Con el mes de octubre ya vencido y el otoño mediado, se acercan fechas de infausto recuerdo y duelo eterno, efemérides que conmemoran el LXXXV aniversario del asesinato –digo bien- de José Antonio Primo de Rivera y Sáenz de Heredia. Un fúnebre crespón prende del corazón de miles de falangistas, de millones de españoles que ayer le tributaron un merecido y perenne homenaje y que hoy, ochenta y cinco años después, muchos seguimos tributando de manera leal y distinguido orgullo. La mal parida Ley de Memoria Histórica de España o, en su defecto, su nueva versión, más revanchista y sectaria a todas luces que aquella, bautizada como la Ley de Memoria Democrática, ha pretendido y sigue pretendiendo profanar la memoria, la dignidad y la verdad  de nuestra historia reciente. Como español de condición y como historiador de profesión, no estoy dispuesto a callar y asumir el nuevo y tergiversado relato impuesto, de manera imperativa y excluyente, sobre muchos de los hechos adulterados y prostituidos.

 

          En la desangelada y aciaga madrugada del veinte de noviembre de mil novecientos treinta y seis, un criminal y asesino pelotón de fusilamiento segaba la vida del Jefe Nacional de Falange Española de las JONS, de manera ruin y miserable. Junto a él, caían victimas del odio y el rencor, los mártires de Novelda, dos falangistas y dos requetés. Sus nombres merecen ser homenajeados de igual manera. Se trata de los camaradas del jefe cobardemente masacrado, Ezequiel Mira Iñesta y Luis Segura Baus, a los que acompañaban ante el paredón, Vicente Muñoz Navarro y Luis López López, carlistas del Requeté. La crueldad y la brutalidad exhibida por los catorce milicianos anarquistas y comunistas, fue vil y enormemente despiadada. Ochenta disparos, a tres metros de distancia, fueron descerrajados por los sanguinarios verdugos. Una auténtica carnicería humana, pues con enorme encono y saña, se procedió a discreción sin escrúpulos ni signo alguno de piedad. Una barbaridad para la que no tengo calificativos que aplicar mas que los de señalar como bestialidad, inhumanidad y criminalidad fanática sedienta de sangre.

 

          No podemos consentir que el nuevo Frente Popular implantado en nuestra Patria –con mayúscula-, imponga la ley del silencio y el olvido de tamaña atrocidad. Debemos asumir el legado de nuestros caídos por Dios y por España, estamos obligados a recordar las vidas heroicas de quienes murieron amando nuestra Patria. Sería una verdadera ignominia, afrenta, infamia y oprobio deshonrar su legado, regado con su sangre inocente. Es el momento de apretar los dientes y mantener prietas las filas. No es hora de inútiles quebrantos y lastimosos lamentos. Ellos son nuestro ejemplo.

 

          El macabro cadalso del martirio fue el patio número cinco de la enfermería de la Prisión Provincial de Alicante, en la actualidad prácticamente desaparecida y concienzudamente olvidada por los actuales acólitos de la II República Española. Conocida popularmente entre los alicantinos –cada vez menos- como la casa prisión de José Antonio. No les interesa dar a conocer la verdad secuestrada de manera repugnante y execrable. Pero sigamos refrescando o contando lo hechos acaecidos a todos aquellos que los ignoran, dado que el propósito es precisamente éste, es decir, borrar de la verdadera memoria histórica su esencia, su autentica verdad.

 

          Un Tribunal Popular juzgó y condenó a muerte por el delito de rebelión militar a José Antonio y sus camaradas. Una pantomima que pretendía hacer creer que impartía justicia cuando, en realidad, había dictado la sentencia antes de que se celebrara el proceso. Una burda y repugnante escenificación de un auténtico tribunal de justicia, sin las elementales garantías de defensa para los procesados, a los que ya había condenado de antemano. De hecho, el propio José Antonio, como ilustre letrado que era, ejerció su defensa con una perfecta oratoria forense. Nada podía hacer o decir para cambiar su destino sellado. El culpable, en última instancia y primer responsable del crimen perpetrado, no era sino el entonces presidente de la Segunda República Española, Francisco Largo Caballero, marxista convencido y profeso, dirigente del Partido Socialista Obrero Español y de su sindicato subsidiado, la Unión General de Trabajadores. Este miserable y despreciable político, admirado y aclamado por los socialistas de hoy, fue presidente del Consejo de Ministros, entre septiembre de 1936 y mayo de 1937. Fue él el que dio el enterado a la condena emitida por los comisarios que ejercían como acusación en Alicante, podría haberlo evitado, pero no quiso.

 

          Este criminal, fallecido en el exilio en marzo de 1946, concretamente en París, “ilustrísimo” y “eminentísimo” líder “obrero”, era un títere al servicio de la URSS. Una marioneta que se entregó a los brazos de Stalin – un sanguinario y genocida comunista con el pueblo ruso-, al que rendía culto, obediencia y pleitesía. Por aquel entonces ejercía como su sicario, campando a sus anchas por España, Alexander Orlov, máximo responsable del servicio secreto soviético, el tristemente célebre NKVD –organismo criminal precedente del KGB-.

 

          Ochenta y cinco años después, José Antonio Primo de Rivera sigue siendo modelo de referencia del sentir patriótico, ejemplo de virtud cristiana, honestidad e integridad política, un espejo en el que mirarse en estos turbulentos y desgraciados tiempos. Camaradas, españoles, amigos y simpatizantes, permitidme recordar esta frase pronunciada con motivo del asesinato de Matías Montero, otro ilustre falangista asesinado, y que hoy dedico a nuestro Jefe Nacional: “Que Dios te dé su eterno descanso y a nosotros nos niegue el descanso hasta que sepamos ganar para España, la cosecha que siembra tu muerte”. José Antonio Primo de Rivera ¡¡¡¡PRESENTE!!!!