbol que milita en la segunda B; desconozcan quien fue Viriato y aquello de las Navas de Tolosa, no sepan ni tan siquiera de que se trata.

Pero pese a la gravedad que entraña tal desconocimiento, todavía es más grave la forma en que nosotros mismos hemos aceptado las versiones interesadas y los silencios más que elocuentes que nos han ofrecido autores, tanto extranjeros como nacionales, para interpretar determinados hechos históricos concretos.

Una de estas grandes e interesadas falacias históricas la hemos asumido, de forma inconsciente, durante años, los coruñeses a los que, desde pequeños, al preguntar quién había sido la heroína María Pita, nos contaban que se trataba de una coruñesa que defendió la plaza de La Coruña, en 1589, contra Drake, un pirata inglés.

Evidentemente, tan simplista explicación, además de hacer de menos la gesta histórica de María Pita y los coruñeses, codo con codo, con nuestro Ejército y Armada, nos hacía creer, en nuestro imaginario infantil, que un día de mayo de 1589, arribó a las costas coruñesas un tipo provisto de pata de palo y parche en el ojo, que, haciendo ondear en el tope de su nave capitana la bandera negra de la calavera y las tibias cruzadas y capitaneando a un puñado de desarrapados, atacó la plaza de La Coruña por el simple motivo de que pasaba por aquí.

Incluso, algunos nos llegaron a decir que el triunfo incuestionable de las armas españolas no se debió a la decidida acción de los soldados y paisanos que, en unión de María Pita y otras mujeres coruñesas, defendieron la plaza con bravura, sino al hecho de que los “piratas” que acompañaban al tal Drake se pusieron de vino hasta las orejas y decidieron reembarcar pues ya no quedaba más alcohol con el que saciar la sed.

Semejante burda falacia, versión sin duda interesada surgida de fuentes, cuando menos, antiespañolas, ocultaba el gran fracaso de la “Contraarmada”, aquella “invencible” inglesa, enviada por su graciosa majestad, para castigar las plazas españolas de las que había zarpado, un año antes, la Gran Armada enviada por Felipe II contra la reina de Inglaterra.

Por supuesto, si analizamos someramente aquel hecho histórico, la imagen del “pirata” Sir Francis Drake queda un tanto desvirtuada al menos si la comparamos con aquel otro de la pata de palo y parche en el ojo de las películas, ya que el tal “Sir” zarpó de Plymouth, un mes antes de atacar La Coruña, al mando de entre 170 y 200 naves de varios tipos y más de 27.000 hombres embarcados, datos que en nada guardan relación con los estereotipos de piratas que nosotros tenemos asumidos y que deja bien a las claras que se trataba de un ejército de invasión, provisto de todo lo necesario para lograr el objetivo previsto.

Por otra parte, una vez desembarcados en las costas coruñesas se toparon, no con un montón de barriles de vino peleón, sino con una defensa enconada de 1.500 hombres y mujeres, Infantes de Marina, Soldados, dotaciones de los buques regresados de la Gran Armada surtos en la bahía, coruñeses y coruñesas de toda edad y condición que se aprestaron a defender la plaza, logrando expulsar al inglés que, por cierto, tras escapar de La Coruña se dirigió, con idéntico fin, a Lisboa donde igualmente fue repelido, teniendo que salir de allí con el rabo entre las piernas.

Ello nos demuestra que, desgraciadamente, vivimos en un país que desconoce su historia y sus gestas, al igual que ignora la identidad carismática de sus héroes, evidenciando una suerte de complejo de inferioridad, machaconamente impuesto por las corrientes ideológicas de la izquierda. Pongamos ejemplos.

Durante muchos años, un personaje mítico como Don Blas de Lezo, sonaba tan solo a tal o cual buque de nuestra Armada y así, si preguntabas, quién fue Blas de Lezo, el que más sabía te respondía que un Destructor de nuestra querida Marina de Guerra; algo similar sucedía con Don Alvaro de Bazán que le sonaba a la factoría de construcciones navales militares y si se te ocurría preguntar por Don Bernardo de Gálvez, te preguntaban si había jugado en el Real Madrid.

De igual modo, desde muy jóvenes nos machacaron con la idea de la gran derrota naval del Trafalgar, cuando en realidad, si bien sufrimos pérdidas de navíos en aquella acción, en absoluto fue la gran debacle que hemos asumido tradicionalmente, sin tener siquiera en consideración que, de haber mandado la Escuadra el Teniente General Federico Gravina y no el inepto del francés Villenueve, otro gallo nos hubiera cantado.

Sin embargo, pese a que hemos tenido que soportar el engrandecimiento de la personalidad y la capacidad naval -nadie la pone en duda- del Almirante Horacio Nelson, muy pocos se preguntan el motivo de le pérdida del brazo del Almirante inglés que, por cierto, murió en Trafalgar, y que no nació manco, sino que se lo pregunten el glorioso General Antonio Gutiérrez de Otero que defendió, con bravura, Tenerife del ataque del Almirante británico, efectuado en 1797, acción en la que el inglés, además de no lograr su objetivo, perdió un brazo.

Tampoco son muchos, incluso en Galicia, a los que les suene el nombre de Brión, más allá de asociarlo con una localidad próxima a Ferrol, ignorando que allí, en agosto de 1800, un puñado de españoles, Infantes de Marina, Soldados y paisanos, expulsaron, a patadas, a una poderosa fuerza de desembarco inglesa integrada por un centenar de buques y 15.000 hombres.

Sin embargo, caso curioso, a todos les sonaba el terrorista asesino Che Guevara, ídolo icónico de una parte de nuestra juventud que, incluso, se pavoneaba de llevar su cara impresa en las camisetas, sin tan siquiera conocer su biografía y mucho menos sus “hazañas”, más allá de lo que les contó, de forma interesada, la docencia izquierdosa.

Todo esto y mucho más, se lo debemos a que la educación de nuestros jóvenes lleva muchos años en manos de la izquierda miserable, sin que nadie les pusiese cortapisa alguna a la hora de adecuar los textos a sus intereses bastardos; esta izquierda es la misma que, aprovechando el ejercicio de su cátedra, les enseña que nuestra gesta en América fue un genocidio; que la invasión del moro fue pacífica o que nuestra leyenda negra es fruto de hechos históricos contrastados.

Es hora de recuperar nuestra historia, nuestras gestas, a nuestros soldados, marinos, conquistadores, religiosos, científicos, pensadores, escritores, pintores, músicos, etc., hombres y mujeres que hicieron grande a España, poniéndola a la cabeza del mundo. Pero es importante que lo hagamos con rigor, no movidos por otro tipo de intereses del momento siguiendo las pautas doctrinales actuales. Pongo un ejemplo.

De un tiempo a esta parte, a unos y a otros, se les llena la boca hablando de la insigne Isabel Zendal Gómez, la directora del Hospicio de La Coruña, quien en 1803, zarpó de la bahía coruñesa, en unión de varios niños del centro que dirigía, a bordo de la Corbeta María Pita, formando parte de la Real Expedición Filantrópica de la Vacuna, patrocinada por el Rey Carlos IV; sin embargo, casi nadie habla de Don Francisco Xavier Balmis, médico de la Real Armada, que fue, realmente, el muñidor y protagonista de aquella gesta histórica.

Comencemos a estudiar nuestra historia como se merece y hagamos que todos aquellos, hombres y mujeres -por supuesto, una de ellas Isabel Zendal- que hicieron grande a nuestra Patria sean de general conocimiento para nuestra juventud y que así, orgullosos, nuestros jóvenes puedan decir a todos los vientos de la rosa, al igual que lo hacía José Antonio, que “ser español es una de las pocas cosas serias que se pueden ser en el mundo”.