La Iglesia española vuelve a bajarse los pantalones, de forma oficial, notoria y pública y ya ha declarado que le importa un huevo el Valle y la Cruz. Tras lanzar el proyecto de la comunista “ley de memoria democrática”, cuya aberración totalitaria y anticatólica puede vislumbrarse a la legua, los obispos españoles revelan su apuesta por continuar con su habitual lameculismo hacia la izquierda frentepopulista.

En una rueda de prensa y tras el encuentro de la cúpula de la Conferencia episcopal (anti-Española) con el Papa Francisco, tanto el presidente de los obispos - Cardenal Omella- como el vicepresidente –Cardenal Osoro-, manifestaron “estar abiertos al diálogo para alcanzar un acuerdo con el gobierno en lo tocante a la ley de memoria democrática”. Omella, refiriéndose a la reunión mantenida con el Papa, afirmó que el tema del Valle de los Caídos “había salido” y subrayó que es un “tema que concierne a la Iglesia de Madrid” y que “desde el episcopado estamos dispuestos a ayudar”. Carlos Osoro, por su parte, insistió en que el Valle de los Caídos “puede ser una gran esperanza”, y en que “es un momento para que en este lugar volvamos a recuperar la fraternidad, la reconciliación, la paz…”. Omella señaló que el Papa quiere “la paz, la concordia, la unión de todas las regiones y de todos los países…”

Como no podía ser de otra manera, los máximos representantes de la Iglesia española no sólo no han respondido a la amenaza de la vicepresidenta Carmen Calvo de destruir la Cruz del Valle, sino que han efectuado toda una declaración de intenciones que serán continuadoras de la posición rendida y cómplice que tuvieron durante el vergonzante proceso que condujo a profanar el cadáver del último Caudillo de la cristiandad, que salvó a la Iglesia española del holocausto y de ser arrasada tras tres años de guerra y de liquidación de 8000 clérigos y religiosos y más de 20.000 católicos.

La Iglesia española vomitó entonces sobre su propio pasado cuando permitió que el cadáver de Francisco Franco, nombrado en 1953 “caballero de la milicia de Cristo” por Pio XII dados sus méritos heroicos en defensa de la cristiandad, fuera exhumado. No sólo ningún obispo alzó la voz y denunció el flagrante ataque contra una basílica católica inviolable y contra  los derechos elementales de la familia Franco, desposeída del cadáver de su abuelo, sino que alentaron el canallismo profanador de la izquierda y convirtieron en “papel mojado” el Tratado internacional Iglesia-Estado de 1979 que blinda la inviolabilidad de la Basílica del Valle como templo de culto consagrado.

El cardenal Osoro no tuvo reparos en lancear al Prior benedictino Santiago Cantera; en presionarlo de la forma más mendaz para que cediera ante las autoridades políticas social-comunistas.  Finalmente, el Papa Francisco abdicó de su competencia como garante máximo de los templos católicos y los cementerios religiosos, y ante Carmen Calvo -desplazada a Roma para entrevistarse con el pontífice- afirmó estar “a lo que dijeran las autoridades españolas” y apeló “al diálogo”. La defensa de la ley y la verdad fueron ninguneadas por la Iglesia, y finalmente la politizada judicatura española, ariete ideológico del Consejo General del poder judicial, validó el ataque profanador.

Para garantizar el éxito de la profanación, el obispado español no sólo fue matonista respecto al Prior Santiago Cantera, sino condescendiente con el gobierno social-comunista y para ello edulcoró el discurso buenista y melindroso con los palabros con que los fariseos y los hipócritas –los mismos que en el Sanedrín condenaron a Jesús- se justifican: “diálogo”, “paz”, “fraternidad”. En cuestiones religiosas, esto es pura y descarada terminología masónica en su forma y contenido.

A estas alturas podemos afirmar que ante el riesgo inminente contra el Valle y su Cruz, los obispos españoles ya se han alineado con el gobierno, pues apoyan al ejecutivo en su apuesta por “resignificar” el Valle para –dicen los obispos- “reconciliar a los españoles”. Toda una declaración de cinismo y vileza.

¿Acaso no es el Valle en sí mismo, y ese es su propósito fundacional plasmado en el Decreto de fundación de la Santa Cruz del Valle de los Caídos de 1957, un monumento de homenaje a la reconciliación nacional donde españoles de los dos bandos yacen enterrados en unión bajo la Cruz de la verdad universal y eterna que es la de Cristo? ¿Acaso los obispos no conocen la historia real o acaso sí la conocen y se alinean, como judas fariseos, con los enemigos de la cristiandad para destruir la verdad histórica y el patrimonio español a cambio de ese plato de lentejas que utilizan, además, para ayudar a los inmigrantes y sostener a podemitas narco-curas como el Padre Angel?

Aunque sus palabras estén envueltas en el celofán del léxico vacío y almibarado, las declaraciones del episcopado español son el espaldarazo que necesita el ejecutivo social-comunista para culminar a presente y futuro la destrucción del Valle de los Caídos, la liquidación de su carácter Sacro y la más que probable supresión de la Cruz.

Es comprensible que el número de fieles católicos en descenso imparable configure Iglesias cada vez más vacías y cada vez más convertidas en estercoleros de yonkis e inmigrantes, al haberse alineado la posición oficial de la Iglesia y de su Papa con el marxismo, y ya no sólo en España sino en todo el orbe. Recordemos a Bergoglio exaltando el socialismo bolivariano genocida de los regímenes de Maduro y de Evo Morales, al comparar al comunismo con el cristianismo, así como la tristemente famosa recepción donde el Papa recibió de manos del tirano indigenista Morales un crucifijo parodiado por la hoz y el martillo, el símbolo bolchevique bajo cuya égida fueron exterminadas 100 millones de personas en el siglo XX.

Bergoglio ha condenado, como también lo ha hecho el Cardenal español Osoro, los discursos políticos que ellos llaman “del odio y la xenofobia” al ir “contra los inmigrantes y recordar a los que se escuchaban en los años 30 en Europa”, refiriéndose a las posiciones social patriotas de líderes como Viktor Orban, Marine Le Pen o Santiago Abascal partidarias de defender las fronteras nacionales.

Las conexiones del Papado y sus obispos españoles con el famoso “padre Ángel” son archiconocidas y de hecho, el susodicho cura –en cuyas residencias de Castilla León han muerto decenas de ancianos durante la epidemia- es enarbolado por la cúpula eclesial española como “modelo de sacerdocio” a seguir, pese a ostentar un afecto indisimulado por el partido comunista Podemos a cuyo líder, Pablo Iglesias, agradeció el Padre Ángel su labor de gestión de la pandemia (la que produjo 20.000 ancianos muertos a los que “no iba dejar atrás”).

Las filiación del Papa con el marxismo es tan evidente como el encariñamiento de Omella, presidente del episcopado español, con el independentismo catalán; durante su etapa como arzobispo de Barcelona fue confesor de cabecera de Oriol Junqueras y apostó por “el diálogo” Estado- Generalidad durante el golpe de Estado del 1 de octubre de 2017 mientras permitía los habituales sermones secesionistas y las banderas esteladas en las Iglesias catalanas. Ni un solo obispo de las diócesis catalanas solicitó la aplicación de la ley contra los golpistas ni la defensa de la unidad de la Nación española, antaño “bien moral superior” de protección indiscutible para el magisterio de la Iglesia católica española durante el papado de Benedicto XVI.

Con semejante piara de traidores purpurados capitaneados por un Papa al que sólo importa blanquear el marxismo, la invasión migratoria o el “cambio climático”, todo ataque al Valle de los Caídos, a la Cruz y a la catolicidad a la que Franco salvó, quedan abiertos de par en par.

El heroísmo católico fiel a la ley de Dios y a la terrenal, saboteado por la mafia judicial española, y llamado Santiago Cantera, ha sido siempre el único valedor de la verdad del Valle de los Caídos, de sus difuntos y de una catolicidad que se va entre los dedos de una sociedad española anestesiada por las toneladas de olvido y propaganda incesantes a que han conducido 40 años de adoctrinamiento oficial antifranquista en las aulas y en los mass media.

Hoy más que nunca debemos repetir y repicar que los purpurados y los curas progres no merecen el respeto ni la defensa que si algún día reclaman, como lo hicieron ante el holocausto de 1936, no obtendrán pues deberán sólo recibir el desprecio por parte de aquellos que combatamos por la Fe, la verdad y la memoria de nuestro héroes y antepasados que dejaron su sangre por la paz y la reconciliación representados en la victoria de Franco y en el Valle de los Caídos.